
Der Rattenfänger von Hameln (El cazador de ratas de Hamelin) es un relato de los hermanos Grimm que recoge una antigua leyenda alemana medieval. Todos recordarán ese cuadro dantesco de los pequeños santos inocentes sumidos en el embeleco, marchando tras el dulce sonido de la flauta hacia su trágico y definitivo final.
A tantos siglos de distancia, la leyenda continúa y parece revivir bajo el cautivante amparo de los sones de nuevas melodías. En efecto, son muchos los que con un cierto asombro que despierta impensadas expectativas, se preguntan hoy por el llamativo crecimiento del caudal electoral de Javier Milei.
Este se ha verificado particularmente entre las nuevas generaciones de millennials y centennials, como ha quedado demostrado en las últimas elecciones. A partir de ese baby boom se ha comenzado a hablar de un singular nuevo fenómeno político, tal vez el más novedoso de los últimos años.
¿Por qué tantos jóvenes (y no tan jóvenes) de diversas clases y segmentos sociales (y no solamente los acomodados) van tras él como al conjuro del llamado de una flauta mágica? ¿Qué resortes ocultos se mueven tras esas entusiastas adhesiones a una inédita sensibilidad que cautiva a una multitud de adolescentes?
Una fácil explicación de tono economicista, socialista o marxista adjudicaría su éxito a una campaña asistida por el mundo financiero de las todopoderosas corporaciones internacionales, y sin embargo nada estaría más alejado de la realidad, porque la construcción de su espacio político ha sido mas bien el resultado de un trabajo solitario que responde a otros factores completamente diferentes, pero que también se inscribe en una constelación de alcance más general.
Un fenómeno inédito
Las respuestas que han comenzado a ensayar los analistas políticos transitan variados registros, y tanto en el gobierno como en la oposición, aunque por distintos y aun opuestos motivos, suscitan una similar inquietud.
Ella se sustenta en que en un paisaje político muy fluido y cambiante, no sólo Milei apunta a representar un peligro para su denostado kirchnerismo, sino también para los prosélitos de la coalición opositora, ya que la clientela del nuevo partido se alimentará presumiblemente -al menos en una buena parte- de muchos de sus desencantados.
De este modo, al calor del crecimiento libertario, cada uno de quienes contemplan el fenómeno va perfilando su propia hipótesis, que como todo dato político no responde a un solo motivo. Tampoco hay una conclusión sobre su perdurabilidad, y no faltan quienes pronostican que se trata de una lluvia de verano, como tantas veces acontece en la escena pública, en la que- como en la vida artística- lo difícil no es llegar, sino permanecer.
Pero hay también quienes recuerdan que más de una vez ha sucedido que lo que comenzó siendo un sarampión juvenil, con el paso del tiempo se transformó en una enfermedad crónica. Por esto mismo, si la política es el arte de lo posible, y mucho más en nuestra bendita tierra, nadie arriesga una prospectiva definitiva. La simiente libertaria se afianza cada vez mayor fuerza, y hay quien se pregunta si no llegará a convertirse en un torrente de alcance nacional.
Lo cierto es que el recuento globular de los votos que constituye el entretenimiento básico de la clase política, es el que dictará su inapelable sentencia, porque el número es el criterio supremo de la democracia. Mientras tanto y trazando una proyección, ante la posibilidad de una probable pero sostenida ocupación liberal-libertaria del mercado electoral, a más de uno se les ha cortado el hipo.
En concreto, se ha tomado conciencia de que si bien a nadie se le asegura el éxito, la cosa puede ir a más, sobre todo cuando los datos de las encuestas sobreabundan en imágenes negativas en cabeza de tirios y troyanos.
Su consecuencia es que se están comenzando a frizar (dicho en spanglish) las iniciales sonrisas de conmiseración que eran las habituales ante el loquito gritón. En su reemplazo, ese anterior aire de suficiencia con que se recibían sus excentricidades va siendo sustituido progresivamente por un ceño fruncido y una cada vez menos disimulada mueca de preocupación.
A partir de la obtención de su banca de diputado se abre así para Milei un nuevo capítulo de la pequeña historia donde el protagonista podrá contemplar extasiado -con una de sus típicas sonrisas no exentas de cierta malicia- cómo se multiplican las posibilidades que le habrán de proporcionar las ofertas más variopintas. Ellas constituyen la certificación de que se comienza a verificar una vez más el ritual del exitismo, porque como siempre ha sucedido, todos quieren noviar con la linda del pueblo.
Una generación emergente
Un primer elemento por el cual resulta llamativa la conformación de este nuevo paisaje social es su carácter inédito, al menos en la política local contemporánea. En la moderna historia partidaria de los argentinos no existen antecedentes de que un movimiento como el liberal haya suscitado tamaño entusiasmo en los ambientes juveniles.
Es verdad que hubo pequeñas experiencias, pero ellas siempre han sido de carácter muy fugaz y limitado, como por ejemplo la Unión para la Apertura Universitaria (UPAU) en el mundo estudiantil de los ochenta y ahora recientemente relanzada al socaire de los nuevos vientos libertarios.
Aunque Milei con su medio siglo de vida ya ha dejado atrás la juventud, conserva sin embargo, junto a una formal apariencia de saco y corbata, un cierto aire de desenfado juvenil evidenciado en algunos elementos significativos como su afición a la música rockera, el uso de camperas de cuero que recuerda el aire rebelde de los motoqueros o su desordenada cabellera de la cual ha hecho un emblemático signo identitario.
Todo esto nunca se vio entre los atildados jovencitos liberales de antaño, pero en un mundo caracterizado por la primacía de la imagen, el detalle de la apariencia tampoco es menor, porque en los jóvenes la vestimenta es un rasgo distintivo de carácter diferencial, y de este modo ellos lo ven como un contemporáneo y no como el arcaico representante de una especie en extinción.
En ese sentido Milei forma parte de una adveniente generación de dirigentes liberales de aguda inteligencia y esmerada formación intelectual y cultural que hacen gala de una llamativa claridad expositiva. En un escenario gris como el de nuestra vida pública, este combo representa una formidable arma de persuasión.
Sumado al aire triunfalista de un winner muy a tono con la cultura competitiva que proclama una superioridad estética y moral sobre el adversario, el jefe de los nuevos libertarios suscita crecientes adhesiones por parte de un electorado hastiado de candidaturas impúdicamente mediocres.
Mediante el abundante uso de oportunos recursos mediáticos (su utilización de las redes y su presencia televisiva es desbordante) ellos han ido asumiendo un creciente liderazgo en los últimos años, donde se multiplican ejemplos como la guatemalteca Gloria Alvarez o el argentino Agustín Laje, articulados por una nutrida trama de influencers.
El liberalismo como movimiento tuvo su edad de oro entre nosotros en el periodo revolucionario de la primera mitad del siglo XIX, y a continuación en el siguiente de la organización nacional, en que se consolidó durante su segunda mitad. Sin embargo, desapareció en la centuria pasada, aunque mantuvo su influencia en los resortes económicos de las dictaduras militares, conformando una alianza con el autoritarismo político.
La verdad es que desde una perspectiva generacional, en la década del treinta y hasta la de los borrascosos setenta, cuando nadie dudaba de que el futuro sería inexorablemente socialista, tener veinte años y ser liberal sería considerado una suerte de contradictio in terminis. Representaba un estigma suficiente como para ser socialmente desacreditado como un nerd o una suerte de marciano. Tanto por derecha como por izquierda, todos los jóvenes eran desaforadamente antiliberales.
¿Cómo se explica entonces esta explosión primaveral? Puede brindar una ayuda para comprender lo que está sucediendo verificar el contexto, en primer lugar de un rechazo como pocas veces se ha visto al mundo de la política, y en concreto el brutal desprestigio que sufren quienes se dedican profesionalmente a ella y que constituyen su clase dirigencial.
Este rasgo no es menor y ciertamente tampoco algo nuevo sino recurrente, pero en estos momentos alcanza una peculiar intensidad. Su importancia reside precisamente en que en la misma proporción en que aumenta el desengaño, crece también quien se sitúa como su opuesto, y esa contracara posee un rostro de enfant terrible que identifica a Javier Milei.
Que se quiebre pero que no se doble
La oposición al desprestigiado universo político es general por parte de la entera sociedad, en tanto alcanza a todas las clases sociales, debido a factores múltiples que conforman una realidad compleja. Pero esa complejidad no impide su obscena evidencia, como lo certifican la mentira y la corrupción, y en general el desembozado y escandaloso abandono de la ética, una actitud tramposa que ha pasado a ser la regla de la vida pública.
En efecto, el curioso criterio que se ha instalado en buena parte de la trama social reza que el ejercicio de la política requiere o admite una ética diversa de la privada, donde estarían permitidas determinadas prácticas que se han naturalizado como normales o inevitables en el funcionamiento ordinario de la sociedad. Pero nada es gratis en esta vida, diría el propio Milei, y esto tiene sus lamentables consecuencias.
Su acierto consiste en haber vinculado la corrupción al estatismo. Por este camino se produce una licuación de la credibilidad, nadie cree ni en nadie ni en nada, y entonces es aquí donde Milei cosecha crecientes adhesiones que precisamente constituyen el producto de una crispada actitud de carácter ético que se expresa de un modo radical. El es el recipiendario de la bronca que con infinita paciencia de orfebre canaliza legítima y eficazmente en su propio provecho.
Este mismo radicalismo (con la inclusión de la palabra radical) como factor constructivo de un andamiaje político, fue también utilizado partidariamente en su momento para recoger una parecida sensibilidad que pretende encontrar una coherencia definitiva en ciertas verdades respetables consideradas perennes e inamovibles.
Esa actitud de integridad es precisamente la que en el pasado fue expresada con el lema “Que se quiebre pero que no se doble”, según la consigna acuñada por el tribuno de la plebe Leandro Alem, que es el fundador del partido radical, consecuente con ella hasta el suicidio. Otro venerable patriarca del mismo origen, como lo fue Hipólito Yrigoyen, encarnó un idéntico y frontal rechazo al establishment como “el régimen falaz y descreído”.
De modo paradojal, esa misma demanda de pureza insistentemente reclamada en las clases medias sería posteriormente canalizada por el militarismo, pero ella quedaría nuevamente sin atender desde su precipitada y profunda declinación con el fin de la última dictadura y el advenimiento de la democracia.
Dicha sensibilidad parece volver a encontrar en la movida liberal libertaria un nuevo cauce que no supieron proporcionarle los fallidos esfuerzos por articular una versión local de movimientos europeos como el de los indignados y de los cuales el español Vox constituye una de sus expresiones más representativas.
El panorama muestra un fenómeno complejo y difícil de desentrañar. En el nuevo segmento político conformado por elementos heterogéneos asoma también como dato novedoso que una derecha de talante vergonzante que nunca quiso asumirse como tal, ahora comienza a reconocerse a sí misma y consecuentemente a hacerse cargo de su propia identidad.
Uno de los cambios que presenta este nuevo cuadro reside en que ella no aparece ya anclada en un pensamiento tradicional de corte conservador como hasta ahora estábamos acostumbrados, sino con un perfil inverso de carácter marcadamente contracultural que ha estado en crecimiento en unos cuantos países, pero que no ha logrado todavía hacer pie en la Argentina.
Una épica liberal
Otro elemento interesante por su novedad consiste en la presencia del factor patriótico, que desde larga data ha sido un patrimonio de carácter casi exclusivo del nacionalismo católico y del militarismo, y en todo caso también del peronismo. La Revolución Argentina constituyó en esta dirección el intento fallido de una confluencia entre nacionalismo y liberalismo, ambos seculares rivales en permanente oposición.
Es por esta razón que ver una bandera argentina o escuchar la marcha de las Malvinas en un spot del líder libertario resulta entonces sorprendente. El llamado de la Patria, hasta ahora ausente del liberalismo argentino -y por lo cual éste ha sido permanentemente hostigado bajo la acusación de cipayo o vendepatria- aparece en el discurso de los nuevos libertarios con una consistencia que no había conocido durante todo el pasado siglo.
El motivo por el que corresponde prestar atención a este nuevo rasgo del liberalismo reside en que en el discurso en torno a los valores patrióticos, el factor emocional es un ingrediente de primera importancia en la vida social, sobre todo en las actuales circunstancias en las que la sociedad civil se encuentra bajo el influjo de un áspero clima emotivista.
Siendo harto conocido que la emoción patriótica juega de una manera decisiva en materia política, a poco que se observe la personalidad del protagonista puede verificarse que si algo resulta preponderante en su mensaje, junto al planteo racional de un redondo silogismo, es su fuerte componente emocional y su llamado salvacionista al rescate de la república perdida: aux armes, citoyens!.
De este modo, la incorporación de una épica al liberalismo de la que ha estado carente por tanto tiempo, le proporciona un aire movilizador que recuerda al antiguo espíritu de cruzada que siempre ha agitado a las multitudes. Ella resulta entonces un elemento fundamental que permite comprender las dimensiones expansivas que va asumiendo el nuevo fenómeno.
Una mirada a nuestro alrededor nos muestra que en numerosos movimientos actuales que bullen en todo el mundo occidental (también expresada en los populismos) se refleja la aguda crisis de la representación o, en una perspectiva mas genérica, la decadencia de la democracia liberal tal como hasta ahora ha venido funcionando. Es verdad que no es nueva, pero los intentos de reforma no han conseguido superarla y por el contrario, ella se ha visto notoriamente profundizada.
Los nuevos libertarios asumen una sensibilidad más positiva que sus antecesores (ordinariamente golpistas) ante este cuadro crítico, pero en general siguen suscribiendo fuertes cuestionamientos al sistema, al menos respecto de sus actuales formulaciones, en una actitud de búsqueda que conecta con el desencanto general de la sociedad.
La casta política
La acertada estrategia de Milei consiste en un rechazo global que desatiende el camino autoritario de los antiguos liberales, pero a partir de haber caracterizado y etiquetado con evidente acierto al enemigo, rebautizádolo como “la casta política”.
Esta y otras sensibilidades como su visceral anticomunismo y el fervor patriótico le asignan al liberalismo libertario sintonías con distintas vertientes de las derechas pasadas y presentes. Por una parte le distinguen de los antiguos fascismos, pero por otra lo aproximan a una relación empática con los nuevos posfascismos tan del gusto de las clases medias.
Hay que advertir también, que aunque no parece ser este el caso, lo cierto es que el desprestigio de la clase política es el pivote sobre el cual suelen tradicionalmente girar o asentarse los autoritarismos de la más variada especie.
Es así que él no se sitúa entonces como un defensor del statu quo, según era lo característico del programa conservador-liberal de corte tradicional, sino precisamente en la vereda de enfrente. Milei parte de la base de que los enclaves institucionales más importantes de la vida social han sido incorporados a la cosmovisión progresista-socialista mediante la llamada guerra cultural, tal como lo suscribe la tesis de Antonio Gramsci, y después de la Escuela de Frankfurt, denunciada en los años setenta por el filósofo italiano Augusto del Noce.
En la vida política resulta fundamental -como sabe cualquier puntero de barrio- la identificación de un buen enemigo, simplificando la realidad con el esquema de la lucha entre el bien y el mal. Es lo que sucede en otros ámbitos, como conocen también los periodistas siempre en busca de un título que invite a leer el artículo y los publicitarios en procura de un eslogan pegadizo que favorezca las ventas.
En todos estos casos resulta clave la transmisión sintética e impactante de un mensaje, y Milei parece haber dado en el clavo. El sintagma de la casta política que produce un fuerte impacto en la opinión pública, pone el dedo en la llaga de un sujeto indefendible, sobre todo debido a que no se trata de ningún invento, sino que por el contrario sus miserias encuentran un legítimo sustento en la realidad más cotidiana.
La caracterización como “casta política” que apunta a remitir a una sociedad mafiosa resulta equivalente a la burocracia estatal que durante el imperio soviético se referenciaba en la Nomenklatura, la privilegiada elite gobernante que conformó una verdadera oligarquía que en nombre del pueblo y de su liberación se eternizó en el poder para sojuzgarlo impiadosamente.
Otra equivalencia podría ser una etiqueta que caracteriza a un sujeto político como el símbolo del mal, identificándolo en la categoría de enemigo del pueblo. Es lo que evidenció constituir una acertada expresión cuando, tras el fin de la última dictadura castrense, los radicales denunciaron un supuesto pacto militar-sindical, articulando una fórmula que constituyó la exitosa consigna electoral que contribuyó al triunfo del alfonsinismo en los ochenta.
La crítica al poder
Esta animadversión tan pronunciada ante los políticos en general se inscribe a su vez en el evidente desprestigio que afecta en nuestros días al concepto de autoridad, no solamente en el terreno de lo público sino en cualquier otro ámbito de la vida social. Toda autoridad será así siempre sospechosa de esconder un muerto en el placard. Lamentablemente, vivitos y coleando, los muertos casi siempre ahí están.
Este espíritu de sospecha alimenta las fantasías de las teorías conspirativas y confirma el viejo refrán que sentencia “piensa mal y acertarás”, esparciendo un negativo espíritu de escepticismo en el conjunto de las relaciones sociales. El poder siempre ha sido un blanco fácil de la crítica popular, y acaso sea éste hoy por hoy su único consuelo.
Más aún, mientras más poder acumule una persona o una institución, tanto más será considerada por la vulgata como el villano de la película. En este sentido el mensaje libertario de Milei -de incisivo carácter anárquico- da en el blanco en su corrosiva crítica del monstruo estatal y su correlativa demanda de espacios de libertad.
El certero discurso libertario inhiere en realidades ostensibles como los inocultables rictus autoritarios del peronismo, pero sobre todo en las percibidas asfixiantes pulsiones disciplinarias de un poder expuestas al rojo vivo durante la pandemia.
En este sentido, el poder es no sólo considerado el titular de inmerecidos privilegios y una fuente de corrupción en sí mismo, sino también y sobre todo un injusto agresor. En denuncia libertaria se percibe una vez más la descripción hobbesiana del Leviatán.
Curiosamente en la nueva corriente también pueden alistarse muchas voluntades anti sistémicas que constituyeron el sostén civil del militarismo durante todo el siglo pasado, devenidas huérfanas de representación con la entronización aparentemente definitiva del sistema político democrático. Lo cierto es que la sacralización de la democracia puede generar efectos opuestos a los deseados cuando se le exige o se le adjudica lo que ella no puede brindar.
Si el discurso político ha podido articularse con el concepto de que con la democracia supuestamente se come, cura y educa, lo cierto es que en los hechos ella exhibe impúdicamente sus modestos límites y sus propias miserias, por lo que esa contradicción entre ideales abstractos y concretas realidades, también suscita rechazos que en otros tiempos podían alimentar el voto protesta nulo o blanco. En este punto también se asienta cómodamente Milei en su radical cruzada antiestatista.
La vertiente anarquista
El movimiento libertario exhibe fuentes de diversa naturaleza y no abreva solamente en la tradición liberal clásica de la que se considera heredero, sino también en el anarquismo. Las críticas a los fallos y limitaciones del sistema político encuentran en el anarcocapitalismo un adecuado refugio que conecta e infunde un nuevo vigor a las trasnochadas tesis anarquistas. De esta suerte, dicha matriz -aunque muy lejos de las versiones tradicionales de la ideología-, constituye otra de las novedades que él aporta al presente teatro de guerra.
El anarquismo nunca fue una ideología predominante en el escenario local y desapareció absorbida por el peronismo, aunque mantiene una ínfima pervivencia en la actualidad, potenciada por los nuevos individualismos. Así pareció evidenciarlo al menos el fallido atentado al mausoleo del coronel Ramón Falcón producido tres años atrás en la Recoleta. Con todo, es del caso aclarar que la violencia no es un rasgo intrínseco al anarquismo.
Este tuvo un inicial arraigo en el país en el sindicalismo de los primeros años del siglo pasado y dejó de tener presencia social hasta reaparecer de modo fulgurante a fines de los años sesenta como uno de los sustentos ideológicos del Mayo francés, entonces expresado en consignas como “prohibido prohibir”.
De este revival sobrevivieron algunos retazos, como los okupas y otros grupos marginales. El caso de la ítalo-argentina Soledad Rosas, recientemente biografiada cinematográficamente por Agustina Macri y Vera Spinetta, constituye un ejemplo de esa supervivencia disruptiva.
Como ha sucedido entre nosotros con la izquierda, tampoco el anarquismo ha conseguido alcanzar una expresión política consistente, sino meramente cultural (lo que ciertamente ha mostrado ser muy efectivo). Pero más allá de unos cuantos puntos de contacto como es el odio al Estado, las diferencias con los libertarios son profundas.
En todo caso la estrategia de la izquierda consiste en haber inyectado su propio contenido a movimientos ajenos, como aconteció en los tardíos sesenta con las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y en general con la llamada Tendencia Revolucionaria, en lo que podría denominarse un intento de marxistización del peronismo.
Otra de las características del fenómeno Milei es su naturaleza disruptiva, que constituye un rasgo propio de la cultura posmoderna y no solamente juvenil. La crisis generalizada del sistema y sus miserias lo han convertido en un blanco fácil que ha suscitado múltiples formulaciones reactivas, incluso hasta las propias del género bizarro, como la Cicciolina o Beppe Brillo en Italia o su más reciente versión local, el payaso Marulito.
La teatralización del estilo cuidadosa y provocativamente rupturista respecto de los buenos modales burgueses que exhibe Milei, que a algunos de sus compañeros de ruta les ha parecido una fantochada, no es ningún exabrupto sino que posee un sentido y parece apuntar, aunque de una manera más sutil, a la captura de nuevos auditorios en la sociedad del espectáculo.
El mesianismo juvenil
Los jóvenes se reconocen como los futuros protagonistas de un mundo mejor al heredado, porque sienten que es ésa la ley del progreso humano. ¿Qué es lo propio de la juventud? Lo que define a un joven es el cuestionamiento a la autoridad, un rechazo que forma parte de su búsqueda de la identidad. En términos freudianos, matar al padre para poder ser él mismo.
Por eso es que si algo lo caracteriza (sobre todo desde que este colectivo comenzó a diferenciarse como un segmento social específico y autónomo) es su identificación en la dinámica de lo nuevo que gira sobre la novedad del cambio y su consecuencia que es la actitud contracultural.
Ella se traduce en términos de una oposición a la cultura dominante, que ha articulado la cada vez más asfixiante dictadura de lo políticamente correcto y su consecuencia que es la regla de la cancelación. Los nuevos libertarios rechazan estas autoritarias imposiciones dignas de un espíritu inquisitorial en nombre del valor supremo de la libertad.
La sensibilidad de los que llegan incluye la convicción de que los males de este mundo se deben a una cultura a la que consideran arcaica y que constituye la natural herencia de sus antecesores. Dicho de otro modo, la perversidad que hoy sufrimos es un fruto de la inutilidad de todos quienes han precedido a las nuevas generaciones.
La conclusión es que ese imperfecto constructo requiere entonces ser sanado, purificado o limpiado de sus pecados por los recién llegados, y es esa precisamente su misión histórica, que consiste en acometer empresas imposibles a la que ellos siempre se han sentido llamados a lo largo de todos los tiempos.
Cada joven, como puede verificarse sobre todo a partir de la modernidad, no ha dejado de mirar alguna vez a sus mayores con un gesto arrogante y displicente, al tiempo que espera impaciente el áureo momento que le sitúe en la oportunidad histórica de reeditar el mito de los trabajos de Hércules. La agenda programática de Milei podría recordar cualquiera de las hazañas del superhéroe greco-romano, como el lavado de los establos de Augías que puso fin a un mundo de excrementos.
El afán de una limpieza imprescindible sobrevuela ominosas realidades clamando al cielo. El candidato brasileño Janio Quadros utilizó la escoba como un símbolo de su campaña política a mediados del siglo pasado. En un juego muy del gusto juvenil, Milei se ha presentado caracterizado como el capitán ancap (anarcocapitalista), que barre la corrupción del populismo.
Es esa misma actitud heroica de pretender redimir al mundo agitando el as de espadas, la que Milei expresa y transmite doblando la boca hacia la derecha, y en la que tantos jóvenes -cumpliendo las prescripciones de esta constante histórica- también hoy se reconocen y con la que se sienten entusiastamente identificados.
La ideología del líder libertario alberga contornos de diferente especie. Este grito de guerra que parece nihilista del “rompan todo” es el que Milei precisamente vocifera con prístina claridad y el que suscita tantas adhesiones juveniles, porque recoge el deseo de un cambio radical que es intrínseco a su naturaleza naciente: cuando algo se construye, hay algo que también se destruye.
En él se advierten entonces inconfundibles rasgos revolucionarios, pero ellos se distancian de la sensibilidad anarquista tradicional y son en realidad característicos de la derecha, como el de la ley y el orden, y sobre todo la construcción de la riqueza por el camino de los valores individuales del sacrificio y el trabajo. Como suelen recordar las clases medias mirando a sus antepasados, así se construyó la Argentina.
Un proyecto individualista
Finalmente, en esta perspectiva, y por lo dicho, no resulta tan fácil someter al superhéroe libertario a un casillero, porque su pensamiento se desdibuja del típico programa conservador propio de la derecha, pero menos podría ser identificado con la izquierda, aunque puedan percibirse en el mismo ciertas afinidades con una actitud supuestamente progresista.
De otra parte, claramente hay en Milei un rechazo visceral al socialismo (y no solo en su versión más extrema del comunismo) y una correlativa integración irrestricta en el sistema capitalista, así como también una adhesión a ciertos valores conservadores, como por ejemplo su actitud contraria al aborto legal, al lenguaje inclusivo y al requiebro impositivo de las nuevas corrientes del género.
Sin embargo y desde el giro subjetivista se producen confluencias entre el espíritu liberal libertario y el anarquista en tanto hay aquí también una visión compartida del hombre que se hace a sí mismo, sin la protección maternal del resorte estatal que en ambos es leído como sometimiento y que mantiene a la sociedad en un perenne estadio de infantilismo. Pero la implantación socialista del anarquismo traza una línea de separación infranqueable entre ambos.
Algunos intelectuales de culto como la escritora ruso-norteamericana Ayn Rand alimentan el caudal del nuevo credo, que crece raudamente sobre todo en la juventud, porque interpreta políticamente el acendrado individualismo que exhibe el clima relativista informante de toda la cultura contemporánea.
El discurso de Milei que parece dinamitar valores colectivos como el bien común impacta especialmente en la sensibilidad de los jóvenes, expresada en una propuesta existencial denominada proyecto personal de vida. Dicho de otro modo, se trata de la emergente expresión política de una realidad social previa a la que él proporciona la respuesta adecuada.
Si nos olvidamos por un momento del corte ideológico, puede verse que el líder libertario expresa en cierta manera la misma actitud que en los 60 fue propia de los montoneros, aunque ambos se sitúen en lugares opuestos de la geografía política. En este sentido podría decirse que Milei es el último montonero.
Los guerrilleros peronistas expresaron -si bien de una manera violenta- ese mismo sentido mesiánico propio de las advenientes generaciones que como un nuevo Alejandro colectivo encarnan la inextricable tarea de cortar de un mandoble el nudo gordiano del mal en la vida social.
Los montoneros se autopercibieron como el ángel exterminador, pero también como los portadores de la buena noticia de un mensaje redentor. Una multitud de jóvenes que entendieron asumir una misión purificadora del mal, hicieron presente en ese momento histórico el deseo profundo de un hombre nuevo y de una nueva sociedad.
Fue para cumplir esa misión histórica que ellos se embarcaron en una cruzada del horror que los conduciría, como los niños del flautista de Hamelin, a un triste exterminio. Cabe esperar que esta nueva edición de la leyenda tenga un contenido muy diferente de aquella saga mesiánica y nos reserve ahora un final distinto.
El jesuita Leonardo Castellani, un escritor genial cancelado por la cultura progresista, decía con su personalísimo gracejo que hay dos cosas de las que la juventud argentina no se salva: el comunismo y las venéreas. Si se confirma la tendencia, habrá que actualizar esa caracterización diciendo que hay dos cosas de las que la juventud argentina no se salva: el SARS-CoV-2 y el libertarismo.
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