Un atentado nos conmovió, las agresiones verbales venían formando parte del lenguaje cotidiano, la violencia física se había refugiado en el delito y abandonado la política. Fue una rareza, más explicable desde la demencia que como conspiración. Hubo una foto donde están todos juntos, sólo una foto para la esperanza y luego todo volvió a la mediocridad cotidiana, cada quien ocupó su trinchera en la guerra del sinsentido. Feriado y movilización, nadie convocó al esfuerzo y a la madurez, al encuentro tan soñado y al futuro que perdimos o nos robaron, un poco de cada lado. Triste reiteración de un libreto patético en el que estamos encerrados hace tiempo.
La reflexión no abunda en nuestros días, sobran los dogmas y existen algunas pertenencias casi religiosas en una sociedad que perdió el valor de lo sagrado. En un encuentro con un amigo empresario, de los grandes, de los que la vieron venir, reconocimos esa marea donde todo se vendía y se compraba hecho y afuera, donde alguien nos convenció que daba lo mismo fabricar que importar. Fueron los vientos de un consenso lejano, de esos acuerdos de los poderosos que definen la vida de los débiles y que cada quien resiste como puede. A veces cuesta entender, recordar y ponerse en esos tiempos que vivimos, asumir lo complicado de explicarle a un joven la violencia de los setenta o la destrucción de la sociedad del último golpe. Difícil de transmitir, en especial para quienes lo vivimos y lo sufrimos, nos tensionó aquel tiempo y a muchos, demasiados, los arrastró en su avanzada. De pronto en los setenta ser de izquierda era asumir la violencia que incluía a la guerrilla con sus organizaciones y sus mitos. Tenían con ellos una gran cantidad de estudiantes universitarios y una mayoría de clase media, así pudieron imponer una masa de violentos que en su confrontación con una permanente cultura dominante represiva y poco democrática, elevó a millares el número de los desaparecidos. Los que mataban desde el Estado tenían sus impulsores civiles, algunos medios conducían la masacre desde sus editoriales. De esto se habló poco y nada, se conformaron con perseguir represores militares, de paso destruían las fuerzas armadas participando del proceso de disolución de la patria.
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Los derechos humanos nacieron como una propuesta enriquecedora de la conciencia colectiva y terminaron siendo parte de una parcialidad política que sólo los utilizó para su beneficio al precio de su desprestigio institucional. Perversa coincidencia con aquellos que vendrían a destruir la industria, el desarrollo productivo que habíamos alcanzado que nos permitía primero, dar trabajo y luego generar divisas. La izquierda se ocupó de convocar al caos, con el invento de los mapuches, la política de género y demás decisiones de la modernidad progresista, mientras la derecha impulsa las privatizaciones sin sentido entregando a manos privadas los frutos del esfuerzo de generaciones. Brasil otorgaba créditos para adquirir empresas argentinas, España hacía otro tanto, las naciones se ocupaban de participar del remate de la heredad de un pueblo al que habían convencido que el caos y la indefensión lo llevarían a un final exitoso. Así las cosas fuimos tomando conciencia de que sólo crecían la deuda y la pobreza. La izquierda y la derecha habían dejado de ser nacionales. Lula y Bolsonaro son dos expresiones del patriotismo del país hermano, la burguesía paulista defiende como pocos su poderío productivo. En Bolivia también se aplicó una visión nacional como en Uruguay y se debate su vigencia en Chile.
Nosotros hemos destruido hasta el ferrocarril, duele en el alma recorrer la agonía de pueblos abandonados por sus vías, una demencia que no tuvo imitadores en otras sociedades. Que alguien construya una ruta e instale un peaje para recuperar su inversión y su ganancia es capitalismo, ponerle un peaje a una ruta construida por el Estado es saqueo. Muchos estamos convencidos que con esta absurda concentración de la riqueza el capitalismo se deglute a sí mismo. No vivimos una crisis coyuntural, habitamos una sociedad que permite la salida de mayores riquezas que las que genera, y necesita endeudarse para satisfacer las urgencias de “inversores” más inventados que reales. El Gobierno protege un conjunto de intereses y la oposición cuida otros mientras que a la sociedad no la defiende nadie. Brasil tiene dos opciones patrióticas, Uruguay lo mismo, nosotros ninguna. Así no hay salida, no existen ni patriotismo, ni proyecto ni conducción, tres definiciones que necesitamos recuperar para que la política, la de verdad, la que defiende al conjunto de la sociedad, vuelva a imponerse. Por ahora no tiene candidatos. Y el atentado convoca a unirnos frente a la adversidad, no a profundizar nuestras absurdas diferencias.
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