
Más allá de la monstruosa devastación que Rusia perpetra en Ucrania, hay otra destrucción menos visible pero igual de letal para un mundo que aún no se recupera de las heridas infringidas por el COVID-19. Se trata del deterioro de la infraestructura invisible de las finanzas, las comunicaciones y el comercio cuya urdimbre fue tejida lenta pero laboriosamente a partir de 1945. Desde entonces, las tareas de reconstrucción de Europa y Japón generaron un nuevo tejido comercial y económico que creó un espacio invisible de desarrollo mundial.
Hoy ese espacio será sustituido por la formación de bloques económicos parcelados constituidos por un grupo de naciones que entre ellas practican el libre comercio mientras discriminan al resto del mundo. Estos bloques son una suerte de sistemas solares con una economía líder en torno a la cual gira el resto. Así tendremos el bloque europeo; el bloque asiático y eventualmente, si las naciones de América Latina, maduran el bloque americano.
Esto contrasta con la situación de comercio que vivimos en las últimas seis décadas en la que el espacio económico era global. En síntesis, iremos de la globalización a la regionalización de la economía mundial.
Desde el punto de vista coyuntural, con excepción de un puñado de países productores de materias primas, el mundo entero va a sufrir mucho con esta guerra durante al menos tres años. En primer lugar, porque la inflación llegó para quedarse un rato. El COVID-19 descoyuntó la cadena global de suministro trastocando al comercio. En efecto, las flotas mercantes del mundo no han podido lograr restituir su personal porque la pandemia facilitó la migración de los camioneros y marineros hacia otras tareas vinculadas a la economía digital y su traslado hacia esos oficios es irreversible. Esto significa que los avances alcanzados en la reducción del precio de los fletes desaparecieron. Hoy la colocación de una tonelada de materia prima en cualquier lugar del mundo cuesta el doble o el triple de lo que costaba en 2019 mientras tarda el doble en llegar. En segundo lugar, China tiene aproximadamente 500 millones de habitantes de clase media para reactivar su economía con el consumo interno. La prioridad que se le daba a la exportación por tanto es menor. Así la producción china para otras naciones se ha reducido sensiblemente y esto lo sentimos en occidente a diario con los retardos en obtener repuestos para electrodomésticos; vehículos o enseres del hogar. Además, todos esos productos han subido de precio lo cual reducirá sensiblemente la demanda agregada interna de Europa, Estados Unidos, África y América Latina y por lo tanto la recuperación post COVID 19 será mucho más lenta y dolorosa.
A lo anterior hay que añadir el precio del aislamiento de Rusia de la economía mundial. Rusia es la economía número 11 del mundo. Es un suplidor importantísimo de energía para Europa y para el resto del mundo provee el 40% del paladio y 10% del níquel. El paladio se usa para construir semiconductores y el níquel en la fabricación de acero inoxidable y baterías para carros eléctricos y otros utensilios electrónicos. De manera que vamos a experimentar un alza en los precios de todos los equipos electrónicos y en los vehículos eléctricos e híbridos.
Y el último y quizás más importante costo que aún parece remoto es el de una recesión económica mundial profunda provocada por el cambio de los ejes económicos globales y por la necesidad de aumentar la producción de armamentos y reducir la producción de bienes de consumo civil. La última vez que este fenómeno se concretó fue al iniciarse la Primera Guerra Mundial cuando Inglaterra represó el consumo civil que se alimentaba de productos manufacturados en Estados Unidos. Al desaparecer la demanda por sus manufacturas Estados Unidos cayó en lo que hoy denominamos La Gran Depresión. Esto podría ocurrir de nuevo si la guerra en Ucrania se expande a naciones vecinas.
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