
Al recurrir a la historia del pensamiento económico, uno se da cuenta que la relación entre la cantidad de dinero y los precios viene de antiguo.
La escuela económica de Salamanca tiene vigencia desde el siglo XVI hasta principios del siglo XVII. Los aportes de esta escuela a la ciencia económica se centran en las relaciones económicas con la teología moral.
El español Martín de Azpilcueta (1492-1586), por su pensamiento y por sus aportes a esta escuela económica se convierte en uno de los precursores de la economía moderna, muy anteriores a los fundadores de la Economía Clásica. Azpilcueta analiza los efectos de la entrada masiva de metales preciosos, a España, provenientes de América, sobre los precios. Entonces, pasa a ser el primer antecedente a la teoría cuantitativa del dinero. Así, comienza el camino para entender por qué suben los precios cuando se incrementa la cantidad de moneda.
Siguiendo su línea de pensamiento, Juan de Mariana (1536-1624) califica a la inflación, a consecuencia de la pérdida de valor de la moneda, como un “infame latrocinio”. Y la compara con la acción de un ladrón que entra en un granero y roba una parte de los cereales almacenados. A su juicio, el problema se acentúa con los controles generales de precios, introduciendo confusión y desorden en el intercambio.
Siglos después, Irving Fisher (1911) plantea la ecuación cuantitativa del dinero. Luego, Milton Friedman (1963) la profundiza y sostiene que “La inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario.”
Quizás su principal aporte de la ecuación cuantitativa sea haber mostrado que la inflación tiene siempre causas monetarias, en especial cuando ésta alcanza dos o más dígitos. Cuando un gobierno deja de lado esta teoría cae en un error. Porque mediante ésta, es posible analizar el fenómeno, y a partir de allí, tomar medidas para la solución del flagelo inflacionario.
Cuando se aumenta el gasto público sin tomar en cuenta de dónde vienen los recursos para pagarlo, así como, tampoco, sin saber a priori la efectividad de tal aumento en relación a los objetivos trazados, tarde o temprano cae la noche sobre la economía.
La resistencia a la ortodoxia en nuestro país ha sido clara. Y ya no quedan, prácticamente, medidas heterodoxas para implementar. Por si ello no fuera suficiente, el presente transcurre en un ambiente de fuerte debilidad política por parte del Gobierno.
Durante estos años, la política económica se ha basado en el aumento del gasto público bajo el supuesto de que el Estado no tiene restricciones financieras. Y los resultados están a la vista.
La inflación núcleo hoy es elevadísima, con un ritmo del 4% mensual que permite proyectar una tasa mínima del 60% anual. Para colmo de males, el acuerdo con el Fondo Monetario contribuye, al destrabar precios rezagados, a la indexación de la economía. Porque este organismo desea que se recompongan las tarifas y el dólar a fin de mantener la competitividad.
El acuerdo es endeble como programa económico; es cierto que propone reducir la emisión monetaria, pero no apunta a reformas estructurales. En tal caso, la demanda de dinero debería seguir en baja.
¿Hay algo bueno en este acuerdo? Si bien solo logra postergar los graves problemas, al menos, consigue posponer los vencimientos en moneda extranjera. Si no se hubiese firmado, la tasa de inflación sería más elevada aun.
En nuestro país, pese a la dura experiencia vivida, se sigue discutiendo si la inflación es generada por la emisión monetaria o si es un fenómeno que responde a múltiples causas, sin tomar debida cuenta la cuestión monetaria. Es uno de los pocos países del mundo que mantienen este debate.
La casa se incendia. Los dueños se resisten a llamar a los bomberos para apagar el fuego. En vez de recurrir a ellos, instalan grandes ventiladores en un lado de ésta, para que las llamas apunten al exterior del edificio y así frenar el avance del fuego.
Así estamos…
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