
Los dramáticos acontecimientos en Villa Mascardi son la fiebre que muestra la existencia de una grave infección, de un tumor enquistado, en una de las partes más bellas y más ricas de nuestra Argentina. Se trata de un proyecto de secesión: la República de Wallmapu.
Un grupo, que afirma estar conformado por descendientes de pueblos originarios, por medio de una violencia creciente, con evidente adiestramiento y armas, desconociendo la autoridad nacional y provincial, con bandera e himno propio, está intentando expulsar de sus casas a legítimos propietarios.
Cómo Putin hizo con los inventos de Repúblicas como Donetsk y Lugansk, primero las ocupan, después inventan referéndum y finalmente se la roban. También Gran Bretaña intenta legitimar su usurpación de Malvinas esgrimiendo” los derechos” de quienes allí implantó por la fuerza.
No podemos asegurar que interés extranjero se esconde detrás de los pseudo mapuches. Está claro que hay complicidades en sectores del Gobierno Nacional, abogados bien pagados y canales de difusión en Europa y América Latina, que difunden la novela de los pueblos” originarios”.

Las hipótesis de conflicto militares, en las próximas décadas, señalan como objetivos en disputa: el agua, el gas, los alimentos y el litio.
Las migraciones masivas constituyen otra problemática, que obsesiona a los estrategas de las grandes potencias.
Argentina tiene todas las riquezas naturales citadas, poca densidad poblacional, una débil estructura militar, carece de alianzas estratégicas y parece negarse a la urgente necesidad de extirpar el tumor que crece, en ese sur, que parece tan lejano.
El drama de nuestros hermanos de Villa Mascardi, y muchas otras partes de la zona que se pretende usurpar, no debiera ser una preocupación coyuntural iluminada por los reflectores de la televisión, ante la acertada acción de las fuerzas de seguridad.
Porque el problema debe ser encarado por los tres poderes de nuestro Estado, por las fuerzas políticas que hoy gobiernan y las que lo pueden hacer en el futuro, como una amenaza real y concreta a nuestra integridad territorial.
De lo contrario, así como hoy padecen las familias víctimas de los violentos pseudo mapuches, nuestros descendientes llorarán las consecuencias de la desidia de esta generación.
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