Lucio podría hoy ser un niño feliz

Cuidar la vida de un niño no es sólo alimentarlo, es amarlo y, de esa forma, facilitar que los procesos madurativos sigan su curso

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Lucio Dupuy junto a su
Lucio Dupuy junto a su padre

¿Qué le pasó a esa mujer, Magdalena Espósito, progenitora de Lucio, que no pudo ejercer su función materna con su hijo? Su vínculo con el niño fue a través del maltrato, cometiendo actos por acción u omisión que sólo dañaban al niño.

Lucio vivió a partir de los dos años hasta el día de su muerte en un clima de tormentos ejercidos con saña y perversión por su madre y por la novia. No tuvo una mamá que lo alimente, cobije, proteja y le brinde amor, una madre “suficientemente buena” como la define Donald Winnicott desde su sabiduría como pediatra y psicoanalista. “Madre suficientemente buena” es aquella que le permite al niño transitar de una dependencia absoluta cuidada y amorosa hacia un camino cuyo horizonte es la independencia. Lucio no fue un niño amado por su madre, no lo protegió ante sucesos impredecibles y consecuencias traumáticas para su existencia. Por el contrario, ejerció sobre él una violencia despiadada.

No supo o no quiso ver en su niño un ser desvalido, inmaduro cuya vida dependía en un cien por ciento de una madre que supiera identificarse con sus necesidades.

Hoy sabemos que Lucio pudo haberse salvado y ser feliz. Esa oportunidad la tuvo cuando siendo bebé y, debido a la separación de sus padres, fue tutelado por sus tíos paternos y junto con ellos recibió el amor de sus abuelos paternos.

En un video difundido por los medios, se ve a los abuelos Ramón y Silvia alimentar a su nieto. En cada cuchara de comida, Lucio recibía la mirada atenta y tierna de sus abuelos junto con palabras que eran una caricia para el niño, a las que respondía con sus primeros vocablos.

El abuelo y sus tíos fueron el sostén de Lucio, en los primeros años de vida, desempeñándose como sustitutos de la función materna. Fueron capaces de recibir las angustias, molestias y llantos del Lucio y transformarlos, devolviéndolos descargados de angustia, de una forma más apropiada y que pudieran ser toleradas y recibidas por el niño.

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Cuidar la vida de un niño no es sólo alimentarlo, es amarlo y, de esa forma, facilitar que los procesos madurativos sigan su curso, se integre su yo y vivencie una experiencia placentera de existencia.

Un día la Justicia, a pedido de la progenitora, resuelve reintegrar a Lucio a su madre. Es a partir de ese momento que el niño vive un verdadero calvario hasta ser asesinado por los golpes, vejaciones y maltrato recibido por sus cuidadoras.

Vecinos, médicos, maestro y tantos otros responsables de velar por la infancia no denunciaron las torturas padecidas por el niño. Y como lo expresa Roberto Picozzi, miembro de Usina de Justicia, “Lucio muere un día, pero en realidad lo empiezan a matar su progenitora y pareja un año y medio antes y un día deja de respirar. Fue un proceso”.

Es dramáticamente inentendible que niños como Lucio y tanto otros sigan muriendo por maltrato cuando a partir de la segunda mitad del siglo XX, esta problemática comienza a ser objeto de interés por parte de los profesionales de la salud. Paralelamente comienzan a crearse asociaciones de protección para los niños afectados y sus familias y se promulgan las primeras leyes que sancionan el maltrato a los menores. La República Argentina ratificó la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño en 1990, quedando incorporada como ley nacional.

En 1994 la Convención Constituyente incorporó la ley a la nueva Constitución de la Nación Argentina. En el año 2005 se promulgó la Ley Nacional de Protección Integral de la Infancia. El objeto de esta ley es “la protección integral de los derechos de las niñas, niños y adolescentes que se encuentren en el territorio de la República Argentina, para garantizar el ejercicio y disfrute pleno, efectivo y permanente de aquellos reconocidos en el ordenamiento jurídico nacional y en los tratados internacionales en los que la Nación sea parte…”. Con esta ley se privilegia al niño como sujeto de derechos, cuya voz debe ser escuchada y respetada.

Como se ve, en nuestro país la legislación es muy reciente, queda mucho trabajo aún por realizar. Existen instituciones que bregan por el bienestar de la niñez y las protegen del maltrato, no obstante ello, datos de la Organización Panamericana de Salud revelan que “a nivel mundial, 1 de cada 2 niñas y niños de entre 2 y 17 años sufre algún tipo de violencia cada año. Según una revisión global, se estima que el 58% de las niñas y los niños en América Latina y el 61% en América del Norte sufrieron abuso físico, sexual o emocional en el último año”. Allí se destaca “el interés superior del niño” como el bien central a proteger y obliga a los Estados a adoptar todas las medidas legislativas, administrativas, sociales y educativas tendientes a proteger a los niños y niñas contra toda forma de maltrato por parte de sus padres, representantes legales o cualquier persona que lo tenga a su cargo. Si bien en los últimos años ha aumentado notablemente la cantidad de denuncias de violencia familiar y maltrato infantil, se considera que esos casos constituyen solo una pequeña parte del total de casos reales.

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