
Lejos de las fantasías sobre la Argentina potencia que acariciaron nuestras élites ilustradas hasta avanzada la primera mitad del siglo XX, la realidad de hoy es de una crisis económica sin fin. En las últimas cinco décadas perdimos el tren no ya del mundo desarrollado, sino del más modesto ritmo de América latina. Entre los países de la región somos el que menos creció y en el que más aumentó la pobreza. Y lo que es peor, no le encontramos la vuelta, sumidos en la crisis política, la inflación y el estancamiento. Sin embargo, una idea sigue intacta: la del inmenso potencial argentino.
El potencial argentino es una vaga idea de riquezas gigantescas apenas aprovechadas. Tenemos una de las reservas de petróleo y gas no convencionales más grandes del mundo. Tenemos la pampa húmeda que podría alimentar a 400 millones de personas. Tenemos en el acuífero guaraní una de las reservas de agua dulce más grandes. Tenemos en la cordillera una de las principales reservas de litio del mundo, miles de kilómetros de litoral marítimo y plataforma continental, formidables recursos pesqueros, un tremendo potencial hídrico, y una grandiosa y variada geografía plena de atracciones turísticas, etc.
En conjunto, el potencial argentino es una promesa implícita de un futuro mejor. Es una fantasía, en el sentido de una idea imaginaria construida con elementos de la realidad; pero que no se realiza, y funciona en cambio como pensamiento autocomplaciente, halagador, reparador, una especie de consolación. Nos va mal, pero tenemos ahí intacto nuestro potencial. ¿Por cuánto tiempo?
Miremos un ejemplo clásico. Hacia 1850 el descubrimiento del caucho hizo que la Amazonia pasara de considerarse una selva impenetrable e improductiva, a un activo valiosísimo. Entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, la región se ubicó entre las más prósperas del mundo. Manaos tuvo tranvía eléctrico antes que Nueva York o Boston, se construyeron los hoteles y teatros más lujosos, y se concentraron y gastaron las fortunas más ostentosas de la época. Manaos llegó a ser la capital mundial del comercio de diamantes. Casi toda la goma del mundo venía de ahí; el caucho significaba el 40% de las exportaciones brasileñas. Pero duró poco. Primero se llevó la planta hacia otras latitudes, Malasia y África, que empezaron a producir con más eficiencia y productividad. Luego el desarrollo de la producción industrial en gran escala del caucho sintético durante la segunda guerra mundial terminó de sentenciar al Amazonas. La economía del caucho se hundió dejando la ruina donde poco antes había opulencia, para nunca recuperarse, y quedar registrada como un episodio trágico de la historia económica y social de América latina.
¿Qué es el potencial si no se realiza? Nada más que una fantasía, porque el potencial refiere a los patrones tecnológicos, de producción y consumo de cada época. El petróleo fue irrelevante hasta el siglo XX, como el litio lo fue hasta hace pocas décadas. Del mismo modo en pocas décadas tanto el petróleo cuanto el litio pueden dejar de ser importantes, frente a nuevas fuentes o formas de energía. La tierra en grandes extensiones o el agua en grandes cantidades parecían ser condición de la producción de alimentos; hoy ya no es así y puede que en pocas décadas este cambio se profundice. Lo que hoy aparece como un gran potencial puede rápidamente pasar al terreno de las fantasías irrealizadas.
La realización del potencial –la movilización de los recursos hacia los circuitos de producción y consumo– depende de la inversión, esto es la definición clara de la intención de emprender las cosas, y la aplicación concreta de capital a la explotación de los recursos. El capital involucra por supuesto tecnologías, equipos, logística, organización, talento y recursos humanos, pero sobre todo condiciones competitivas, en un mundo que no cesa de transformarse y cambiar.
Los argentinos hemos construido en las últimas décadas un verdadero sistema de desincentivos a la empresa, la inversión, la producción y la innovación, acorralando al sector privado, con un sistema tributario perverso que castiga la actividad, una maraña de regulaciones que resta dinamismo y vitalidad a toda la economía, y un sistema de subsidios que premia a los sectores menos productivos y alienta el consumo sin contrapartida productiva. Sin salir de esta trampa, no hay posibilidad de convocar al capital, aplicarlo, explotar los recursos y realizar nuestro mentado potencial.
Necesitamos una política económica que se oriente a la inversión, la capitalización, la elevación de la productividad y, sobre todo, el aprovechamiento de esos recursos potenciales, porque no serán importantes por siempre. Necesitamos crédito para proyectos de inversión y capital de trabajo, beneficios fiscales, desregulación e incentivos de todo tipo a la inversión productiva. Necesitamos una estructura tributaria y niveles de impuestos razonables, con incentivos a la inversión. Impuestos más bajos y simples que permitan reducir la evasión y la informalidad. Necesitamos un mercado de capitales que estimule el ahorro y lo conduzca a la inversión. Necesitamos infraestructura, logística, servicios de calidad, y capital humano aplicado a la producción.
El potencial argentino, lejos de ser un consuelo, es un desafío; es una oportunidad, pero con fecha de vencimiento. Empecemos a realizarlo, con inteligencia, determinación, imaginación, y apuro.
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