
Hace quince días fui a entrenar al gimnasio y me olvidé las zapatillas. Me maldije. Perder un día de ejercicios me parecía darle una ventaja al paso del tiempo, tan empeñado en ganarle a mi cuerpo desde que me reconocí una persona grande. Es que soy, como dice el admirado Daniel Hadad, de la iglesia de los cronofóbicos. No entiendo a los que insisten con que el paso del tiempo es bueno. Le temo a la decadencia física. A que la fuerza de mis músculos me abandone para entregarme a lo desvalido.
Gonzalo escuchó mi insulto parado, viéndome con shorcito, remera y en patas frente al casillero del vestuario. “¿Cuánto calza usted?”, me dijo sin que yo hubiera notado su presencia hasta entonces. Usamos casi siempre el usted, el doctor o licenciado cuando nos saludamos. Nos dimos cuenta que su talle era algo más chico que el mío. “Va a bancar, licenciado”, me dijo. “Meta así no desperdicia el día”, agregó. Y entrené apretando los dedos del pie y agradeciéndole. El rato que estuve, levantaba la vista y ponía su pulgar hacia arriba para chequear que todo me fuera bien. Así de cordial, así de copado.
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Gonzalo es, era, un tipo de físico privilegiado. No fui su amigo, no sé de su familia, no conozco cómo pensaba en profundidad. Pero con sólo cruzarme en el gimnasio supe que es, era, un buen tipo. De saludo cordial, de comentario atento, sonriendo, siempre sonriendo. Si me pedís que te diga cómo lo recuerdo o pienso, lo veo entrenando o haciendo entrenar a alguien, con sus auriculares grandes y blancos en sus orejas, gorrita con onda y sonriendo. Inspiraba ganas de hacer y de sonreír.
“Lo está dando todo”, me dijo hace tres días. Harto de la serie de abdominales, le gané a la infame cantidad de repeticiones y ejercicios gracias a mi enojo con el paso del tiempo y él notó el esfuerzo. Hago laterales o bajos convenciéndome que todavía tengo munición importante para no sucumbir en la pendiente física que me depositará en la muerte. Es que es eso. Entrenar no sólo para el colesterol sino esencialmente para proponerme una ficción de que más fuerte, más entrenado, retraso la muerte y puedo seducir a la vida desde ese arbitrario criterio al codearme, aproximarme, a la “belleza” hegemónica. Hay quienes rezan, quienes se entregan al destino. Hay quienes creemos que una serie más de pectorales y deltoides nos aleja, un ratito, del destino fatal. Le dije que daba todo para pelearle a la vida y para ser tan fachero como él. Me dijo: “La pinta es lo de menos. No la pelee a la vida. Disfrute haciéndola rendir”. Disfrutar. Hágala rendir a la vida.
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Quizá eso le ganó. Se jugaba su todo y más para hacerla rendir a su vida.
Gonzalo Vicos se murió hace horas.
Si darlo todo y disfrutar fueran la fórmula, Gonzalo no debería haber muerto. Si las proporciones áureas de Leonardo existiesen, Gonzalo las tenía. Su cuerpo, su gentileza y bonhomía también eran áureos. Hace tres días, sin metáfora, escuché esperando mi turno en la máquina de femorales a dos amigos, supongo, elogiarlo. Ella dijo: “Qué bomba es, tiene un lomo perfecto. Encima es un copado”. El amigo asintió: “Averiguate bien porque si no es de tu equipo, me anoto”. Hay seres humanos que despiertan siempre el atractivo.
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¿Por qué se muere la gente? Me encontré preguntándome mientras escribía esta crónica que no garpa como homenaje pero sí como un sincero recuerdo. “Porque es inevitable”, me respondí. Porque es lo único cierto, posible, irremediable y angustiante. Jean Paul Sartre decía que esta fatalidad no debería ponernos pesimistas sino todo lo contrario. Sabernos mortales nos empuja, con la fuerza de la pulsión de vida que ya había explicado Freud, a vivir, a perseguir el deseo, a buscar lo que nos mejora. Ser buena gente es mejor. Porque es bueno para uno y porque irradia expectativa de disfrute en este breve rato.
Para Gonzalo duró poco más de 40 años. Inentendible. Ni enfermo, ni proclive a adelantar su muerte, ni nada. Porque sí. Quizá su muerte de mierda reavive eso que sentimos cuando lo fatal irrumpe inesperado. Por un rato. Porque somos tan soberbios que el mandato de disfrutar ante la muerte de nuestros Gonzalos nos dura unos días. Y, luego, nos sometemos al tonto existir banal de “lo importante”.
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“No hay que vivir para trascender o hacer algo importante”, me dijo un amigo hace poco. Este mendocino agregó: “Los Andes llevan un millón doscientos mil años existiendo. ¿Vos querés trascender en tus 80 años?”. ¿Para qué vivimos, entonces? Quizá para entender que debemos procurar ser felices sabiendo que la felicidad es un hecho compartido. Gonzalo trascendió, en mí y sé que en muchos, siendo cordial, amable, divertido y luciendo su belleza como un disfrutable modo de celebrar nuestras vidas compartidas.
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