Mientras el Javier Milei se entretiene con la recuperada “batalla cultural”, que en un nuevo despliegue en las redes sociales y canales de streaming cercanos al oficialismo incluyó renovadas teorías conspirativas, denuncias de presuntos intentos golpistas, insultos a periodistas y opositores, en otro campo, el Gobierno no logra superar el escándalo Adorni y el Presidente evidencia un profundo desacople con una realidad atravesada por el creciente descontento social.
La saga Adorni, que ya lleva más de 60 días de excluyente gravitación política y mediática, ya no solo se alimenta de las nuevas revelaciones respecto al patrimonio y los gastos del jefe de Gabinete, sino fundamentalmente del empecinamiento y tozudez con el que es defendido por el propio Presidente y su poderosa hermana.
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Una decisión difícil de explicar, y que si bien -entre las hipótesis posibles- podría adjudicarse a un error de cálculo inicial respecto al impacto del caso, a la ya conocida tendencia oficialista a los daños autoinfligidos o, incluso al propio ensimismamiento del Presidente, lo cierto es que viene generando un daño evidente y visible en las encuestas tanto en lo que respecta a la imagen presidencial como los niveles de aprobación del gobierno.
Un daño que, por cierto, podría ser mucho mayor si hubiese una oposición más robusta, más creíble y con liderazgos legitimados y capaces de interpelar a amplios sectores de la ciudadanía. Sin embargo, aún con esta conveniente ventaja comparativa, el Gobierno se expone ante los riesgos que entraña el creciente fenómeno de descontento social que encuentra en casos como el de Adorni una suerte de catalizador.
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Un descontento que si bien no encuentra aún canales de expresión políticos o institucionales no deja de plantear, tanto en las propias filas libertarias y en la oposición, tanto en el establishment local como en Washington, serios interrogantes sobre el futuro de la administración libertaria de cara a la reelección en 2027.
Si el caso Adorni es una posible expresión del ensimismamiento, el aislamiento y la cerrazón presidencial, lo mismo parece haber ocurrido esta semana con la nueva y masiva marcha federal universitaria que no solo fue descalificada con insultos por el propio Milei sino que coincidió con la decisión de un nuevo recorte presupuestario sobre las ya tensionadas partidas de las universidades nacionales. En definitiva, una vez más, el Presidente buscó arropar con la narrativa de la batalla cultural un reclamo con alta legitimidad social y muy caro al ideario y las preocupaciones de las capas medias.
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En este escenario monotemático, el caso Adorni no solo arrastra la imagen presidencial y profundiza el ensimismamiento, sino que opaca también noticias positivas en el plano macroeconómico que podrían coadyuvar a la recuperación de la iniciativa. Algo que quedó muy claro esta semana, donde el Gobierno recibió probablemente la mejor noticia macroeconómica del año, el quiebre de una tendencia alcista de la inflación que acumuló 10 meses consecutivos. Sin embargo, una baja que según los economistas podría continuar en la próxima medición, no se convirtió en la oportunidad para comunicar un logro destinado a recrear expectativas sobre la economía argentina, sino que en el marco de la renovada “batalla cultural’ fue la excusa para el revanchismo y las nuevas diatribas contra los presuntos responsables de conspiraciones golpistas.
Lo cierto es que el caso Adorni y el temperamento político asumido por el presidente y su hermana respecto al caso no solo vienen horadando la figura presidencial, sino que también viene tensionado aún más la ya resentida interna oficialista, a la par que pone en peligro los acuerdos con socios y aliados claves en el Congreso. Las declaraciones de Bullrich, las tensiones en los bloques de LLA respecto al proyecto de reforma política, la designación del armador karinista Sebastián Pareja en la estratégica comisión de inteligencia, o el sorpresivo desmarque y posicionamiento de Mauricio Macri, son solo algunas evidencias de los daños colaterales.
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Así las cosas, el Presidente parece confiado en que todas estas “dificultades” son parte de una batalla cultural de largo aliento, y que un inevitable repunte económico habrá de cambiar el humor social en la previa del proceso electoral. Un escenario tan imprevisible e incierto como el futuro de la administración libertaria en un contexto donde los problemas cotidianos para millones de argentinos se profundizan y generan un creciente descontento.
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