
Ni la dramática situación económica ni los altos índices de inseguridad que afectan a los bonaerenses fueron suficientes para evitar que el kirchnerismo retome sus prácticas habituales y, una vez más, especule con las reglas de juego electorales para sacar el máximo provecho posible a los comicios en la provincia de Buenos Aires.
A tan solo dos meses y medio de las PASO nacionales, Axel Kicillof no solo evita confirmar si buscará la reelección como gobernador o si se postulará como candidato a presidente, sino que ni siquiera definió públicamente si desdoblará las elecciones bonaerenses de las nacionales.
Una decisión tan trascendental debería tomarse con considerable tiempo de anticipación, ya que implica organizar un comicio sin precedentes para más de 17 millones de electores con alrededor de 18 mil mesas en todo el territorio. Se trata de una tarea enorme para la Junta Electoral de la Provincia (un dato no menor, ya que se desconoce si el organismo puede hacerse cargo de semejante operativo), que implica un gasto adicional que bien podría utilizarse para cuestiones de mayor urgencia. Todo esto sin contar, además, la planificación que requiere para todos los bonaerenses un hecho de estas características.
Sin ir más lejos, se pronostica una inflación de casi el 9% para mayo; hay 45% de bonaerenses en la pobreza (un 6% más que en el resto del país); desempleo en el orden del 37%; y una inseguridad preocupante que llevó a la provincia de Buenos Aires a liderar el ranking nacional de robos con 115.00 casos en el último año, muy lejos del resto de las provincias.
Durante sus cuatro años de gestión los bonaerenses nos estuvimos preguntando cuál sería la estrategia que implementaría su Gobierno para generar políticas públicas que, por lo menos, brindaran un mínimo plan sobre sus soluciones para el hambre, la pobreza y mejorar la calidad educativa después de haber cerrado las aulas durante casi dos años.
Solucionar estos problemas es una tarea mucho más compleja que tomar medidas de tinte electoral. De todas formas, no se podía esperar otro escenario: en ningún momento este Gobierno admitió sus problemas de gestión ni sus dificultades para tomar acciones concretas.
No tengo dudas de que hay cuestiones más importantes que atender y problemas que solucionar antes que coquetear con una posible candidatura a presidente o jugar a desdoblar los comicios bonaerenses.
Sin embargo, el Gobernador nos tiene acostumbrados a un accionar disociado de la realidad de los bonaerenses, lo que ha provocado que su gestión se encuentre en una profunda crisis de legitimidad: por un lado, relata las bondades de vivir en la Provincia, mientras que, por el otro, a los vecinos no les alcanza el sueldo para vivir y los productores no pueden hacerle frente a la excesivamente elevada presión fiscal, solo por nombrar algunas problemáticas.
En vez de ocuparse de los asuntos para los que fue elegido en 2019, es decir, gestionar y resolver las necesidades de los bonaerenses, el Gobernador se tienta con los resultados electorales de las provincias que tuvieron comicios desdoblados, y lo utiliza para especular y militar una falsa realidad, la del relato kirchnerista, mientras los ciudadanos que lo votaron -y los que no- son víctimas de su indefinición.
Este modo de actuar es propio del kirchnerismo: cambiar las reglas del juego permanentemente, sin ser claros, y generando desconcierto para ganar tiempo en un juego de poder. En esta disputa, el que aguanta más sin definiciones es el que tiene más chances de sacar una mejor tajada en este tablero, donde cada uno tiene sus intenciones escondidas a medias, pero a la espera de ser reveladas.
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