
El presidente Gabriel Boric pronunció un emotivo discurso desde el Palacio de La Moneda ante una multitud que colmaba la Plaza de la Constitución, pocos minutos después de haber sido investido como mandatario de Chile. Boric se dirigió a todos y todas, incluyendo también a los diversos pueblos y naciones que conforman el país, reconociendo la heterogeneidad y división que quiebran el criterio de homogeneidad y unidad para justificar la existencia de una nación como fuera la construcción por los héroes que lucharon por la independencia en el Siglo XIX.
El nuevo presidente reconoció que no partía desde cero y destacó una historia en la que fue “posible la expansión de la educación pública, el reconocimiento progresivo de los derechos de la mujer, la democratización del país y los derechos sociales”. Mencionó a José Manuel Balmaceda, Pedro Aguirre Cerda, Eduardo Frei Montalva, Salvador Allende, Patricio Aylwin y Michelle Bachelet. Ricardo Lagos fue el único excluido, a pesar de haber sido uno de los primeros en darle su apoyo para la segunda vuelta. Incluso hizo referencia indirecta a Sebastián Piñera al reconocer la “exitosa estrategia de vacunación del pasado gobierno”.
El discurso incluyó una crítica al sistema de administración de pensiones, al régimen de salud, al endeudamiento de los estudiantes, la discriminación de género y diversidad, la falta de apoyo a los artistas “porque la cultura no es lo suficientemente valorada” y al despojo de la tierra sufrido por los pueblos originarios. El Presidente Boric prometió que al terminar su mandato aspira a que Chile sea reconocido como un país que cuida de su gente, garantiza derechos y retribuye con justicia el aporte y sacrificio de cada uno de los habitantes. Fue una repetición de sus discursos de campaña agregando que trabajará para la redistribución justa de los frutos del crecimiento.
La exposición de Gabriel Boric fue aplaudida por con entusiasmo porque sus afirmaciones reflejaban las anhelos de la mayoría que lo convirtió en el presidente más votado de la historia de Chile. También se dirigió a la oposición, prometiendo escuchar las críticas constructivas y garantizando la libertad y el derecho a disentir.
La elocución no eludió el tema más candente que afrontará el Gobierno en su primer año. El Presidente Boric se comprometió a acompañar de “manera entusiasta” la Convención Constituyente que deberá finalizar su texto a mediados de este año y someterlo a un plebiscito en el mes de setiembre. Los textos aprobados hasta el presente prevén una reforma de los poderes Ejecutivo y Legislativo, la coexistencia de múltiples sistemas judiciales de acuerdo a los usos y costumbres de cada pueblo, la descentralización territorial y la participación de las organizaciones sociales y los pueblos originarios para decidir las inversiones y el reconocimiento de los derechos de los animales y del medio ambiente.
El texto de la nueva Constitución implica el mayor desafío en el primer año de gobierno. El rechazo en el plebiscito podría provocar la reacción de los mismos sectores que participaron de las protestas de 2019 y que hicieron del proceso constituyente un objetivo central para cambiar el paradigma social. En cambio, la aprobación obligaría a una discusión sobre los plazos para su implementación incluyendo la duración del mandato presidencial y la convocatoria a elecciones para elegir a los miembros de las nuevas instituciones.
El Presidente Boric enfrentará como suele suceder con todos los gobiernos las limitaciones de la realidad para cumplir con sus promesas de campaña las que ha reiterado en su presentación inaugural como si no hubiera diferencias entre la disputa electoral y el ejercicio del mandato. La juventud podría justificar su exaltación y las demoras para validar el camino evolutivo que supo reconocer al mencionar a sus antecesores y que lo enfrentará a los sectores radicalizados de los cuales formara parte y que aún lo acompañan.
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