
Las sociedades necesitan el acercamiento entre sus dirigencias, sin embargo la mediocridad que las constituye sólo se encuentra y reafirma en la confrontación. La simplificación de los que odian recibe mayor apoyo que la sutileza de los que piensan, por lo tanto, si la dirigencia está integrada mayoritariamente por brutos y mediocres podemos afirmar que el crecimiento de la pobreza está asegurado. Ante nuestros hermanos uruguayos la guerrilla se convirtió en sabiduría democrática, entre nosotros sólo en queja, especialmente por una distorsión del pasado y un gran apasionamiento por las prebendas. Los que el General expulsó de la Plaza por “imberbes” han terminado deformando la heredad.
Necesitamos pacificar, la Europa de postguerra demostró que la unión les devolvía el destino. Ellos arrastraban millones de vidas entregadas a enfrentamientos sin sentido, había brotado la violencia de los dementes, Alemania y Rusia competían en la dimensión de sus masacres y muchos de nosotros descendemos de quienes huían de esas miserias. Europa tuvo grandes hombres que le permitieron revertir los enfrentamientos en excelentes acuerdos. El mercado común fue un logro y un ejemplo a seguir. La integración social fue el gran objetivo de sus políticas asimismo la educación y la salud que incluyeron a la totalidad de sus ciudadanos. Suelo repetir que cuando mis abuelos vinieron a América se imaginaban agotado al continente europeo, sin embargo, era el tiempo en que estaba naciendo. Y ahora, cuando sus nietos intentan el retorno podríamos estar ante renacimientos semejantes. Nos faltan los dialoguistas, esto significa poseer una dirigencia política como la uruguaya que les permitió gestar una sociedad envidiable a tal punto que atrae a solicitar su ciudadanía a miles de el nuestro cada año. España resurgió cuando, después de millares de vidas perdidas, un conservador y un revolucionario se abrazaron. Cuesta imaginar el encuentro entre Alemania y Francia después de descomunales agresiones.
Podríamos haber elegido el abrazo de Perón con Balbín y no como se desfiguró la historia con la degradación de los derechos humanos, como si la violencia guerrillera hubiera merecido más respeto que nuestro pueblo trabajador. Aquel General de la sabiduría del exilio no tuvo herederos, como tampoco lo tuvo “el viejo adversario que fue a despedir al amigo”. Cuesta salir del absurdo que culpa al otro como si una parte pudiera triunfar sobre los demás y reducirlos a sus propias convicciones. Asumir las culpas como compartidas es iluminar la única salida.
La Europa del mercado común, la España del pacto de la Moncloa, el Uruguay de Sanguinetti y Mujica, hasta la Sudáfrica de un genio como Mandela nos muestran el camino, ése que hasta el presente nadie se anima a desplegar. Nos llenamos la boca hablando de ética, como solían decir nuestras abuelas, “dime que alardeas y te diré de qué careces”.
Hace sesenta años, el decano de la Carrera nos dijo con crueldad al recibirnos: “Les van a reiterar que fracasamos porque existen los que roban, no olviden desde hoy que son más brutos que ladrones”. Me eduqué en una sociedad donde la política se enfrentaba con los intereses y vivo en una donde solo se depende de ellos. La economía intenta suplantar a la política y la moralina a las ideologías. Ese triste debate contra “la meritocracia” le roba el sentido al esfuerzo que genera progreso. Caímos en el espacio de los odios, del resentimiento de izquierdas en descenso contra filósofos sicarios de la ley de entidades financieras, definición de decadencia que todos critican y nadie se atreve a derogar.
El jefe mapuche fue detenido con un alto grado de alcohol en sangre, es una patética desgracia que confronta con la cruel metáfora de un inglés que nos quitó un lago y los alcahuetes imperiales de turno hacen cola para humillarse en esas bajezas. Unos intentan apoyar una revuelta de pueblos que inventaron su origen, los otros se apuran a olvidar la guerra de Malvinas encarando su persistente obsecuencia hacia el representante del opresor de turno. Impidieron la vista de un lago para esconder sus bajezas, son tan exitosos que se esmeran en ocultar sus complicidades como si fueran conscientes de sus miserias. En la inventada grieta hace tiempo que las infamias se fueron olvidando, abundaron de ambos bandos y por desgracia si hubo un pacto entre aquellos enemigos fue tan solo el de olvidarlas.
A veces cambio de canal para salir de la repetida cantinela de los payadores de cada tribuna. Podría imaginar que tanta reiteración termina asesinando el talento, pero luego me vuelve la calma y asumo que nadie puede matar lo que no existía. Mi vida es la política, los que aman a Cristina me caen tan incomprensibles como los que aman a Macri. Unos se enamoraron de los restos de una revolución que no existió y los otros admiran al triunfador de una inmigración tan tardía como rentista. Dos destinos equivocados, dos gobiernos que fracasaron. Son demasiados los que necesitan creer, situación que se torna patética cuando no hay nadie digno que lo merezca. Y la tendencia al autoritarismo, expresión que suele ser el fruto de la inseguridad. Chile exportó en salmones el doble que nosotros en carne vacuna, sumamos la ecología a la impotencia. Con tanta obsesión por la acusación ninguno se dedica a convocar al esfuerzo. Los ecologistas nuestros están contra la cría de salmones y antes estuvieron contra las pasteras, es obvio que necesitamos sintetizar el cuidado a la naturaleza con la necesidad productiva, ese es el verdadero desafío.
Una dirigencia política enriquecida se esmera en aclarar que la culpa la tuvo el otro y que no son todos iguales mientras un pueblo dolorido y agobiado por la pobreza y las promesas los mira con indiferencia. Expreso con dolor que hoy no tengo en quién creer y que me río de mi bronca el día que titulé una nota “mi corrupto es más decente que el tuyo”. Habitamos una geografía y un pueblo digno de recuperar su esperanza. Solo nos falta un proyecto común, algo que nos permita apoyarlo entre todos. La naturaleza nos ofrece sus riquezas y la coyuntura la necesidad, solo falta un hombre o un grupo que salga de la comodidad de los negociados en la grieta y se atreva a recorrer el desierto de la unidad nacional. Seguro que no se hará rico, pero, sin duda su nombre quedará en la historia. Simplemente con sólo superar la espantosa conducta de acordar retornos del tiempo de las privatizaciones, solo con revisar semejante saqueo ya nos devolverían una importante fortuna para luego invertir y dar trabajo. Eso sería transformar las coimas en esfuerzo. Suena simple sin embargo hay demasiados involucrados en ambos bandos que lo terminan volviendo complicado. Pero se puede y es tiempo de intentarlo.
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