
Un Presidente inesperado, que llegó a la Casa Rosada gracias a una coyuntura marcada por la confluencia del estrepitoso fracaso del gobierno de Mauricio Macri y la astucia de Cristina Fernández de Kirchner para correrse del primer lugar en la boleta presidencial y ungirlo como candidato de un supuesto peronismo unido y reconciliado, comenzó finalmente a desandar el último año de un mandato muy turbulento y difícil, que no logra escapar de la imagen de ineficacia y decadencia.
Si bien como era previsible a la luz de los últimos movimientos en la cada vez más tensa y compleja situación interna del peronismo, durante el último discurso del Presidente Alberto Fernández ante la Asamblea Legislativa en ocasión de inaugurarse un nuevo periodo de sesiones ordinarias en el Congreso de la Nación, no hubo el más mínimo indicio de que el primer mandatario haya renunciado a sus intenciones de reelección.
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Es más, si bien lógicamente tampoco no hizo explícitas sus pretensiones electorales, del contenido de su discurso se infieren algunos indicios que permiten abonar esa disposición: el intento de construcción de una narrativa en relación a los pretendidos “logros” de la gestión; la búsqueda de construcción de un “adversario”; la reivindicación de ciertos atributos de “liderazgo”; los mensajes y gestos de unidad; y la asignación de responsabilidades por la crisis, entre otros elementos que parecieran confirmar que Alberto Fernández intentará continuar con un proyecto reeleccionista que, en tanto desacoplado de la realidad y el contexto en el que se inserta, parece un tanto delirante.
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En cuanto a los pretendidos “logros” de la gestión, el presidente utilizó la mayor parte de su discurso para, apelando a una lógica de comunicación del estilo “inventarial-contable”, hacer un racconto de lo que entiende son los “hitos” de su gestión. Entre los pasajes más destacados de esta estrategia habló de Argentina como “uno de los países que más que creció en los últimos años”, de la protección de “las jubilaciones superando la inflación en 12 puntos; de que el “empleo formal creció el 4,1%”, de que se “finalizaron más de 3000 de 5800 obras en ejecución”, de una “recaudación que lleva 29 meses de crecimiento”, entre otras definiciones.

Más allá de lo cuestionable de algunos de estos datos, y de la omisión de muchos otros que habrían de relativizar estos pretendidos “hitos”, Fernández proyecta la imagen de un Presidente muy alejado de la realidad y que, al dar la sensación de vivir en un país imaginario, profundiza el malestar y el rechazo que, según las encuestas, parece muy difícil ya de revertir. En este sentido, vale la pena recordar que, a diferencia de lo que solía afirmar Perón, en los tiempos actuales, donde la política está cada vez más mediatizada, “la única verdad no es la realidad”, sino lo que la gente “percibe”. Y cada vez más ciudadanos perciben un presidente que vive en una realidad paralela, que gestiona con ineficacia, que no ha resuelto los problemas del país y que, en muchos casos, incluso los ha agravado.
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Otro de los indicios del sostenimiento de su proyecto electoral se desprende de su intento de construir un antagonismo, de dar forma a un “adversario”. Aquí tampoco hubo sorpresas, y el primer mandatario insistió en construcciones ya conocidas: los medios concentrados, la corporación judicial, los intereses opositores. Una apelación tan recurrente como ineficaz a un presunto adversario de contornos difusos que, no solo remite una vez más a una agenda muy alejada de la realidad cotidiana de los ciudadanos de a pie, sino que además no genera identificación a su favor.
El tercer elemento que puede ser leído en clave electoral tiene que ver con una suerte de “gestión de atributos” que ensayó para buscar proyectar su imagen de “liderazgo”. Curiosamente, en este caso eligió recurrir al atributo de la moderación que supo explotar con relativo éxito durante la primera etapa de la pandemia. Una apuesta a todas luces extemporánea, no sólo porque ese espacio ya no está vacante (ahí talla Rodríguez Larreta) sino porque hace tiempo que en los hechos -y en la percepción ciudadana- está muy lejos de esa supuesta “moderación”. Si bien por momentos pareció un mensaje dirigido a La Cámpora y otros sectores que lo acusan de “tibieza”, su propia apelación terminó por ser desmentida por su propio discurso: el embate a los medios y a la justicia, la ridícula referencia a “no aceptar los condicionamientos del FMI”, entre otros tramos de su alocución.
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En cuanto a la asignación de responsabilidades tampoco hubo ninguna sorpresa. Nada de autocrítica, y excusas atribuidas ya sea a los presuntos “adversarios” ya mencionados, a fenómenos externos (guerra de Ucrania, pandemia) y, por supuesto, a la “pesada herencia”. Esto último, bastante curioso a más de tres años de haber asumido la presidencia, quedó en evidencia al hablar de una inflación que durante su mandato acumuló un 324%, con perspectivas aún muy complejas por delante.
Por último, para terminar de delinear este espectáculo tan trágico como patético, no faltaron los guiños a la vicepresidenta. A pesar de los permanentes desplantes de la ex mandataria, la ausencia de Máximo Kirchner en el recinto, y las críticas que se escucharon en los últimos días (Larroque), el Presidente no dejó pasar la posibilidad de sobreactuar su apoyo a la supuesta persecución a Cristina ante el gesto impasible de ésta y de repartir incluso algunos elogios a cuadros de La Cámpora que en repetidas ocasiones han manifestado su distancia (como el caso de la Directora del PAMI)
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Así las cosas, todavía con todo un año por delante, y nada más ni nada menos que frente a un proceso electoral de capital importancia, el presidente Alberto Fernández, con una imagen personal y de su gestión que en todas las encuestas está en niveles bajísimos, parece más débil y más solo que nunca. Pero, más grave aún, parece decidido a potenciar esas imágenes, autoexiliándose de la durísima realidad del país que lo circunda e insistiendo en un proyecto de reelección que lo acerca cada vez más al ridículo.
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