
Aquellas palabras de Raul Alfonsín, expresaban su verdad. Era un traspié de la democracia, lejos, muy lejos de las miserias de hoy.
El Gobierno da vergüenza, logró superar la pobreza del anterior y la oposición, por ahora, mete miedo. Con más de un 40 por ciento de pobreza imaginan que necesitamos “un ajuste” en lugar de un destino. Pareciera que nadie asume la gravedad del presente, la angustia de los que trabajan y no dejan de empobrecerse.
En aquel momento, pudo decir “la casa está en orden”, eran tiempos de menos de un millón de necesitados de Cajas Pan. ¿Quién fue el mayor responsable de esta miseria, la dictadura, Menem, los Kirchner o Macri? Para tranquilizar la conciencia solo importa elegir un culpable que coincida con nuestras convicciones. Repensar es imprescindible para poder salir de este atolladero, de esta desesperanza que nos atraviesa desde hace años. Los sectores productivos necesitan créditos, los inversores no saben qué hacer con su dinero, los bancos y el Estado generan deudas irracionales inventando moneda e intereses donde nadie produce nada. La ley de alquileres desnuda el delirio de una sociedad donde el inversor no logra que su dinero sea rentable y el inquilino no tiene alternativas en el mercado. Desde su origen esta insensatez se forjó en nombre del liberalismo de los coimeros, porque el de verdad es un espacio de virtud. Achicar el Estado no es lo mismo que saquearlo en lo rentable y destruirlo amontonando beneficiarios que, o no lo merecen o no hay cómo financiarlos. Las naciones las conducen los políticos; las colonias, los economistas que son tan sólo sus administradores.
El oficialismo agoniza, sectario y agresivo, con esa historia de “Cristina presidente” como si ignoraran que no puede ganar en ninguna de las confrontaciones, que ya ni el Senado le obedece. Y los otros, esos que dicen que Macri todavía tenía mucho para dar, se deben referir al fútbol porque en política hace tiempo que no sale de su triste mediocridad de rico heredero. Vale la pena asumir que en la oposición se eligen libremente los candidatos mientras que en el oficialismo siguen a la espera del dedo mágico de Cristina. Que en una sociedad que agoniza y se hunde hace décadas, existan fanáticos de semejantes personajes intrascendentes, marca el nivel de la enfermedad que nos lastima.
Ambos son jefes de sectas, en una sociedad que necesita un estadista, alguien que nos saque de la poltrona de los odios y nos convoque a la grandeza de recuperar un destino. Una caterva de denunciadores y fanáticos divididos en hinchadas tribuneras sustituye la política, ese espacio donde quienes tienen vocación de trascender se ocupan del futuro y el bienestar colectivo. Cuando nos gobernaron los militares perdimos la guerra, ahora gobiernan los economistas y estamos al borde de la quiebra. Como solía decir un personaje: “Ssi los economistas fueran inteligentes serían los dueños de las empresas y no los asesores”.
La política es un arte superior a las partes, y hoy sólo opinan la mayoría de los que representan intereses privados concretos. A la sociedad de los comerciantes le sobra la mitad de la población, los bancos y grandes grupos viven de parasitar al consumidor que todavía logra sobrevivir mientras que el Estado y sus “militantes” parasitan a los caídos. El pensamiento esta prohibido en ambas trincheras, salvo para pastores de su iglesia o visitantes que no cuestionen el sistema. La ley de medios era el sueño oficialista de callar opositores, claro que la libertad de prensa termina donde nace el poder del avisador. Y algunos funcionarios importantes avisan tanto que criticarlos implica ser condenado al exilió de la palabra.
Ya no hay partidos que propongan futuro, espacios que convoquen a debatir proyectos, solo hay candidatos que aseguran las prebendas de los dueños del presente. La concentración de la riqueza en los políticos, sindicalistas y empresarios asociados, no genera una “casta” sino que implica el surgimiento de una nueva aristocracia donde los enriquecidos se sienten triunfadores y nos tratan al resto de los ciudadanos como seres menores, proletarios, sólo consumidores a los que ni siquiera se sienten obligados a respetar. Esa desmesura es la matriz de la miseria que lleva a un obrero a no poder siquiera evitar la indignidad de la pobreza. Desde el último golpe militar, los intermediarios y dependientes sin patria ni bandera nos conducen mientras se llevan las riquezas y sólo crece la deuda y la miseria. Eso implica un proyecto “colonial” y contra eso hasta el momento nadie dice nada. El Gobierno da vergüenza, la oposición mete miedo y el crecimiento del candidato del anarquismo de “los niños ricos” es tan sólo una convocatoria a la guerra civil. La dirigencia política tiene su peor gobierno en compañía de su más mediocre oposición. Felices Pascuas, la casa no está en orden y no hay por ahora candidatos a devolvernos el mañana. No soy pesimista, ya vendrán tiempos mejores, ausentes todavía. Mientras tanto la esperanza, ese motor de la vida que devuelve la alegría a los pueblos, por ahora no tiene quién la represente.
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