
Como alguna vez ya le conté, mirar las estadísticas es como observar las estrellas, no se ve el futuro, si no el pasado.
Sin embargo, la información sobre la tasa de inflación del mes de abril, del 8,4% que publicó el INDEC el viernes, arroja mucha información sobre el futuro.
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Exploremos primero lo que dicen los números de abril.
Lo primero que refleja la variación de los precios de abril es que se ha roto la típica estacionalidad hacia abajo del cuarto mes del año que, habitualmente, presentaba una variación de precios inferior a la de marzo, mes en el que, por el inicio de las clases y el cambio de estación en materia de indumentaria, más otros elementos, se verificaba una tasa de inflación superior a la de abril.
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Al respecto, una curiosidad. Al explicar el aumento de precios de marzo en indumentaria y calzado (9,4%), los expertos del INDEC lo atribuyeron al “cambio de temporada”. Pero sucede que, al referirse a la variación de precios en indumentaria y calzado en el mes de abril (10,8%) los redactores del informe lo atribuyen también al “cambio de temporada”. Al parecer, estamos ante un largo cambio de temporada en indumentaria y calzado, ¿Será el efecto de la sequía?
Lo segundo que presentan los datos de abril es el fuerte aumento en los precios de alimentos y bebidas. Pega nuevamente la “estacionalidad” de los precios de la carne, la leche y derivados, huevos y verduras. También aquí estamos frente a una larga estacionalidad que empezó a la baja en la carne en los meses finales del año pasado y que sigue al alza en estos meses.
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Otro dato preocupante que refleja el informe es la tasa de aumento de los precios correspondientes a la llamada “inflación núcleo”, la que podríamos considerar la tasa de inflación que mejor responde a la macro, y que sigue aumentando fuerte. Fue 7,7% en febrero. Fue 7,2% en marzo, y fue 8,4% en abril.
Por último, un dato no menor para el escenario político, dado que estamos en pleno contexto electoral. La tasa de inflación más alta del primer cuatrimestre del año se registró en el Gran Buenos Aires, centro geográfico de la clientela de la coalición gobernante.
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Hasta aquí, lo que muestra el cielo del pasado.
¿Qué podemos decir del futuro?
Primero que, más allá de los tubérculos (con perdón de la palabra), la carne, la leche, o los huevos, estamos ante una inflación macroeconómica. Todos los precios han subido en el último año, con excepción de algunos precios regulados de servicios públicos y privados, bien por encima del 100%. El tipo de cambio libre se incrementó en el último año bien arriba del 100%. Los pasivos monetarios del Banco Central crecen también a un ritmo de más del 100% anual.
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Y agravando este panorama estamos en un contexto de expectativas de inflación desancladas (todos esperan más inflación para los próximos meses, no menos). Es decir, ya la economía presenta síntomas crecientes de inercia e indexación.
Otro elemento del escenario es que, de hecho, estamos sin un acuerdo con el FMI (se está renegociando “constructivamente” todo de nuevo, un programa que era inconsistente desde el inicio y que la sequía y la mala praxis, convirtieron en incumplible).
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Agreguemos, desde un punto de vista político, que estamos frente a un gobierno totalmente confundido, con un Presidente débil y que no tiene ninguna influencia sobre la coalición gobernante. Con los accionistas principales en busca de candidatos y de martingalas electorales y con un Ministro de Economía pidiendo orden interno, mientras intenta conseguir, de cualquier manera, dólares para las reservas del Banco Central, que le permitan seguir evitando un ajuste del tipo de cambio oficial, y no tener que restringir mucho más todavía la oferta de dólares para los importadores.
Y aquí estamos. Sin tiempo, ni contexto político, para aplicar un plan de estabilización que se precie de tal.
El uso del tipo de cambio oficial como “ancla” transitoria se muestra cada vez más débil porque no hay posibilidad de abastecer adecuadamente a los importadores, y porque los exportadores están cada vez más convencidos que una devaluación es inevitable.
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La política monetaria del Banco Central estará dominada por los fuertes vencimientos de deuda interna, en especial en julio, una parte de la cual habrá que cubrirla con más emisión, en un contexto de demanda de pesos cayendo.
Cualquier negociación exitosa con el FMI, aun cuando, como pretende el oficialismo, permitiera evitar un salto en el tipo de cambio oficial y se consiguieran algunos dólares para intervenir en el mercado resulta difícil imaginar que el Fondo acepte más atraso cambiario y tarifario.
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Agrego una dificultad adicional. Ni siquiera se puede hacer “heterodoxia”.
Un control de precios más rígido es cuasi imposible de instrumentar y sólo llevaría, más temprano que tarde a profundizar desabastecimiento y mercados informales.
Un acuerdo salarial de emergencia presenta el gran inconveniente del tamaño del mercado de trabajo informal. Los sindicatos del sector privado representan cada vez a menos trabajadores y tienen, además, competencia interna.
Sin poder político, sin ortodoxia instrumentable, y sin heterodoxia posible, los “estabilizadores” de la Argentina de los próximos meses parecen ser un acuerdito nuevo con el Fondo, una profundización del cepo, la caída de la actividad y una mayor reducción del poder de compra salarial, en particular del sector informal.
Hasta hace unos meses, se firmaba el empate del 100% de inflación anual.
Ahora se firma que la inflación después de la inflación, sea otro escalón y no una espiralización.
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