
Un viejo dicho de nuestros abuelos, más vigente que nunca, es que “la verdad no ofende, pero duele”. Y la verdad es que este cáncer lo generamos nosotros mismos con nuestro voto, pero sin haber aprendido de nuestros errores.
- ¿Por qué cada 5 o 10 años nuestro país se encuentra nuevamente revolcándose en el fondo de un tarro de la miseria, de la angustia de no saber si la familia podrá comer hasta fin de mes?
- ¿Por qué los argentinos somos tan incapaces de aprender de nuestros errores y volver a creer que el discurso carismático, simpático y lleno de esperanza que el político de turno nos recita con convicción y sensibilidad social?
- ¿Por qué los argentinos somos tan inocentes que pensamos que esos políticos profesionales de la mentira, son el mesías que nos va a liberar de todos los males?
- ¿Por qué los mismos políticos se reciclan una y cien veces para llevarnos de las narices hacia los mismos sufrimientos de nuestros abuelos, nuestros padres, y nuestros hijos?
Y así podríamos seguir preguntándonos por qué esto y por qué aquello, y con cada porqué agregaríamos una gota más de lágrima a un vaso que ya está rebalsado.
Y la conclusión es que las respuestas son pocas, pero profundas, tan profundas que duelen.
Porque como decían nuestros abuelos, “la verdad no ofende, pero duele”, sin pretender con esto sentirnos dueños de la verdad, pero estamos seguros que se acerca bastante.
La respuesta pasa por nuestra incapacidad, nuestras propias limitaciones de: 1. Recordar qué hicimos mal y 2. No aprender de nuestros propios errores.
Cuando hablamos de incapacidades y limitaciones no nos referimos a las que se superan estudiando -porque todos seguimos siendo limitados e incapaces de aquellas cosas sobre las que no sabemos porque las ignoramos-, sino a las incapacidades y limitaciones de no haber sido capaces de aprender de las lecciones que nos ha dado la vida.
Hoy, más que en todos los años anteriores desde que el país volvió a la democracia, se evidencia el efecto de este tremendo manto de incapacidades en el que estamos envueltos.
Y la situación no va a mejorar si no somos capaces de identificar la causa raíz de esta situación.
Los argentinos nos hemos vuelto a fracasar porque es lo que le conviene, desde siempre, al peronista más ilustrado para, de esa forma, perpetuarse como la salvación de todos.
¿A qué puede aspirar un pueblo sin educación? A comer de la mano del peronista que hace su negocio por la falta de educación.
También es cierto que siempre se puede estar peor. Y lo estamos. Porque si hay algo peor que un político peronista es un político fanatizado kirchnerista.
Lo que el argentino de a pie necesita, es que le cuenten la verdad. Y de forma directa. Brutalmente directa, para que no le queden dudas de donde estamos parados y que cada día que pasa seguimos hundiéndonos un poco más.
Y la cruel realidad es que los políticos que nos gobernaron y nos gobiernan nos enfrentan cara a cara con una economía destrozada, una educación lamentable y el valor del respeto olvidado o retorcido. Y que para salir de este pozo se van a necesitar varios años. No dos ni tres, seis o siete en el mejor de los casos.
La decadencia a la que estos gobiernos nos han llevado es tan profunda que muchos de los argentinos prefieren no escuchar que estamos enfermos de un cáncer que nos está matando. Pero deberían ser lo suficientemente sensibles y menos egoístas, si aceptasen que el cáncer del cual no quieren escuchar lo van a heredar sus hijos y sus nietos si las cosas no cambien rotundamente. Somos los principales culpables de lo que nos pasa. Nosotros los votamos. A los que gobiernan como a los que deberían oponerse que para eso fueron votados, para oponerse con el cuchillo entre los dientes.
Pero no hay solo esperanzas de salir de este lugar al cual nos dejamos llevar. Hay una esperanza tangible que se convertirá en una realidad posible cuando dentro en unos pocos meses los argentinos tengamos la posibilidad de votar.
Dignifiquemos el voto, votando por aquellos que mejor representen nuestras ideas, nuestras esperanzas, nuestros deseos. Votemos positivamente. No compremos más espejitos de colores. No votemos más por el mal menor. Eso es degradar el voto. Y eso es lo que muchas veces hemos hecho. Sin un voto positivo no hay mandato popular y sin él no se puede hacer nada desde la política de lo que hay que hacer para que vivir en Argentina deje de ser una cama con clavos como lo es hoy para una gran mayoría de argentinos.
Votar por la Libertad. La Libertad de elegir algo nuevo, trasparente, libre de compromisos con políticos y sindicalista mafiosos. Votar por aquellos que nos proponen copiar lo que hacen los países en los cuales la gente vive una vida normal, sin miedo a que la maten cuando sale a trabajar, o cuando vuelve a su casa, poder abrir un comercio o empresa sin que esto luzca como mandar un cohete a la luna, poder disfrutar del fruto de su trabajo sin que lo expriman a impuestos, con sus hijos recibiendo una educación de calidad en vez de un lavaje de cerebro anticapitalista para que solo sirvan el día de mañana para rogar por un plan, etcétera.
En ese momento veremos si aprendimos de nuestros errores o no.
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