
Hace poco más de diez años, la revista Time publicó un artículo titulado: “No seas dueño, compartí”. Algunos emprendimientos recién empezaban su camino en la economía colaborativa, una tendencia incipiente que creció en esta década y modificó los vínculos transaccionales de todo el mundo. “Los jóvenes están marcando el camino hacia un consumo diferente: alquilar, prestar e incluso compartir bienes en lugar de comprarlos”, decía la nota.
La ruptura de esa mediación trajo miles de ventajas y algunos debates. Se amplió la oferta y bajaron los costos en varios servicios. Algunos nuevos jugadores que ingresaron a los mercados proponían ir por todo y romper lo establecido ofreciendo un nuevo orden, donde había un facilitador indestructible: la tecnología.
Esa idea inicial generó resistencia y se transformó en amenaza. Las polémicas crecieron en, literalmente, todo el mundo con el agregado de que algunos predecían que la tecnología reemplazaría a las personas. Sin embargo, con el paso de los años, los mercados se acomodaron y las mejores soluciones fueron no aquellas que “rompen”, sino las que modernizan. La falsa dicotomía de “lo viejo-lo nuevo” quedó atrás y una década después el orden general es parecido, aunque potenciado.
El caso paradigmático es el del transporte. Había una demanda de solicitar de forma más sencilla un auto para trasladarse de un punto al otro y Uber fue la primera solución, en la mayoría de los países de Latinoamérica. Los taxistas ofrecieron resistencia y el conflicto escaló hasta niveles judiciales. Detrás llegaron muchas otras alternativas. Se incorporaron nuevas plataformas como Cabify, Didí y Beat, que generan aún más competencia. La tecnología no era un reemplazo, sino un aliado para un mejor servicio, al punto tal que los taxistas cuentan con una app y hasta pueden tomar viajes de personas a través de otras plataformas.
En el mundo del agro, la tecnología puede facilitar a que productores y transportistas estén en contacto. Sin agregar ni eliminar a ningún eslabón de la cadena, la logística tiene el potencial de ser más sencilla, ágil y redituable. Dependerá de que todas las partes se suban al viaje de esta nueva economía colaborativa.
La cuenta pendiente para Latinoamérica es que haya aún más propuestas locales. Nadie mejor que uno mismo sabe cuáles son las soluciones que se necesitan. Por ejemplo, la colombiana Rappi es un faro regional, que comenzó como solución logística de retail y hoy emplea a 8 mil personas entregando cualquier tipo de productos. Se modernizó la oferta para beneficio de restaurantes y consumidores.
Las cuestiones legales y legislaciones de cada rubro merecen una columna aparte. La nueva economía colaborativa se sigue basando en el “compartir”, ya no con el objetivo de reemplazar al mundo anterior, sino modernizando la oferta. De aquel primer cimbronazo que surgió hace diez años y agitó las aguas, la certeza que quedó es el poder de la tecnología para simplificar procesos.
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