
Corrían los primeros días de diciembre de 1990 cuando un levantamiento de un sector del Ejército amenazó una vez más con subvertir el orden constitucional. Hechos similares se habían repetido una y otra vez contra el gobierno del Presidente Raúl Alfonsín entre 1983 y 1989.
Pero la sublevación militar del 3 de diciembre de 1990 sería la última que tendría que enfrentar nuestro país. Porque frente a aquellos sucesos el gobierno de entonces, encabezado por el Presidente Carlos Menem, actuó con firmeza y decisión amenazando a derribar el edificio Libertador y obligando a los sediciosos a rendirse incondicionalmente en menos de 24 horas.
Sin perder la calma, el Presidente ordenó apenas fue informado de los hechos: “O se rinden o los bombardearemos. No negociaremos con los sediciosos”.
Los hechos se habían producido en especiales circunstancias. Porque dos días después se esperaba la llegada al país de nada menos que el Presidente de los Estados Unidos, George H. W. Bush, quien había emprendido una gira por varios países sudamericanos.
El arribo de Bush había corrido peligro. En medio de la conmoción por el intento de golpe de estado, las especulaciones corrieron de inmediato. El jefe de la Casa Blanca no podía arriesgarse a arribar a un país en medio de tal inestabilidad. Pero en un gesto que los argentinos no debemos olvidar, desde Brasil, Bush no dudó en afirmar que viajaría a Buenos Aires “con o sin sublevación”.
Una sofocada la intentona golpista, la Argentina recibiría la visita de Bush, cuya actitud de respaldo a nuestro país en un momento especialmente difícil no puede ser soslayada.
Creador de una dinastía política -hijo de un senador y padre de un presidente y de un gobernador que pudo serlo-, Bush padre fue un político consumado: representante (diputado), jefe de la CIA, embajador ante las Naciones Unidas y la República Popular China y ocho años vicepresidente de Ronald Reagan. La historia le reservaría el rol de liderar a su país y al mundo libre en medio de las enormes transformaciones que siguieron al fin de la Guerra Fría.
Desafiando los consejos de algunos asesores, Bush había decidido dar un enorme respaldo a la Argentina. Efectivamente, el presidente de los Estados Unidos llegó al país el día 5. Se trataba de la tercera ocasión en que un presidente norteamericano visitaba Buenos Aires: Franklin D. Roosevelt lo había hecho en 1936 y Dwight Eisenhower, en 1960.
Pero nada hubiera sido posible sin la firme y decidida actuación de quien era entonces presidente de los argentinos. Porque ante la sublevación del 3 de diciembre, la irreductible actitud de Menem resguardó el orden legal y consolidó definitivamente la democracia inaugurada siete años antes por su antecesor.

El Presidente había actuado decididamente. Demostrando grandes condiciones de estadista que se manifestarían especialmente frente a circunstancias complejas. En su obra “Conversaciones con Carlos Menem”(1993), el periodista Mario Baizán reseñó algunas reflexiones que el presidente hizo tiempo después: “Teníamos que resolver un gravísimo problema político que se manifestaba en el campo del desafío militar, y por lo tanto no cabía más que una respuesta bélica, lo suficientemente contundente como para acabar definitivamente con el problema”.
Menem recordó: “Viví los acontecimientos del 3 de diciembre como un desafío al poder del Estado Nacional, y me juramenté resolverlo en los términos que la gravedad de la situación requería. Esto es con la mayor contundencia y en el menor tiempo posible. Bastante había sido deteriorado el sistema democrático con aquellas ‘Felices Pascuas’ del 87 y con todas las negociaciones espurias con los rebeldes que se fueron sucediendo luego de cada alzamiento, y que solamente habían logrado mantener el problema sin resolver, latente, y cada vez más peligroso”.
Es en éstos momentos aciagos, cuando frente a la levedad de quienes ocupan pero no ejercen el poder constitucional otorgado por la voluntad popular, cuando adquiere relieve el imperativo de evocar aquel momento decisivo de nuestra historia reciente.
La actitud del entonces Jefe de Estado aquel 3 de diciembre de 1990 encierra una lección de conducción política de dimensión histórica. La que establece cómo el coraje, la templanza y la firmeza son elementos fundamentales para el ejercicio del poder político de quien se encuentra al frente de la Presidencia de la Nación.
Porque no es exagerado afirmar que fue en aquella jornada cuando la democracia argentina quedó definitivamente consolidada.
*El autor es especialista en relaciones internacionales. Fue embajador en Israel y Costa Rica.
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