
Alguna vez voté a Cristina, luego a Mauricio, finalmente a Alberto siempre convencido de que los otros eran peores y seguramente debían serlo. Aposté a la madurez de todos ellos y no pegué una, me fallaron los tres; donde no sobra el talento no suele acontecer la madurez.
Yo le aconsejaba a Macri no hacer “anti peronismo” sino “posperonismo” pero había asesores muy caros que proponían lo contrario y ése es el mal de los ricos, sólo respetan lo que pagan, los amateurs somos portadores del olvido.
Los muchachos de La Cámpora han tomado nuevamente el camino del exilio en el espacio del poder y esto suele pasar con las herencias, nunca es fácil conservarlas; sabemos que las monarquías desaparecieron a causa de ausencia de talento, que no es hereditario.
Recordemos el decorado alrededor de la candidatura de Daniel Scioli, armado para que pierda, no sea cosa que tuvieran que abandonar la provocación. Ese invento llamado “La Cámpora” solo para sus miembros se asemeja a un rumbo ideológico comprensible mientras que se torna en exceso confuso para el resto de la sociedad. Como no podía haber dos demonios ellos se volvían ángeles mezclando el hecho de sublevarse contra la dictadura haciéndolo durante y también en contra su propia democracia, una traición que por suponerla heroica no se sienten obligados a realizar una autocrítica. Nunca tuvieron la grandeza de arrepentirse del asesinato de Rucci, que no fue un hecho aislado sino uno más de una larga cadena de atentados. El último libro de Ceferino Reato los expone en su violencia y deja al descubierto la demencia del “guevarismo” en nuestras tierras, ideología que ellos -junto con algunas cuotas de marxismo oxidado- utilizan para intentar enmendar el pensamiento peronista. Cuba solo dejó en el continente muerte y fracaso y ya sería hora de asumir errores y generar la obligada autocrítica. La dirigencia de la guerrilla vive sin tener absolutamente nada para aportar ni justificando el pasado ni proponiendo el futuro.
El hecho de que Macri se fotografíe con Trump es grave, en especial porque nuestra derecha en la historia no se sintió interpretada por otro partido que no fuera el militar y semejante compañía hace pensar que tampoco ellos están dispuestos a revisar su pasado.
Ahora los kirchneristas insisten en dos dogmas o muletillas; primero, toda la culpa es de Macri y luego, debemos debatir la distribución de la riqueza. Las culpas de Macri son reales, dejó deuda e inflación juntas, es muy difícil encontrar la virtud en semejante entuerto. Convertir bonos nacionales en dólares adeudados al mundo no es un milagro de santones sino una gestión de delincuentes. Nuestra derecha no logra salir del economicismo en el que la involucró el último golpe. Imagina a la política como el fruto de un grupo de asesores, una manera de asumir que no son dueños de un rumbo ni de idealismo alguno, que el cargo y la riqueza personal es más importante que el destino colectivo sin siquiera aceptar la experiencia y sabiduría de sus acompañantes radicales.
Estamos en tiempos de post pandemia cuando en Occidente se vuelve a valorar al Estado, nosotros como siempre llegamos un poco atrasados con un neo liberalismo y una izquierda tan moderna como cuando nos enamoramos del Ford Falcon. Habría que enfrentar ese tema tabú de “la ley de entidades financieras” herencia del personaje de Martínez de Hoz, idea original de una clase de herederos rentistas que siempre odiaron la industria tanto como amaron vivir de rentas. Habitamos una sociedad bancarizada, donde no podemos invertir en nada, la bolsa es una timba de ludópatas y los intereses suelen perder frente a la moneda ajena. El que tiene dólares necesita una caja fuerte por temor a que los confisquen y cada tanto algún imbécil, al servicio de los ladrones, asusta anunciando riesgo de estallido con violación de cajas de seguridad y muchos la esconden en su casa y algunos la pierden en manos insospechadas. Dolor país, así titulaba su libro Silvia Bleichmar cuando todavía ni imaginábamos caer tan bajo. Unos creen que falta Estado, los otros que sobra y ambos tienen razón en su error.
La mediocridad aterra, lastima, nos hunde en la depresión y la pobreza. La idea de Patria, suma de ambiciones sectoriales, grupales, sin llegar nadie a lo colectivo, que nos queda grande y en consecuencia la fracturamos, fue dividida en piezas imposibles de armar. Mucha política, pocas ideas, casi ningún estadista, ni siquiera vocacional. La grandeza nos fue quedando grande. Fuimos achicando a la sociedad al nivel de nuestra conciencia, tarea en la que no nos detenemos.
Hubo tiempos donde imperó el idealismo y desbordó en la violencia, ahora abundan los intelectuales fracasados que resuelven dedicarse a defender a los poderosos de turno y atacar a los débiles y a sus defensores. Abundan los “pensadores bancarios” gente que resuelve su pobreza o al menos lo intenta, defendiendo la riqueza ajena. El mundo retorna al proteccionismo, al Estado fuerte que creímos derrocado y casi disuelto. Claro que el Estado debe estar al servicio de la comunidad y no de la burocracia, esa que convierte los cargos en hereditarios.
Hoy se impone esa consigna de “tanto mercado como sea posible y tanto Estado como sea necesario”. No es mala, si estuvieran dispuestos a revisar las privatizaciones que dan pérdida, o sea, las coimas institucionalizadas que se heredan de un gobierno al otro, más allá de las supuestas “ideologías”. Un conocido operador me supo contar que distribuía coimas en el antiguo Consejo Deliberante, y que solo uno, amigo, digno, se negó a aceptarla. Lo triste es que en el círculo rojo todos saben quién cobra y quién no, asumiendo que hoy el poder no sobrevive al margen de la complicidad. El coimero es una especie muy difundida, con mayoría de admiradores y escasez de denunciantes. Tampoco soñemos con eliminarlos, con solo dejar de concebirlos como imprescindibles ya habríamos avanzado bastante. Cuatro décadas de enriquecimiento de intermediarios, políticos, sindicalistas, empresarios y operadores. Nació una raza nueva, solo se juntan entre ellos, dueños de aviones privados y a los pobres le afanaron hasta los trenes.
Yo ya los voté a todos y lo peor que por ahora no veo a nadie para votar en la elección que viene. No apareció aún nadie que nos devuelva un proyecto donde la industria y el trabajo se vuelvan a imponer sobre las rentas y los bancos, donde la política tenga dirigentes que piensen en todos, que sueñen trascender y hace décadas no nos regala un representante digno de ser admirado. Ya vendrán tiempos mejores, no espero que me toque disfrutarlos pero no hay mal que dure cien años. Ni yo pienso durar tanto.
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