
A diferencia de lo que ocurre en otras partes del mundo, la inestable Iberoamérica, goza de un moderado pluralismo democrático (excepto Cuba, Nicaragua y Venezuela), pero la orientación de sus gobiernos cambia demasiado frecuentemente y en algunos casos en forma poco predecible. Es una zona bastante neutral del mundo; los conflictos geopolíticos globales, por suerte y por ahora, sólo se manifiestan como disputas comerciales y financieras. Sin embargo, el actual desorden mundial y la poca consistencia de los gobiernos locales, trae aparejado una gran incertidumbre, un permanente avance de la inseguridad ciudadana, del crimen organizado, del narcotráfico, del lavado y de una corrupción generalizada.
En relación a las recientes elecciones en Colombia, Gustavo Petro, al igual que antes Lula, representó la clásica oposición de izquierda a los establishment tradicionales latinoamericanos, pero a diferencia de éste, Petro no hizo alianzas con otros sectores y sacó un 40%. Lula y aquí CFK, igualmente ideologizados, necesitaron hacer alianzas con sectores más moderados para lograr las mayorías electorales que le permitieron acceder al gobierno; no así al poder, ya que estas maniobras coyunturales tampoco les alcanza para imponer sus propuestas políticas. Todos terminan finalmente administrando las crisis estructurales de sus respectivos países, de poco o mediano desarrollo. En la última década se observa una ola electoral antigubernamental; casi siempre pierde el oficialismo de turno, independiente de su filiación política; indicando que ningún modelo ideológico puro o aislado está en condiciones de resolver los problemas populares y los estructurales del subdesarrollo. Otra tendencia que iguala a muchos países, es la aparición de candidatos, estilo outsiders antisistema, que se expresan por fuera de los partidos tradicionales, los cuales están en franco retroceso. También la zona se va caracterizando por la existencia de grandes antinomias (grietas), algunas personalistas, otras con raíces en el pasado (antiperonismo, antifujimorismo, anticomunismo). Otra tendencia es lo deletéreo y efímero de los éxitos electorales, manifestando la poca paciencia de la población a sus demandas sociales, exasperada por los múltiples problemas cotidianos, el aumento de las diferencias sociales, la falta de oportunidades y la disminución de la esperanza (particularmente en los jóvenes) frente a los desafíos de un mundo volátil, inseguro, complejo y ambiguo. Todas esas frustraciones han provocado estallidos sociales en Chile, Perú, Brasil, Argentina, Bolivia, Ecuador, Colombia; algunas de mayor nivel de violencia, otras más contenidas por la acción social y política. Sin embargo, pareciera que esta tendencia vino para quedarse, estableciéndose una cierta “nueva normalidad” de efervescencia sine die, difícil de romper. Conclusión: la política y la gobernabilidad se han vuelto crecientemente inestables e impredecibles.
Pese a haber experimentado diferentes enfoques políticos, en varios países se mantiene una pobreza estructural desde hace siglos (Colombia, Chile, Ecuador, Bolivia, Perú); en otros hubo vaivenes de mejoras y decaídas (Brasil) y en otros, con fuerte clase media, se registra una caída promedio durante décadas (Argentina). No todas han tenido déficit fiscal permanente, ni altas inflaciones, ni todas han aplicado enormes recursos a las demandas sociales. Sin embargo, el creciente malestar es común en todas ellas y no se vislumbran esquemas socio-económicos o ideológicos apropiados que puedan contenerlas. Pese al aumento de los precios de las commodities, cuya exportación es su principal fuente económica, no crece la importancia estratégica global de Iberoamérica, y el desarrollo estructural de la región está aún en tiempo de espera.
Reiteradamente la democracia vuelve a ser cuestionada como mecanismo de equidad ciudadana o de justicia social, y se renuevan los debates entre extremos ideológicos, que nada solucionan. Diríamos que “el prolongado fracaso de la política se expresa como un aumento continuo de la inseguridad y la desigualdad”. Pese a la enorme ventaja de la homogeneidad cultural e idiomática, la falta de proyectos sugestivos de vida en común, que, según Ortega y Gasset, son el fundamento histórico de toda nación bien constituida, prolonga este statu quo de molestas indefiniciones. Problemas históricos y acciones externas favorables al divisionismo interno (entre ellos, el indigenismo fomentado desde Londres), impiden hasta ahora, que nuestros países, con enorme potencial, no logren armonizarse, ni internamente, ni externamente con sus países hermanos, para darle otro rumbo a sus vidas. Me recuerda los siglos de fraccionamiento interno en la India ocupada por el Imperio Británico (la joya de la corona británica), que, con muy pocas fuerzas militares en sitio, lograba mantener divididos a los múltiples reinos internos; hasta que por fin India logró unirse y hoy es una gran nación.
Otro factor que influye sobre la realidad es la disparidad del avance tecnológico en la zona, lo cual, de mantenerse, sería trágico, pues mantendría a la región, excesivamente dependiente de los poderes externos. Sería necesario un giro importante del paradigma de la construcción de poder interno en este campo de la disputa global; poder interno que sólo podría dar un salto importante si hubiese sinergia colaborativa entre varias naciones del hemisferio, más que de competencia entre las mismas. Seguir siendo exclusivamente consumidores y no productores de alta tecnología, implicará, quedar encerrados en la disputa EEUU-China, perdiendo aún mayores grados de libertad. Habría que sumarle los problemas internos derivados de una transferencia desigual entre los habitantes, que incrementaría la brecha económica entre ricos y pobres, y peor aún, la del conocimiento, con efectos aún más negativos en el largo plazo. Un pueblo educado, capacitado e informado realmente, genera menos polarización y abre la mente para los necesarios debates que mejoren el nivel de la política y del sistema democrático. También permite estar alerta contra la desinformación de los algoritmos de las plataformas informáticas de las grandes potencias; en síntesis, disponer de más libertad para decidir correctamente.
Un condicionante importante del futuro de Iberoamérica es sin duda el avance del narcotráfico, del cual hay suficiente información pública en cuanto a sus consecuencias: múltiples asesinatos, consumo en aumento, descontrol social y corrupción en todas las esferas del poder político, en la justicia, en las FFSS y en el sistema financiero. El asesinato de fiscales e intendentes, no sólo en sus propios países, sino por encargo, en otros, habla por sí solo que se está frente a organizaciones multinacionales de amplio poder, fundamentalmente económico. Los países productores y los de traslado también se han convertido en países de consumo, provocando daños irreparables en la sociedad. La búsqueda de soluciones de fondo para enfrentar este flagelo, muchas veces es soslayada en el debate político local. Lamentablemente la demanda sigue en aumento, particularmente en Occidente, aunque haya mayor dispersión geográfica. Si bien son temas para especialistas, no hay duda que son altamente sensibles para la seguridad de los EEUU. Debemos inferir que la tendencia futura será de mayor conflictividad, que afectará a todos los países de la región.
Ni para EEUU ni para China, Iberoamérica resulta hoy un campo urgente de disputa estratégico; ambos están concentrados en el espacio del Indo-Pacífico y en ver cómo prosigue la guerra OTAN-Rusia. China proseguirá su política de influencia indirecta, “sin sacar los pies del plato” del terreno económico financiero, aunque los bloqueos a la venta del reactor nuclear Hualong en Argentina, y cierta presión para que Huawei no venda su tecnología 5G a Brasil y otros países, le resulte bastante molesto. EEUU, sin aportar demasiada ayuda económica directa, confía en mantener la tranquilidad coyuntural de este espacio, dejándole cierta iniciativa a Europa, que tiene lazos históricos, en particular España, y le deja la tarea a la Unión Europea para negociar con el Mercosur. Varias ONG americanas han analizado el deterioro del entorno estratégico en la zona; su visión es que podrían dinamizarse “espirales descendentes”, con gobiernos “populistas” independientes, no necesariamente de izquierda, en combinación con determinados colapsos económicos, malestar social permanente, y una mayor influencia económica de China en el hemisferio. EEUU, como gran potencia hemisférica y global, nunca perdió su hegemonía en la zona, pese a la presencia simultánea de Castro, Chávez, Lula, Morales, Kirchner, Correa, Lugo y algunos líderes centroamericanos, que lo enfrentaron con formulaciones ideológicas de izquierda. Es que, en aquellos tiempos, Rusia estaba aún débil y el ascenso de China estaba en su etapa de desarrollo. Contrastando con aquellos tiempos, en la actualidad, ambas potencias le disputan esa hegemonía global, a los que se suma los criterios independentistas de otros países. Pareciera que también se cumple otro principio geopolítico; la excesiva expansión de los imperios, trae sus serios inconvenientes.
Iberoamérica tiene por delante oportunidades y amenazas, de acuerdo a las acciones que vaya realizando. Debido a la inexistencia de una concepción estratégica común, su accionar geopolítico se manifieste débil y disperso (excepto Brasil), lo que le resta potencia. Las potencias tratan de incorporar aisladamente a cada país a su esfera de influencia o de negocios. China ha invitado a Argentina como observador al BRICS. Gran Bretaña intenta relacionarse más con Uruguay y Chile para facilitar y mantener su posición militar en Malvinas. La CELAC, presidida por Argentina, es invitada al G7, presidido por Alemania, como para que no se aparte demasiado del “ruedo propio”. EEUU negoció petróleo con Venezuela, mientras critica a Maduro, pero retiene a Guaidó. Pero, por otro lado, también se observa que la visión de los dos candidatos presidenciales brasileños, Lula y Bolsonaro, en relación a Rusia, no son opuestos, sino bastante neutrales, aunque difieran en su grado de justificación del avance ruso. Lo mismo sucede en otros países del mundo, como India, Israel, Egipto, Indonesia, Vietnam, que adoptan posiciones nacionalistas independientes de las tres potencias globales, expresadas virtualmente como una “Cuarta Posición Internacional” (CPI). El temor norteamericano es que esa toma de posiciones se extienda en nuestro hemisferio y disminuya su poder regional.
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