Cuatro escenarios posibles para el futuro del trabajo

Sabemos ya que no se trata solo de las tareas más rutinarias, sino que tecnologías inteligentes también nos pedirán que les dejemos en sus manos tareas de mayor volumen cognitivo y creativo. Será una danza de acomodamiento constante, en la que habrá que apelar a nuestros mejores valores y capacidades para no quedar relegados a partes intrascendentes de la función

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En uno de los posibles
En uno de los posibles escenarios futuros, el ocio será el nuevo patrón y el trabajo será opcional y esporádico

Una de las fábricas de autos más automatizadas del mundo, la de Tesla en Berlín, no consigue completar la nómina de 12 mil trabajadores proyectados; en más de 100 sucursales de la mítica Starbucks, miles de empleados concretan las primeras huelgas auto organizadas debido a políticas muy rígidas de la compañía; la “silver economy” prospera también en el mercado laboral registrando más de 50 millones de nuevos empleos para personas mayores de 50 años en la última década en USA; la generación Z simboliza nuevas concepciones sobre el trabajo, siendo cada vez más difícil para las organizaciones reclutarlos y sostenerlos; fábricas de China instalan 45% más de robots industriales que en año 2021 y se reduce la población en edad laboral; la demanda de mejores equilibrios entre vida y trabajo lidera cualquier estudio sobre mercado de laboral y alimenta el fenómeno de la “gran renuncia” de miles de trabajadores a puestos asalariados a tiempo completo en diversas regiones del mundo; se expanden y diversifican los trabajos vinculados a la economía del conocimiento, comenzando a proliferar situaciones de demanda de talentos que no pueden cubrirse con la oferta existente; modalidades híbridas (parte presencial y parte virtual), semanas laborales más cortas y regímenes de contratación más flexibles y contingentes parecen imponerse como elementos centrales de los mercados laborales del futuro inmediato.

¿Qué está pasando con el trabajo en el mundo? ¿Cuáles son las fuerzas que operan en semejante proceso de transformación de una de las actividades humanas de mayor impacto en nuestros estados de ánimo y en las posibilidades de edificar una vida digna? ¿Podemos identificar ejes dominantes en un proceso de transformación con tantas aristas y dimensiones? ¿Cuáles son los factores más disruptivos de esta transformación que genera mucho temor e incertidumbre respecto del espacio que el desempeño humano podrá tener en la nueva organización del trabajo?

Estas y otras preguntas forman parte de la cada vez más nutrida agenda conocida como “futuro del trabajo”, sobre la cual se construyen y proponen distintos abordajes y pronósticos. Un marco de fondo parece unir a todas las miradas sobre el fenómeno en cuestión: el trabajo humano será en general algo muy distinto a lo que ha logrado ser en el gran período de dignificación del siglo 20. La transformación se encuentra, en estas primeras décadas del siglo 21, en franca aceleración y las sociedades claman por estrategias de intervención audaces e inteligentes para llevarla hacia el mejor futuro posible para la Humanidad.

Si hacemos doble clic en la transformación que venimos relatando, la mayor atención sin dudas debe estar puesta en la creciente automatización de tareas en todas las industrias. Según el estudio que tratemos, entre el 9% y el 50% de las tareas humanas serán reemplazadas por tecnologías en los próximos años. Claramente, las máquinas trabajarán por nosotros en muchos procesos, especialmente en todo lo relacionado a administración y producción. Sabemos ya que no se trata sólo de las tareas más rutinarias, sino que tecnologías inteligentes también nos pedirán que les dejemos en sus manos tareas de mayor volumen cognitivo y creativo. Será una danza de acomodamiento constante, en la que habrá que apelar a nuestros mejores valores y capacidades para no quedar relegados a partes intrascendentes de la función.

Otros vectores se suman para dar forma a la transformación. La polarización del trabajo es real y representa una fuerte amenaza para la marcha de la transición hacia el futuro imaginado y posible. Quienes más competencias vinculadas a la economía del conocimiento y los mercados digitales tienen, mejores trabajos y crecientes remuneraciones consiguen. Quienes aún transitan en zonas de trabajos menos sofisticados, muchos de ellos bajo lo que en tiempos de pandemia han pasado a denominarse trabajos esenciales, y una diversa categoría de actividades informales e independientes, logran escasas mejoras de productividad e ingresos. Acompañando, una creciente diversidad de profesiones, oficios y emprendimientos que cabalgan sobre tendencias expansivas de los mercados y hacen gala de combinaciones virtuosas de habilidades relacionales y de negocios, se disparan en ingresos y penetran en el mundo de las rentabilidades. Las brechas entre unos y otros inexorablemente se amplifican.

Ocupan también espacios destacados en esta agenda de cambio las nuevas modalidades de ejercer trabajos. Hay un creciente desacople entre empleo y trabajos. Cada vez más personas tienen “trabajos” flexibles, temporales, contingentes. Y cada vez menos tienen un empleo asalariado a tiempo completo. Por otra parte, nuevas habilidades y roles comienzan a formar parte de los organigramas de las empresas, siendo menos determinantes los títulos y certificaciones que las habilidades concretas para acceder a los mismos.

Comunidades de “nómades digitales” se erigen en electores de ciudades del mundo con las mejores propuestas de valor para ganarse sus elecciones de residencia temporal. Algunos sectores de la economía encabezan destrucción de trabajos, como el bancario, por ejemplo, y otros explotan de nuevas oportunidades para las personas, como el sector de los cuidados y bienestar o el de seguridad informática o digital. Las habilidades que las personas podemos desarrollar se amplían y diversifican, todo avalado por hallazgos de neurociencias, ciencias de la educación y del comportamiento que convergen en demostrar nuestra plasticidad para el aprendizaje y el progreso. Nuevas taxonomías de habilidades emergen como verdaderos marcos de posibilidades aunque también como desafíos para que las personas puedan alcanzarlos bajo renovadas condiciones de accesibilidad y equidad.

Finalmente, hay en marcha una guerra por el talento. Y es global. Mientras las mayorías aún transitan trabajos de subsistencia, una porción minoritaria (pero cada vez más grande) recibe ofertas constantes de proyectos desafiantes y “marcas empleadoras” enriquecidas. El bienestar en el trabajo deja de ser algo residual y opcional para convertirse en factor de retención y competitividad de las empresas. Ya no se puede distinguir productividad de bienestar. Y mucho menos se podrá en el futuro inmediato.

Los escenarios posibles de futuro a los que puede llevarnos semejante aluvión transformador fluctúan entre los polos del tecno optimismo y el tecno pesimismo. Predominan las voces negativas, es cierto. El avance notable de los modelos generativos de inteligencia artificial en los últimos años, combinados con la robótica avanzada y otras tecnologías de propósito general, auguran pretensiones mucho más profundas sobre el total de las tareas que nuestros trabajos demandan (al menos los que hoy conocemos). Ni hablar si, como muchos expertos expresan, las máquinas concretan la amenaza implícita de autonomía frente al gobierno humano y se convierten en esa entidad más poderosa que el Homo Sapiens organizado en sociedades. Desde nuestro espacio en el Observatorio del Futuro de la Universidad Siglo 21, son cuatro los escenarios que vemos plausibles hacia adelante.

El primero es el de la distopía: millones de personas no lograrán reconvertirse. La creación de nuevos empleos será muy inferior a los destruídos. El trabajo independiente no logrará compensar la ecuación. La productividad tecnológica seguirá concentrando beneficios en unos pocos.

El segundo es su contracara, el de la utopía: las oportunidades de trabajos significativos y bien remunerados llegarán a las mayorías. Tecnologías resolverán lo rutinario y producirán para nosotros. Economía digital y emprendedora será masiva y democratizará posibilidades en todo el mundo. Globalización avanzará con reglas más equitativas entre países y regiones.

El tercero es el de la asimetría estructural que desemboca en sociedades duales: economía del conocimiento se amplificará y ofrecerá muchas oportunidades a las personas, pero no llegará a la escala que se espera para moldear las sociedades. Trabajos esenciales y de la base no lograrán saltos de productividad e ingresos esperados. Emprendimientos florecerán pero la mayoría fracasará antes de lograr sustentabilidad.

Y finalmente, el último escenario es el de cambio radical en lo que consideramos como trabajo: tal como lo conocemos, se hará irrelevante. Inteligencia artificial general y otras tecnologías producirán todo lo que necesitamos. Algunos Estados lograrán gestionar el proceso, otros no. Rentas universales y otros modelos de remuneración se tendrán que hacer masivos. El ocio será el nuevo patrón, el trabajo será opcional y esporádico.

Mucho para ampliar, seguramente. Pero un aporte, en definitiva, para visualizar futuros posibles y ayudar a líderes y organizaciones a construir caminos para el avance colectivo. Somos optimistas por evidencias, dado que siempre la Humanidad ha encontrado fórmulas para el progreso. Y también por convicción, dado que estamos convencidos de que la civilización no puede haber llegado hasta acá y fracasar en el intento de construir una nueva edad de oro para las personas soportada por tanta y tan buena tecnología.

Pero no desconocemos que lo que globalmente seamos capaces de hacer en esta década y la siguiente, será decisivo para el escenario que termine predominando. El trabajo humano no tiene límites predefinidos, es una falacia considerar que consiste en una carga fija que siempre se contrae frente al concurso de nuevas tecnologías. El trabajo humano cambia y evoluciona, asume la destrucción de tareas obsoletas y siempre termina dando forma a otras más enriquecidas. La creación de valor del mejor capitalismo y la regulación inteligente de los Estados pueden y deben ser aliados naturales para alcanzar esa posible utopía. En definitiva, lo que distingue al Homo Sapiens es la inagotable fuente de resiliencia e innovación y la capacidad de cooperación a gran escala para desarrollar soluciones.

Si los planetas se alinean, la transición acelerada que vivimos por estos años se logra gobernar vía líderes sensatos y priman esas destrezas colectivas que nos han traído hasta acá, quizás el escenario de la utopía pueda ser el mejor legado para nuestros hijos y nietos, haciendo realidad aquel postulado de Karl Marx en el siglo 19: “La sociedad ideal llegará cuando se produzca un salto del ‘reino de la necesidad’, que es trabajar solo para cubrir necesidades, al ‘reino de la libertad’, que es trabajar en lo que uno elige, se siente pleno y explota su talento.

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