Las notas periodísticas reflejan diariamente la pérdida de divisas que va carcomiendo las reservas del Banco Central, y el Gobierno no encuentra la forma de calmar la sangría que va sin pausa contrayendo los recursos productivos de los argentinos.
Angustiosos encuentros de altos funcionarios con dignatarios foráneos confirman la orfandad de mejores opciones para revertir ese proceso.
Horacio Rodríguez Larreta dijo que el precio del dólar de conversión para dolarizar sería unos imposibles $3.000 por unidad. ¿Un cuento fantasmagórico de sus asesores? ¿Disuadir aterrorizando? Cifra descabellada. Claramente, situaciones alcanzadas con controles impuestos contra las voluntades individuales no serían nunca alcanzados satisfactoriamente. Siempre se consiguen soluciones mejores, conformando a mayor gente.
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La adopción del Sistema Métrico Decimal se logró recién con la Revolución Francesa, al inicio del siglo XIX. Hasta entonces, las medidas eran subjetivas, variables, y la fuente principal de conflictos. Por ello, el ideal de un magistrado era dar medidas justas; la justicia se representa esgrimiendo una balanza, con los ojos tapados: la misma medida para todos.
El clamor más frecuente, plasmados en los cuadernos de quejas, “les cahiers de doleance” que redactaron los pueblos para la Convención Francesa eran dando medidas justas, bajo el lema, “para todos los pueblos del mundo, para todos los tiempos”.
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Actualmente nos hemos acostumbrado tanto a las medidas fijas, independientes del lugar, tiempo, personas o demás circunstancias que no reconocemos el gigantesco avance logrado. Las disputas por las mediciones, uno de los primordiales conflictos de la humanidad, en el comercio y la guerra, se remediaron con un sistema de estándares, mediciones constantes, inalterable, las cuales encontramos ahora tan natural.
Mediciones de valores, derechos y propiedades
La evolución de las sociedades dio lugar a las propiedades, derechos individuales y sistemas de mediciones. En ese contexto, las comunicaciones, la moneda y la competencia consiguen mayores precisiones en los derechos y costos.
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A su vez, la cantidad de dinero es la variable más relevante para determinar los precios y el tipo de cambio en la economía. La Argentina está en una definición incierta: la mayoría prefiere dolarizar, utilizar al dólar como unidad de cuenta del sistema monetario; otra parte de la gente prefiere relacionar los precios internos con valores locales.
Esto es, algunos quieren vincular todos los precios con el valor del dólar y las cotizaciones externas; otros con los valores internos. Así surge un tipo de cambio flotante, siguiendo al dólar; y otro fijo, siguiendo valores locales, pero se mantiene la indecisión de elegir uno.
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El dólar es la moneda más empleada en el planeta, con más de 6,5 billones en transacciones diarias. Por su número y cantidad de participantes asegura ser, de lejos, la moneda que brinda mejor precisión de precio y de cantidad, según destacaba el economista Francis Edgeworth, introductor de las curvas de indiferencia y cajas de contrato en el comercio internacional.

Dada la relativa baja inflación del dólar, mayor exactitud y los mayores fondos volcados, los convenios en esa moneda resultan los más ventajosos (requieren las menores adecuaciones) en los grandes mercados mundiales. Mucho menor desgaste de renegociar las cláusulas entre partes. Al final de los años, el menor desgaste conlleva menores costo, mucha mayor competitividad e ingresos.
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Las monedas mejor reputadas compiten mejor. El PBI por habitante de las naciones crece con la confianza de su moneda, institución central del comercio.
Guillermo Calvo, economista argentino, dio su testimonio sobre la dolarización en el Subcomité de Política Monetaria y Bancaria, en junio 2000: “Beneficios de la Dolarización para EEUU y países que la adoptan, especialmente si se hace bajo las previsiones inspiradas bajo las cláusulas el senador Connie Mack. Dolarizar es la decisión de cambiar toda la circulación monetaria por dólares o euros y adoptar las políticas monetarias de EEUU”.
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Y agregaba sobre el “miedo a flotar”: “Realmente muy pocos países aceptan que su moneda flote. Pues irremediablemente los que flotan reciben todo el impacto de la devaluación en mayor alza de la inflación. Aparte, los mercados emergentes suelen estar endeudados y sufrir las consecuencias negativas del alza del valor de su deuda en dólares”.
En tanto, sobre la función del “Prestamista de última instancia”, remarcaba: “Es la entidad que presta cuando ninguna otra lo hace. Por ejemplo, durante una crisis cambiaria, típicamente los bancos centrales activan créditos contingentes para los privados, y resguardarlos de cortes súbitos de fondos. El país dolarizado renuncia únicamente a prestar imprimiendo dinero, que impulsaría el alza del tipo de cambio y los precios. Estos dos temores se combinan potenciando el temor a expandir el crédito interno, generando altísima volatilidad del costo del dinero a los países que quisieran expandirse.
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