
El golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, que dio lugar a la larga noche de casi ocho años, trajo la dictadura que desplegó una política de persecución y muerte jamás conocida hasta entonces en nuestro país. La desaparición forzada y la apropiación de bebes y niños son las expresiones más elocuentes y vergonzantes de su ferocidad y crueldad.
Hoy la fecha nos convoca nuevamente a todos para repudiar las dictaduras de nuestro pasado con la misma convicción y severidad que debemos hacerlo con las del presente en todo el mundo; denunciando sus políticas represivas y de violaciones sistemáticas de derechos humanos. En ello no puede haber ambivalencias ni dependencia ideológica pues el silencio se torna en complicidad.
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Este aniversario, cuando estamos cumpliendo 40 años de democracia, nos llama a renovar nuestro compromiso con el pacto republicano que firmamos el 30 de octubre de 1983, cuando clausuramos para siempre la violencia como forma de resolución de conflictos e imposición de ideas. Un acuerdo unánime de la necesidad de respeto irrestricto a la Constitución Nacional y de consolidar la vigencia de las instituciones para con ellas garantizar nuestra convivencia en absoluta libertad. Un contrato cívico que la inmensa mayoría de los argentinos defenderemos siempre.
Pero una vez más el 24 de marzo y a nuestro pesar, nos hace ver que tenemos heridas abiertas.
Lou Marinoff, filósofo y académico canadiense en un interesante dialogo con Daisaku Ikeda plasmado en el libro el Filósofo Interior, en el capítulo que se titula Heridas Comunitarias nos dice: “Cada comunidad humana-sea tribal o familiar, religiosa o nacional- tiene heridas particulares que requieren curación. La sociedad en general sufre heridas que provocan que no se perciba a sí misma como un todo y que sólo, cuando logren hacerlo, les será posible curar sus heridas divisivas”.
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Nos produce tristeza reconocer que nuestras heridas no sanan aún. No logran hacerlo pues hay actores sociales que quieren que así sea. Que bregan por un lugar exclusivo para ellos en el reconocimiento histórico. No quieren que nos veamos como un todo, aceptar que somos un solo cuerpo social que sufrió y padeció las consecuencias de erradas decisiones de unos y otros.
Se ven a sí mismos como únicas víctimas y pretenden ser reconocidos como héroes y mártires de aquel pasado trágico. Cierran así, con absoluta intencionalidad, la posibilidad al diálogo profundo y crítico que permita asumir las responsabilidades de todos los que protagonizaron las luchas intestinas que nos desangraron durante décadas y que fueron encubando el drama que finalmente nos cubrió y enluto.
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No hay dueño absoluto de la verdad y no habrá posibilidad de encuentro con la cancelación del otro.
El demonio fue uno solo con múltiples actores e infinitos verdugos sedientos de muerte que sesgaron la vida de miles de argentinos durante años.

Es por ello que debemos dar un salto cualitativo en nuestra vida nacional que nos permita el encuentro, que nos lleve a la reconciliación entendida como la expresión del máximo reencuentro fraternal, que no significa bajo ninguna circunstancia impunidad. En las incuestionables palabras de Norma Morandini: “Necesitamos de un gran pacto democrático, no corporativo, ni partidario, sino de toda la sociedad, para restituir lo que fue violado: la convivencia pacífica”.
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Se impone nuevamente, como lo hicimos en nuestra gestión, desplegar una agenda ampliada de Derechos Humanos sin usos indebidos de apropiación y malversación de sus principios y valores como los que vemos en el presente, y del cual el Foro de Derechos Humanos celebrado en estos días es una grotesca y obscena muestra elocuente de ello. Como bien dice Norma Morandini a quien recurro una vez más, “necesitamos unos y otros, hacer del respeto a los derechos humanos una religión laica”. Unos y otros debemos volver a comprender el valor fundamental de los derechos humanos como bien imprescindible para el desarrollo de las sociedades.
Así, nos es fundamental desarrollar una política de Derechos Humanos con aguda mirada hacia el futuro, que de los pasos necesarios generando las condiciones que se requieren para ese caminar juntos que debemos emprender definitivamente. Un camino de reconocimiento y respeto mutuo, liberado de revanchas y odios, de educación y formación sin relatos, omisiones y adoctrinamiento.
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Tenemos un capital humano riquísimo en nuestro país con quien llevarlo adelante y hay una sociedad que lo demanda, que lo necesita y que debe ser escuchada.
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