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Todo lo que nos sucede, se nos da como arcilla para moldear nuestro arte

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Una familia celebra Pesaj
Una familia celebra Pesaj

En una de sus conversaciones con el poeta Roberto Alifano, Borges reflexionaba: “Un escritor, y creo que en general todas las personas, debe pensar que lo que le suceda es un recurso. Todas las cosas se nos han dado con un propósito, y un artista debe sentir esto más intensamente. Todo lo que nos sucede, incluidas nuestras humillaciones, nuestras desgracias, nuestras vergüenzas, todo se nos da como materia prima, como arcilla, para que podamos dar forma a nuestro arte”.

Somos los escritores de nuestra vida. Con el paso de los años, diferentes experiencias van formando parte del texto. Las más hermosas las tallamos como obra en colores y retratos para hacerlas eternas. Pero son las que dejan una herida, aquellas que reclaman de un arte especial.

La palabra “Trauma” proviene del término griego τραῦμα –traûma, que significa: “Herida”. Son las heridas que sangran más allá del tiempo las que derivan en un trauma.

Esta semana la tradición judía celebra el Pesaj, la Fiesta de la Libertad. Y es justamente para esta celebración que los sabios, siglos atrás, diseñaron alrededor de la mesa festiva familiar la manera de enfrentar un trauma. Escritores de obras de arte, con el barro del que duele en el alma.

La historia principal de la noche de Pesaj recuerda un trauma dramático. Esclavitud, degradación y miseria heredada durante generaciones. De pronto, una serie de plagas devastadoras que destruyen las ciudades. Epidemias, oscuridad, sangre y muerte. El horror en el rostro de los vecinos ante cada azote del cielo. El escape en secreto y urgente a medianoche. El llanto de los más pequeños. El gemido de los más ancianos. Apenas unas hogazas de pan sin hornear como provisión. El terror en la piel al saber que el ejército los perseguía en su fuga. Llegar a un inmenso mar y sentir que la libertad terminaba en esa orilla. Cruzarlo de manera milagrosa, con el temor de que paredes de agua caigan sobre ellos. Ingresar a un desierto infinito sin agua, ni la menor idea del camino hacia la promesa.

En la noche de Pesaj, cada familia relata la traumática salida de los israelitas del Egipto de los faraones liderados por Moisés. Porque para sanar de un trauma, lo primero es saber que éste reclama contar la historia. Tal cual sucedió, sin esconder un sólo detalle. Lo que haya pasado no se puede ignorar. Debemos enfrentar la historia tal como sucedió. Esa es la primera puerta hacia la sanación. El hecho de contarla alrededor de una mesa servida con comida resulta también en mensaje. Otras festividades tienen ritos muy diferentes. Pesaj exige una mesa con comida. Porque no vivimos enteramente de y en ese trauma, sino también de este presente que tenemos enfrente nuestro. Con nuestras necesidades y realidades de hoy. Con la mesa frente a los ojos. La mesa servida simboliza que no somos sólo aquél ayer, sino también este ahora.

El segundo paso es la intención con la que contar la historia. El relato de esa noche se narra desde la resiliencia. Fuimos esclavos, pero logramos ser libres. Fuimos oprimidos, pero pudimos escapar. Nos escapamos, pero sobrevivimos. La historia no sólo relata la angustia, sino el heroísmo de haberla atravesado. En un pasaje de la Hagadá (el texto guía que contiene los relatos de lo sucedido en Pesaj), aparece una conversación de un grupo de Rabíes en la ciudad de Bene Berak, que vivieron más de 1000 años después de la salida de Egipto. Estos sabios no sólo son los que diseñaron el Seder y la Hagadá que conocemos, sino que fueron parte de la revuelta judía del siglo II contra Roma. Ellos no sólo recordaban esa noche el trauma de la esclavitud de Egipto, sino que relataban en tiempo presente el trauma de su propia opresión. Ese pasaje nos enseña que la resiliencia no trata solamente de trabajar lo que haya pasado. No sucede que la necesitamos una vez. La resiliencia debe ser una decisión continua.

En otro pasaje de la Hagadá, se debe extraer algunas gotas de una copa de vino. Este ritual se realiza para recordar que los egipcios también sufrieron durante el éxodo, por lo que no debemos celebrar de manera completa. Resulta ser, que los perpetradores del trauma también eran seres humanos. Personas con sus propios traumas. Los sobrevivientes, en el momento en que recuerdan su trauma, en el que exponen su resiliencia y agradecidos de su salvación, no olvidan que vivimos en un mundo quebrado. Que nuestro dolor no es el único en el Universo.

Por último, la frase con la que se cierra la cena y el relato dice dos cosas a la vez:

“Le-shana haba Birushalaim” , “El próximo año, en Jerusalén”.

La primera es que no llegamos ni estamos aún allí. El trauma habita allí en algún lugar dentro nuestro. No es tan simple hacer una cirugía de una experiencia. Sacarlo hacia afuera no garantiza el olvido. Por eso lo repetimos cada año, para repensarnos y modelar con mayor fortaleza nuestro carácter. La segunda es que sabemos dónde queremos llegar. Que vivimos siempre con la esperanza de llegar. Que no permitimos que el trauma nos defina, sino que la esperanza sea la que nos defina.

Amigos queridos. Amigos todos.

Todo lo que nos sucede, se nos da como arcilla para moldear nuestro arte.

En noches diferentes a todas las noches, regresan los rostros de los que partieron para compartir con una sonrisa esta, nuestra nueva mesa. La de las almas que nos acompañan a celebrar el tiempo. Todos nuestros tiempos. Escritores de nuestra propia historia.

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