
El odio es un sentimiento más humano que el amor. Solamente la especie humana es capaz de odiar. Muchas veces, sin embargo, se ha considerado que el odio es el sentimiento contrario al amor. Lo cierto es que el odio es una respuesta de la razón no del corazón. Se forma por un sentimiento de impotencia a la resolución de un problema racional.
El odiador percibe para sí que la eliminación de la causa aliviaría sus problemas y traería sosiego a su necesidad intrínseca de paz y bienestar. La experiencia ha demostrado que el odiador nunca está satisfizo y siempre necesitará alimentar su perversión. Ciertamente, los incitadores de odio saben de apetencia descontrolada del ser habido por odiar.
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Ello no lo hacen infundadamente, por el contrario, sus objetivos están muy claros y no son otros que la eliminación de los valores que el otro promueve. Cuando los justicialistas decimos que el amor vence al odio y que nadie se realiza en una comunidad que no se realiza, plantamos una bandera antagónica contra el statu quo, contra los que se piensan con derechos naturales a gozar de prerrogativas por los demás, a quienes se piensan que solamente ellos pueden disfrutar de los placeres de la vida. ¿Le hicieron creer al empleado medio que podía comprarse plasmas y viajar al exterior?
Está claro que nadie puede odiar profundamente a otro por las banderas revindicadas por la doctrina justicialista es, entonces, que debe degradarse moralmente al adversario y fabular las más burdas e insostenibles imputaciones. Sin ir muy lejos en el tiempo, desde las más altas esferas del Poder Judicial se inventó el homicidio de un fiscal de la Nación. Se acusó a las autoridades democráticas de encubrir el más atroz de los atentados sufridos por la República. Se sindicó a un candidato a gobernador de ser el autor de un triple crimen vinculado al narcotráfico.
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Se quemaron deliberadamente cunas maternales. Se atribuyeron cuentas bancarias en el extranjero que resultaron inexistentes. Aún más se acusó a la líder del movimiento de apropiarse de un monto proporcional al producto bruto interno, cuando lo cierto es que los enemigos más poderosos del mundo y toda su parafernalia no pudieron encontrar nada, porque la omnipotencia es divina y no puede inventarse un hecho inexistente.
En el derecho penal se pregunta cuál es la causa de un hecho para atribuir responsabilidad. Pareciera existir consenso en que entre todas las razones que confluyen a un hecho con relevancia penal, solamente debe tomarse aquella que, de ordinario, es causa adecuada para producirlo. Sin embargo, desde el plano moral, quien no se ha sentido responsable por haber contribuido a un hecho, aunque su participación no fuera la directamente causante del daño. Es lo que, en este momento, deberían estar cuestionándose todos aquellos que vienen contribuyendo maliciosamente a la degradación del adversario político por medio de la burda difamación.
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