
“Y dijo entonces Adán: Ella es hueso de mis huesos y carne de mi carne” (Génesis 2:23).
En el comienzo de la historia, en el instante en que el primer hombre vio a la primera mujer, esa fue su declaración. Estamos hechos de carne y hueso. Todos los seres humanos por igual. Pero no es apenas una referencia a nuestra dimensión material. La palabra “hueso” en hebreo es “Etzem”. “Etzem” también significa “esencia”. El hueso representa lo esencial de lo que somos, lo innato de nuestro ser, la sustancia de la que estamos formados. Mientras tanto el “Basar”, la carne, representa nuestra parte viva. Lo que recubre esa esencia. Las características de nuestra personalidad, nuestras emociones y sentimientos. El hueso sostiene, mientras la carne siente, sufre o disfruta. Es por eso que no es el hueso, sino la carne la que duele cuando nos hieren. La que sangra cuando nos lastiman. La piel que cubre el cuerpo se transforma así, en el canal de comunicación entre el interior y el exterior. El punto de conexión del mundo interno con el afuera.
En el texto que leemos esta semana, la Biblia detalla una extraña enfermedad que afectaba la piel. Su nombre es “Tzaraat” y fue por siglos mal traducida como “Lepra”. Si bien tiene características similares, por una gran cantidad de definiciones no se trataría de dicha dolencia. Según el relato, la piel comenzaba a tomar diferentes colores y llagas, el contagio era altísimo y el único remedio era el aislamiento absoluto de la persona. Alejada y apartada de la sociedad.
El texto dice que la afección aparecía “Beor Besaró”, en “la piel de su carne” (Levítico 13:2). De aquí los sabios comprendieron que lo que hacía la piel no era otra cosa que comunicar una falla interior. La piel decía lo que sucedía en la carne. El problema no estaba en la piel sino en lo que ocurría dentro de esa persona. En alguna característica de sus emociones, en alguna particularidad de su personalidad. Describen en el Talmud once males espirituales distintos que podrían provocar el “Tzaraat”. El más conocido es el “Lashón Hará - La lengua del mal”, el hablar por detrás, la difamación, el propagar un rumor, el chisme. La piel enferma exteriorizaba entonces, todo tipo de conductas oscuras. No era una enfermedad psicosomática. Era una dolencia ético-somática.
En el Midrash Tanjumah (Metzora 2) enseñan: “No leas Tzaraat, sino Tzarot”. El nombre de la enfermedad se escribe de igual manera que la palabra “Tzarot” que significa, “Problemas”. No nos hablan apenas de una enfermedad cutánea. Sino de la incapacidad de resolver los problemas que llevamos dentro, y que indefectiblemente afectan nuestro afuera. Las llagas del alma, esas que nos aíslan, las que nos dejan apartados y fuera de lo que queremos y de los que queremos.
El Tzaraat es la manifestación de los problemas de falta de conexión entre lo que nos sucede dentro y lo que mostramos o nos pasa afuera. Entre el interior y lo exterior. La distancia entre lo genuino y el disfraz. Lo que somos y lo que aparentamos. Lo que sentimos y lo que decimos. Lo que pensamos y lo que hacemos. Lo verdadero y lo falso. Entre lo que tenemos y lo que celamos. O tal vez, entre el ser y lo que podríamos llegar a ser.
Un problema requiere siempre un culpable. Exige un responsable. Esas causas generalmente las encontramos en algún factor exterior. Nos sucede en la Argentina: todos nuestros problemas vienen de afuera. De los mercados internacionales, de la guerra en Europa, del virus de China o de algún gobierno anterior. Lo mismo sucede en la dimensión de lo privado. Buscamos y encontramos siempre algo o alguien a quien culpar de nuestras propias limitaciones. La marca en la piel pide buscar adentro. Por eso el aislamiento. Porque sólo en la intimidad del encuentro con uno mismo, se logra hablar y descubrir finalmente el camino para sanar.
Amigos queridos. Amigos todos.
En palabras de Chesterton, el gran poeta británico, se puede liberar a un tigre de su jaula, pero no de las manchas de su piel. Sin embargo, no es lo que nos enseña nuestro relato. La piel puede volver a sanar. Se puede regresar a ese mundo perdido. Según nuestro texto, el que tenía Tzaraat debía traer un sacrificio. Todo exige sacrificio. Trabajo del espíritu. Sólo una vez que se logra ingresar, aceptar y cambiar el conflicto interior que ha generado la llaga, es que podemos entender y celebrar todo lo que nos sucede y espera allí afuera.
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