
El adoctrinamiento en la Argentina no es algo reciente ni se trata de casos aislados; de hecho, los ejemplos abundan a lo largo de nuestra historia. El sistema educativo está totalmente politizado y desactualizado, y tanto alumnos como docentes son rehenes de esta situación.
La construcción sesgada de nuevas realidades o, dicho de otra forma, la mentira que decora el relato kirchnerista, es lenguaje corriente en los Institutos que hoy forman a nuestros docentes. Cada aspirante a convertirse en quien acompañará el desarrollo de nuestros hijos en el aula se somete, a veces sin darse cuenta, a un verdadero “hackeo” de su cerebro.
Cualquiera que le dedique unos minutos de su tiempo a recorrer las páginas web de dichas instituciones, rápidamente se dará cuenta de que implantan en los futuros docentes visiones parciales y fanatizadas de la historia, con escaso espacio para desarrollar pensamiento crítico o fundamentos científicos. Es por esto que resulta cuanto menos llamativo, que cada vez que una gestión quiso tomar alguna medida para mejorar esta problemática, jamás se abordó el tema de raíz: los centros educativos donde hoy se forman nuestros docentes.
Al revisar sus programas de estudio, actividades o publicaciones, emprendo un viaje violento a temáticas totalmente desconectadas de las necesidades de nuestros chicos. Afirmaciones tales como que la modernidad es “un proyecto de dominación capitalista y colonial tendiente a formar un sujeto consumidor, adquisitivo y competidor” y que tiende a “reproducir diferencias socioeconómicas, disciplinar fuerzas sociales y a valorar las formas epistémicas y culturales de las regiones centrales por sobre aquellas de los contextos colonizados”, abundan.
En lugar de visualizar el futuro, se escudan en el pasado. Bajo esta mirada, el progreso representa una amenaza que debe impedirse a toda costa. ¡Qué paradoja! Estamos formando docentes con miedo al futuro, que, al enseñar, le transmitirán ese temor a nuestros chicos.
Como si esto fuera poco, hay otro aspecto en el que estos establecimientos alejados de la realidad corren con desventaja: la falta de incorporación de tecnologías del aprendizaje. Los avances tecnológicos se originan cada vez más rápido y nuestra educación corre detrás. Los nativos digitales nacieron con la tecnología “bajo el brazo” y, con ella, toda la información del mundo al alcance de pocos clicks. Y, aunque Internet puede ser un gran aliado en la formación y el desarrollo de los niños, también puede ser una gran amenaza si no se utiliza con prudencia.
En este contexto, los alumnos van a necesitar a los docentes. Incluso más que antes. Pero no principalmente como transmisores de información, que como dijimos, es de fácil acceso para cualquiera. Los métodos de enseñanza deberían dejar de lado la memorización de datos y saberes para enseñar a los chicos a distinguir entre lo que es relevante y verdadero, y lo que no. Y enfocarse en el desarrollo de aptitudes tales como la resiliencia, el pensamiento crítico, el dinamismo, la adaptabilidad y la comunicación. Estas habilidades les van a servir como guía básica de supervivencia y progreso para el futuro que, como suele decirse, llegó hace rato.
Las últimas décadas nos han demostrado, una y otra vez, que por más parches que le pongamos al sistema, incorporando alguna computadora, tablet o proyector en las clases, la estructura educativa continúa derrumbándose. Y, si no comenzamos ya mismo un proceso verdaderamente revolucionario, si no construimos un nuevo ambiente que jerarquice la formación del docente como un verdadero profesional de la Educación, no lograremos un sistema educativo realmente inclusivo y mucho menos que se proyecte hacia un mundo en constante cambio.
Por supuesto que esto requiere de una gran voluntad y del interés de la clase política. Mientras eso no ocurra, seguiremos condenando a las próximas generaciones a la pobreza, cada vez con menos posibilidad de retorno.
Resulta imperante, entonces, que nos preguntemos: ¿Qué enseñamos a quienes enseñan?
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