
¿Tan difícil es para el gobierno comprender que el sector productivo es un aliado estratégico del Estado, una fuente generadora de empleo genuino y de crecimiento económico, que puede sacar al país de la pobreza?
Las cifras que presenta el sector lechero son contundentes. Es la tercera actividad de importancia del sector agroindustrial del país en valor bruto producido. Son más de 10.000 tambos y 670 empresas que según el Observatorio de la Cadena Láctea Argentina (Ocla) generan más de 75.000 puestos de trabajo directo. Y se estiman más de 100.000 indirectos.
El 24% de la producción se exporta, fundamentalmente como leche en polvo, siendo una actividad generadora neta de divisas, ya que las importaciones que requiere el sector representan menos del 10% de lo que exporta.
El comercio internacional de lácteos ha crecido un 56,7% en los últimos diez años. Estamos frente a la magnífica oportunidad de aprovechar el contexto internacional potenciando a nuestras industrias y productores. Aprovechar las ventajas comparativas de nuestro clima templado, la calidad de nuestros suelos, la disponibilidad de agua y especialmente los conocimientos de nuestros productores y profesionales que han probado largamente su capacidad de convertir en oportunidad cualquier dificultad.
Imaginemos por un momento lo que este sector podría lograr en un contexto de estabilidad y previsión. Desde el Ocla plantean que Argentina en un muy corto plazo podría duplicar la producción si esas condiciones estuvieran dadas.
Las indefiniciones políticas de este gobierno llegan a tal nivel de incoherencia de cobrar un impuesto (los derechos de exportación) para devolver luego, y solo a la industria, una parte del mismo a través de reintegros, por supuesto, con la consabida demora de meses en su pago. ¿No sería más fácil cobrar menos impuesto? ¿Evitar la burocracia innecesaria?
Reglas de juego claras que no cambien según el estado de ánimo del funcionario de turno. Previsibilidad y seguridad jurídica generan más producción, más exportación, más ingresos de divisas, más empleo. Exportar es generar empleos, por cada empleo directo, cada persona que trabaja en este circuito multiplica el impacto. Ingenieros agrónomos, nutricionistas, genetistas, contratistas rurales y veterinarios que trabajan junto a productores, tamberos y peones rurales. Ingenieros en alimentos, químicos y operarios fabriles. Ingenieros en sistemas que proveen servicios a tambos e industrias lácteas. Mecánicos que reparan maquinaria agrícola e industrial. Contadores, administradores, comerciantes. La rueda productiva que se activa con la leche es inmensa.
Nuestros productores reciben el precio más bajo del mundo U$S 0,37 por litro de leche, y, aun así, persisten obstinadamente sin darse por vencidos a la espera de mejores circunstancias. La cadena láctea habita un vaivén eterno de rentabilidades, ganancias y pérdidas que se reparten por épocas entre productores e industria. Una oscilación que lamentablemente no permite su desarrollo óptimo, siendo el sector lechero un instrumento sostenible, equitativo y poderoso para lograr el crecimiento económico, la seguridad alimentaria y la reducción de la pobreza, más aún, teniendo en cuenta que en Argentina el 60% de los tambos son pequeños y medianos productores con una alta intensidad en mano de obra.
¿No será hora de terminar con la intervención de los mercados, el cierre de exportaciones y regulaciones de precios que terminan afectando al productor, al industrial y fundamentalmente al consumidor?
Si queremos obtener resultados diferentes, hagamos las cosas de manera distinta, probemos sacando los palos de la rueda. Dejemos de castigar a quienes trabajan y brindemos las condiciones que potencien lo que saben hacer, generar riqueza y hacer más pujante este país.
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