
Si hacemos memoria y miramos cómo era la Ciudad de Buenos Aires hace 15 años, podemos encontrar una ciudad enorme en donde casi todo ocurría en un Microcentro atiborrado de autos, peatones y colectivos. La imagen más nítida trae ruido, desorden y una fuerte sensación de ahogo.
En ese escenario lo ambiental no tenía cabida. Todos sabíamos que debíamos viajar largos tramos e invertir bastante tiempo para llegar a nuestros trabajos, para hacer trámites o ir a hacer compras. Resignados, no podíamos imaginar un uso del tiempo más eficiente. Los espacios verdes quedaban perdidos en lo que se veía a través de las ventanas.
En estos días la relación con el espacio público ha cambiado significativamente. Es justo reconocer que la pandemia por COVID 19 nos obligó a repensar muchas de nuestras actividades, pero también debemos decir se fueron desarrollando políticas públicas en donde el acento estuvo puesto en avanzar en una idea acorde a lo que la problemática ambiental exige: ciudades de 15 minutos.
Esta propuesta es simple: lograr que los ciudadanos podamos resolver la mayoría de nuestras necesidades cerca de nuestras casas. Trámites, compras, paseos, encuentros sociales a pocas cuadras de distancia. Tan pocas que podamos caminar o usar bicicleta.
Ante esto, surgieron la bicisendas que van creciendo año a año y se pusieron en valor los centros comerciales barriales; se modificó la forma de hacer trámites, cada vez más virtuales, y los espacios públicos cobraron un nuevo valor: no solo los atravesamos apurados para llegar a una cita, también nos sentamos a respirar el aire fresco, hacemos deporte, nos tomamos un respiro del ajetreo y el ruido.
Todas estas acciones han mejorado la calidad de vida de todos los vecinos y abrieron la puerta a uno de nuestros grandes objetivos: ser una ciudad inclusiva.
Además, va en línea con todas las herramientas la Ciudad desarrolló para contener el cambio climático, que es el mayor desafío al que nos enfrentamos. Estamos trabajando para disminuir el impacto que tiene el transporte, la energía y los residuos en los gases de efecto invernadero. Por eso, la bicicleta cobró protagonismo, los vecinos adoptaron la iluminación LED en sus casas a la par del alumbrado público con luces LED; el reciclaje y la economía circular son temas cotidianos. Todo esto nos permite avanzar hacia nuestro segundo objetivo: ser una ciudad resiliente.
La suma de todas estas propuestas confluyen en el tercer objetivo: ser una ciudad carbono neutral. Es decir: disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero y compensar aquellas que generemos.
Para 2050 debemos hacer que estos tres objetivos se hayan cumplido plenamente. Esa es nuestra meta climática. Antes, en 2030, tenemos que demostrar que disminuimos nuestras emisiones en un 30%.
Tenemos un Plan de Acción Climática que reúne los pasos a seguir y tenemos 24 acciones muy concretas que son nuestras marcas en el camino. Tenemos los objetivos. Tenemos la firme decisión de construir políticas públicas, transversales a todo el gobierno que nos transciendan y que pongan la certeza de que el futuro debe ser para todos y con todos. En igualdad ante la urgencia climática.
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