En Francia ganó Macron: ¿ahora qué?

Entro otros desafíos, deberá ser capaz de llenar el vacío que dejó Merkel y suplir la desaparición de un Reino Unido cercano a los Estados Unidos y alejado de Europa

Emmanuel Macron
Emmanuel Macron

El triunfo de Emmanuel Macron en las elecciones presidenciales francesas del pasado domingo 24 de abril, pusieron un dique a las ambiciones del Front National, que conducido por Marine Le Pen, volvió a fracasar en el intento de alcanzar la primera magistratura, deseo que no pudo lograr en vida, su padre, Jean Marie Le Pen, fundador de esta agrupación política de ultra derecha, xenófoba y negadora del holocausto con escasos resultados positivos.

El triunfo de Macron, largamente anunciado por todos los medios de comunicación franceses y extranjeros, trajo un poco de tranquilidad a una Europa conmocionada por la invasión de la Rusia de Vladimir Putin a Ucrania, hecho que no pudieron impedir los líderes más relevantes de los países europeos, entre ellos el mismo Macron.

El reiterado fracaso electoral del Frente conducido por Madame Le Pen, reitera el rechazo que mantiene la mayoría del pueblo francés con las propuestas extremas (cada vez más atemperadas) que intentan captar a los sectores medios, empobrecidos y expulsados por la globalización.

No obstante, el odio anti-islamista que recorre grandes porciones de Francia y la gran cantidad de inmigrantes proveniente del Mediterráneo, hace que las posibilidades de triunfo del sector más reaccionario de la sociedad francesa sean inalcanzable.

Un ejemplo de las políticas que van contra un Estado laico como Francia, es la propuesta del Front National de prohibir que las mujeres lleven en la vía pública un pañuelo que les cubra sus cabezas, como indica la religión musulmana.

Esta propuesta de prohibición es una decisión que va contra la tradición francesa de involucrarse en la vestimenta ciudadana y Francia no podía ser el primer país europeo (y del mundo) que prohíba el uso de Vestimentas islamistas en público, sería una afrenta a la tradición de un país que se considera el creador de los Derechos Humanos y no hay posibilidades de aplicación de esta norma.

Macron ganó por la voluntad mayoritaria de los franceses que no quieren a Le Pen, ni a sus ideas reaccionarias que los avergüenzan.

Dejando de lado la inviabilidad del Proyecto antiliberal que propusieron, no solo Le Pen sino también Eric Zemmour, un nuevo dirigente político de ultra-derecha, la pregunta pertinente ahora es: ¿qué piensa hacer Macron, después de un quinquenio donde tuvo muchos inconvenientes para asegurar la gobernabilidad y debió enfrentar manifestaciones populares contra su política social y económica (los gilets jaunes en primer lugar)’

Francia se encuentra dividida como la mayoría de los países europeos occidentales, después de haberse agotado el proyecto de la economía del bienestar que guió a sus 45 “felices años” desde el final de la guerra hasta la caída del muro de Berlín, donde la voluntad y decisión política de sus notables dirigentes, el General de Gaulle, en primer lugar y los ex presidentes George Pompidou, Giscard D ‘Estaing y François Mitterrand construyeron un Proyecto nacional y europeo, basado en la repartición equitativa del ingreso, el respeto de los Derechos humanos y las libertades fundamentales y la construcción de una industria de vanguardia, sin dejar caer a la agricultura, tradicional baluarte francés (que, recordemos, impide el Acuerdo Mercosur-Unión Europea).

Agotado por circunstancias externas a este proyecto, los dos partidos tradicionales, la izquierda socialista y la derecha gaullista republicana, no supieron construir una alternativa, que limitara las consecuencias del despegue de China y los efectos del crecimiento de Alemania post-unificación.

Francia quedó al descubierto, sin proyecto alternativo al poderío estadounidense y sin lograr compatibilizar un camino con Gran Bretaña e impedir sus deseos de salir de la Unión Europea, como finalmente ocurrió.

Recordemos que, durante los 30 años felices, la cultura francesa había liderado al mundo occidental, la filosofía, el cine, la literatura, estaban invadidas de lo que producía Francia. Sus escritores y pensadores, se leían y discutían en todo el mundo, junto con los aportes del cine y sus temáticas, eran el foco que iluminaba en occidente a sus juventudes, “el mayo francés” fue quizás la última expresión de ese liderazgo ideológico con Marcuse y “su prohibición de prohibir” que se extendió por todo el mundo.

Ahora, este triunfo electoral que lo ubica a Macron a la cabeza de un momento histórico de cambio es una exigencia que no es fácil de cubrir y no sabemos si estará a la altura del desafío en la coyuntura de definirse, de pasar de ser “la nada” como lo definió uno de sus mentores, el ex presidente del Banco Central Europeo, Jackes Attali a ser algo atractivo y novedoso, que cierre heridas y recomponga la Nación. Camino nada fácil debido a las grietas profundas que sacuden a la sociedad francesa, en lo religioso, lo político y en lo económico-social.

En primer lugar, dentro de dos meses y medio habrá elecciones legislativas, que designarán a un nuevo primer ministro y donde la izquierda ya tiene elegido a un candidato atractivo, que tuvo 21 por ciento de votos en la elección presidencial, Jean Luc Melenchón, que presenta una propuesta diferente que encubre un populismo atractivo, por lo difícil de concretar en una Nación, respetuosa de las instituciones y apegada a una tradición republicana, exigente del orden.

Por otra parte, le Partido Republicano, ex gaullista, también jugará sus cartas, ya que no quiere seguir siendo furgón de cola del liberalismo de Macron, el expresidente Sarkozy figura entre quienes quieren modificar el actual estatus quo y volver a participar en las grandes ligas.

De las próximas elecciones legislativas surgirá un nuevo Congreso que deberá definir temas importantes irresueltos, como son la reforma previsional y la impositiva, dos temas que no tienen consenso nacional y que están a la espera de su modificación ante la crisis profunda que muy probablemente se desencadenará, en el caso, de no introducirse imprescindibles reformas.

Por su parte la política exterior, que de acuerdo a la Constitución tiene al Presidente como principal ejecutor, es decir que será responsabilidad de Macron y que tendrá un capítulo sumamente denso y de difícil solución, ya que deberá lidiar con la Rusia de Putin y el conflicto ucraniano por un lado y, por otro, con las necesidades de Estados Unidos que pretende una Europa plegada, sin resquicios, al proyecto de reducir el poder ruso en Europa del Este y debilitar su alianza con China en Asia Menor.

Además, la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea y la reticencia alemana a romper con Rusia han debilitado el proyecto europeo del cual Francia siempre fue su principal sostenedor y accionista.

La invasión rusa a Ucrania es un tema imposible de obviar y que deja a toda Europa en una situación de debilidad ante las otras grandes potencias extracontinentales, incrementando la pérdida de peso estratégico que viene manifestando.

China y los Estados Unidos, los dos grandes jugadores actuales, no perciben a Francia, ni a Europa, en general, como un participante de peso en la definición del poder global, como los europeos (y los franceses en especial) se consideran a sí mismos.

Si Macron pretende que Francia participe en el diseño del nuevo orden internacional deberá primero lograr unificar a sus compatriotas, dejando de lado las divisiones evidentes que manifiesta su clase dirigente y su sociedad y buscar un acuerdo mínimo ante los desafíos externos, para que Francia tenga una sola voz y no sea un escenario de divisiones y enfrentamientos.

Históricamente Francia ha tenido desde su Revolución de 1789, una clase dirigente inteligente y capaz de sortear los grandes problemas que la aquejaron y si bien pasó por períodos muy difíciles siempre encontró una salida política que la alejó del abismo. Ese es el rol que le reclama la historia a Macron, para ello debe abandonar su tendencia al centrismo liberal y retomar las banderas del gaullismo nacionalista y europeísta.

La hora actual no se presenta sencilla, Europa más allá de lo formal y de haber alcanzado la moneda única se encuentra acechada por el empuje militar de Rusia y la posición intransigente y belicosa de los Estados Unidos (no en vano la OTAN es conducida siempre por quien Estados Unidos elige).

Además, está China y su crecimiento económico y tecnológico sin pausas, que comienza a superar a Occidente, quitándole su supremacía.

La pregunta es si Macron, que ha demostrado una peculiar inteligencia para avanzar y vencer a todos sus enemigos políticos internos, que le “robó” a Hollande el partido socialista francés y lo sacó de la “gauche” y que fue el único presidente que se animó a sentarse con Putin para tratar de convencerlo que no invadiera Ucrania, será capaz de llenar el vacío que dejó Merkel y suplir la desaparición de un Reino Unido europeo y cada vez más anglosajón, cercano a los Estados Unidos y alejándose de Europa.

Deberá para ello, trazarse un camino distinto aglutinando a sus compatriotas, en especial a los dirigentes, estructurando un diseño original, lejos del liberalismo anglosajón y de los viejos proyectos socialistas, que le permita conducir a un mundo globalizado, desorganizado, que clama por un nuevo Orden Internacional más justo, menos agresivo, más abarcativo un mundo mejor.

Si Macron fracasa, esta aspiración seguirá siendo una utopía.

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