
El grado de impericia del Gobierno es algo difícil de interpretar. Lejos quedaron las promesas electorales del año 2019: las legendarias frases tales como la “heladera llena”, la “parrilla encendida” y el aumento a los jubilados “con los intereses de las Leliqs” parecen pequeñas tonteras cuando uno las compara con el descomunal descalabro que el gobierno ha generado en estos 31 meses de gobierno.
En un comienzo la pandemia les sirvió de excusa para implementar una de las cuarentenas obligatorias más largas del mundo, la que fue acompañada por un nivel de emisión monetaria jamás visto (el cuál hoy estamos pagando con niveles de inflación absolutamente inéditos). Más grave que las medidas –que incluyeron también el cese total de las clases presenciales en los colegios de todo el país– fueron sin dudas las palabras del oficialismo minimizando las consecuencias de tamañas barbaridades.
El Gobierno se esmeró en explicarnos que la emisión no generaría inflación, que el cierre de las escuelas no impactaría en el nivel educativo y que la cuarentena no perjudicaría económicamente a nadie: no explicaron que el Estado estaría presente (una vez más) con los subsidios que hicieran falta para evitar el colapso. Nada de esto ocurrió: cientos de miles de chicos jamás volvieron a las escuelas, el nivel educativo se destruyó (a pesar que recién ahora se están comenzando a conocer las primeras consecuencias de aquel delirio educativo) y miles de empleos de calidad, comercios y pymes quedaron en el camino de las buenas intenciones. El Gobierno nunca entendió lo más elemental: la riqueza no se imprime y la educación no puede detenerse.
Se ha perdido más tiempo en responsabilizar de todas las consecuencias de su propia inutilidad a Mauricio Macri, a la pandemia y a la guerra entre Rusia y Ucrania que en entender que los problemas de Argentina son nuestros y de nadie más, siendo el propio Presidente Alberto Fernández uno de los principales responsables de la decadencia actual.
Los dólares libres se dispararon a medida que pasaron los meses multiplicándose su valor más de cuatro veces: mientras el Presidente asumió con un dólar en torno a los $65, hoy el mismo se consigue en los mercados libres legales a 296 pesos. Lo mismo ocurrió con prácticamente cada una de las variables económicas que se vieron degradadas brutalmente en cada paso en falso que las decisiones oficiales daban.
No entendieron jamás el problema de la brecha cambiaria: se concentraron simplemente en cuestionar a los “especuladores” quiénes eran aquellos que hacían supuestos suculentos negocios con las cotizaciones que se alejaban del valor oficial que impone el BCRA. Lo cierto es que los exportadores lentamente dejaron de tener incentivos para exportar y los importadores percibiendo un dólar “barato” ampliaron sus deseos de conseguir dólares oficiales para comprar mercadería en el exterior. Todo resulta muy elemental, aunque al parecer la escasa complejidad fue suficiente para desorientar al gobierno quién siguió sin entender hasta hoy la importancia que tienen las distorsiones en las decisiones económicas.
Esto se adiciona a la impericia que la ideología kirchnerista ha mostrado por prácticamente dos décadas en materia energética (donde lograron destruir el superávit energético que ostentaba la Argentina hace apenas algo más de 15 años atrás para tener que depender de la importación de energía) lo que dio por resultado que los dólares disponibles para la importación se hayan agotado. La solución que propuso el gobierno es sencillamente surrealista: limitó las importaciones a la nada misma. No parece creíble que el Gobierno no sepa que el 87% de lo que se importa resulta necesario para que la economía funcione (es más, buena parte de lo importado corresponde a su propia estupidez: el 20% de las importaciones responden a la energía).
La flamante Ministra de Economía, Silvina Batakis, dice que los que viajan al exterior perjudican la generación de empleo: el comentario no amerita el menor análisis.
Hoy las medidas suenan insultantes para la inteligencia de los argentinos: prohibieron las compras en cuotas en los freeshops locales. La locura es total.
La desesperanza es total: la economía está virtualmente frenada, el tipo de cambio bate récords cada día y la inflación está en niveles hiperinflacionarios, mientras el gobierno sigue sin ninguna reacción, simplemente viendo como todo se cae a pedazos.
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