
Sincretismo es una palabra que podría reflejar una evolución en nuestras vidas y lejos está de insinuarse. Hay dos miradas, dos concepciones o cosmovisiones que hoy no se fusionan sino que nos enfrentan y lastiman, que se hieren en lo cotidiano sin un asomo de superación. La decadencia económica aun siendo grave no alcanza el nivel de daño espiritual, es superada por una caída en el pensamiento y en la reflexión que la derrota ampliamente. Nuestros espíritus están hoy mucho más pobres que nuestros bolsillos. No hay generación de ideas, asusta intentarlo, las monsergas discursivas no pueden romper sus esquemas, se repiten en espejo y se degradan en paralelo. No hay proyecto futuro sin que imagine y proponga la eliminación del enemigo, que no logró transformar en adversario; muy triste para una realidad que no tiene destino sin integrarse con ese denostado otro. Rompimos con el pasado, lo devaluamos como memoria, es una manera de asumir que no logramos llegarle a la altura del talón. Utilizamos sólo los nombres, liberalismo, radicalismo, peronismo y sabemos que todos ellos fueron respetables en su accionar del ayer tanto como sus herederos los traicionaron y desvirtuaron en el hoy. No somos nada, ningún pasado es recuperado con la dignidad que merece.
El sincretismo por ahora no es el término valido, mostraría diferencias que finalmente se integran; vivimos lo contrario, una sociedad con una vocación de fractura que pareciera no poder detener su marcha. Los guerreros no soportarían el espejo que los disuelve y a la vez los muestra iguales, ahí no pueden mirarse por el terror a encontrarse con el otro, el gemelo, el enemigo portador del mal, siempre dejando en claro que el bien son ellos. A quienes no somos parte de ningún bando nos resulta fácil ver la simbiosis en que habitan. “No los une el amor sino el espanto” hubiera dicho Borges, “rencor, tengo miedo de que seas amor”, diría Gardel. Recuerdos que marcan, con la caída de Perón los gorilas repetían como loros, “muerto el perro se acabó la rabia”, me inicié en el peronismo seducido por la consigna ¡Somos la rabia!
Eran tiempos de dictadura, ahora deberíamos desplegar pensamientos dignos del respeto del otro, claro que para eso uno necesita estar seguro de su postura, la inseguridad nos vuelve agresivos y nos instala en la conducta defensiva. En rigor nos divide una concepción cultural, una visión de la vida que es la esencia de nuestras diferencias. Debates densos sobre el colonizador y el colonizado, hay un mundo donde el dinero habla del ciudadano universal mientras que en Ucrania un pueblo da la vida por defender su identidad. Sólo el patriotismo puede unificar, las ideologías son pasajeras, lo eterno está en la patria. Nos cuesta compartir hasta la historia en común, vale la pena recordar que cuando hablan de grandezas pasadas, casualmente, era sobre las espaldas de un pueblo oprimido. Según ellos el Martin Fierro lo escribieron los marcianos. Grandeza de pocos con miseria de muchos, una manera de pensar el mundo. Una señora en la marcha del 9J expresaba la necesidad de imponer “el voto calificado”. En el universo democrático escucharla es una vergüenza. Otros –varios- miembros de la academia de la historia deformada opinaban que el “populismo” se inició con Irigoyen. Por casualidad les molesta la democracia, la degradan al mencionarla, porque para ellos la vida es para hacer negocios y los pobres molestan, no entienden. La realidad nos duele a todos, qué aporte hizo cada quién a este fracaso carece de respuesta, “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”.
Mi madre, obrera de la Bayer, luego costurera, decía que antes de Perón eran como esclavos, no le gustaba que luego, según ella, hubiera excesos. Hoy dichos excesos lastiman en ese absurdo de los que piden trabajo sin disposición de asumirlo, sin siquiera imaginar el esfuerzo que implica la permanencia y la responsabilidad. Lo que era coyuntural se volvió permanente y en lugar de ayudar terminó haciendo daño. Recuperar el valor y la necesidad del esfuerzo, del trabajo como único derecho al salario debe ser un objetivo de todas las opiniones políticas. Buena parte del PRO repite las consignas de los golpes de Estado que tanto mal nos hicieron, del otro lado, demasiados utilizan los derechos humanos para reivindicar una violencia guerrillera que nadie puede ni debe justificar. Toda derecha nefasta requiere de una izquierda ridícula, estamos completos para el sinsentido, el desafío obliga a una síntesis superadora.
Este gobierno nos conduce al fracaso, si triunfa el PRO estaremos al borde de la guerra civil. La teoría del ajuste perpetuo para facilitar la fuga de capitales no puede durar demasiado, la imagen del ex ministro Dujovne expresando que lo único bueno del gobierno saliente era la falta de endeudamiento, el nefasto y oscuro personaje se ocupó con éxito en corregir ese mal, generan asco. Los sindicalistas, enriquecidos administradores de la salud, ya ascendieron de clase y observan cómo las calles se llenan de pobres afiliados a lugares desconocidos, al menos para ellos que habitan los barrios privados de los amantes del golf y la equitación, de los vencedores. Los elegantes insisten en democratizar Formosa, hace unos años participé de esas guerras, me sirvió para tomar conciencia de que ser “gorila” es sentirse superior y que la democracia obliga a comprender y respetar, no a dar cátedra para explicarles que somos mejores, si no nos votan es porque no lo somos. El voto no se altera por ser empleado público o por carencia de nivel o formación intelectual, hay una pertenencia a la clase social que a veces lleva a no comprender que el otro piensa distinto. Los formoseños esperan que surja de ellos, entre ellos, un sucesor de Insfrán, al que por ahora siguen votando. Y deberían entender aquellos que suelen perder las elecciones que los votos no se ganan en los medios de la Capital sino aceptando que los humildes suelen pensar distinto.
Las diferencias vienen de lejos y son profundas, por negarlas hemos caído en una sociedad inviable, en un callejón sin salida. El Gobierno es lamentable, indefendible, todo está a la vista, claro que la oposición no asume su lugar de alternativa superadora. Fracaso sin autocrítica implica repetición. Imaginar que el enemigo termine preso puede resolver algunos odios pero en nada sirve para el destino colectivo. Las sociedades se piensan desde la política, no desde los negocios o ese sustituto que solemos llamar economía. Economistas sobran, políticos faltan, de los buenos, de los que no se venden ni cambian de clase. También sobran fanáticos irreductibles, dueños de verdades que no existen, que sólo implican la derrota del otro.
Necesitamos políticos, de aquellos que logren superar los conflictos y generar una síntesis, que sueñen trascender, pero para eso el espíritu debe imponerse sobre la codicia. Una cuota de idealismo y aprecio por la estética aportada por la cultura sería un regalo en medio de tantos porcentajes de inflación y valor de la moneda. Lo más devaluado hoy es la palabra expresando ideas o sentimientos y lo más difícil de encontrar es la esperanza, casualmente aporte que debe hacer la política y para eso no hay sustitutos, ni asesores ni encuestadores, ni economistas ni eso que denominan “coaching”. El arte en todas sus expresiones es un don, un premio que hoy no tiene presencia en el nuboso cielo de nuestra realidad. Esperemos que vuelva la política a terminar con los fanatismos, esos que solo sirven para debilitar la democracia.
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