Al Gobierno se le terminan las excusas

Es evidente que el Presidente no pretende modificar nada (menos aún quiere bajar el estrepitoso nivel de gasto público) y que el camino que decidirá recorrer será aquel que lo tope con un nuevo enemigo, tal vez el único que quede: el vapuleado sector privado

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Alberto Fernández
Alberto Fernández

Aparentemente el entendimiento con el FMI es un hecho. Nadie sabe a ciencia cierta si el mismo tendrá la suficiente fuerza como para lograr atravesar victorioso el Congreso Nacional o si en tal caso la Argentina podrá dar cumplimiento a las metas de corto y mediano plazo plasmadas en el principio de acuerdo con el organismo.

Si el acuerdo con el FMI no llega a bien puerto y Argentina definitivamente entra en default con el organismo, las consecuencias serán absolutamente impredecibles. El acuerdo con el Fondo Monetario Internacional en última instancia es un paso necesario e inevitable para que Argentina siga respirando, con dificultad, pero respirando al fin.

Por lo que no vale la pena aquí plantear el escenario apocalíptico sino más bien que es lo que enfrenta el Gobierno por delante a partir del entendimiento definitivo. Desde que asumió Alberto Fernández tuvo tres grandes enemigos que lo acompañaron durante toda su gestión: el ex Presidente de la Nación Mauricio Macri, la pandemia y el Fondo Monetario Internacional.

Los primeros dos enemigos del Presidente van quedando en el pasado. Independientemente de los errores que cometió Mauricio Macri mientras estuvo al mando del ejecutivo lo cierto es que ya ha pasado demasiado tiempo para seguir responsabilizándolo de todos los males del país. La pandemia de a poco va quedando atrás, con lo nefasto de la política sanitaria, entre cuarentenas eternas que destruyeron la economía del país hasta vacunatorios VIPs que condenaron a muerte a miles de personas que no recibieron su vacuna en tiempo y forma. Este enemigo además –por exclusiva responsabilidad del gobierno- ha pulverizado la imagen presidencial y hasta ha sido determinante en las elecciones de medio término del año 2021 donde el oficialismo perdió de manera contundente.

El tercer enemigo público del gobierno ha sido el FMI. Una deuda “impagable” a la que se la responsabilizó (y se la responsabiliza) de ser la verdadera culpable de nuestra decadencia. Una deuda que aparentemente no nos dejaba crecer y que no le permitía a los pobres de argentina salir de tal situación. Bastante curiosa la acusación: solo se abonaron de la deuda original unos 4.000 millones de dólares, nada que pueda impactar realmente en nuestro nivel de actividad o en nuestros alarmantes niveles de pobreza. Lo cierto es que si efectivamente los pagos cuantiosos al FMI en vez de tener que efectivizarlos a partir de este 2022 se deben hacer a partir del 2026 (o al menos es lo que se filtró del entendimiento con el organismo) esto significa que la deuda con el Fondo ya no es un tema que nos impida nuestro despegue.

A partir de aquí Alberto Fernández y el resto de los funcionarios que lo secundan ya no tendrán excusas: el FMI ya no es un problema, Mauricio Macri ha quedado demasiado atrás y la pandemia se está poco a poco apagando. Los caminos son dos: encontrar un nuevo y estimulante enemigo que nos siga entreteniendo y nos haga evitar afrontar la verdad, o hacer lo que se debe hacer en materia de reformas estructurales para intentar torcer las expectativas.

Uno de los caminos está descartado: el Presidente no para de festejar exultante el logro de no haber tenido que ceder –en el marco de la negociación con el FMI– y haber logrado evitar una reforma jubilatoria y una reforma laboral. También se mostró feliz por no tener que ajustar el gasto público. Es increíble que el Presidente de la Nación festeje jubilados pobres y 40% de informalidad laboral.

Es evidente que el Presidente no pretende modificar nada (menos aún quiere bajar el estrepitoso nivel de gasto público) y que el camino que decidirá recorrer será aquel que lo tope con un nuevo enemigo, tal vez el único que quede: el vapuleado sector privado. Cada uno de los cuentapropistas, pymes y empresas que aún queden en pie en la Argentina serán quienes sufran el nuevo embate oficial. En la batalla se los aumentará la presión fiscal, las regulaciones y las prohibiciones, acusándolos de la inflación y la falta de empleo, intentando así disimular algo que ya no se puede ocultar: la inutilidad del gobierno.

Esperemos que este no sea el paso definitivo hacia una Argentina eternamente pobre.