El jueves los senadores -conmovidos, lágrimas en los ojos- de pie aplaudieron las palabras y el gesto de grandeza que nos brindó Esteban Bullrich, con su presencia, sus palabras y su renuncia.
Joven, papá, sabemos de sus muchos sufrimientos y de su ejemplaridad de vida ante el dolor. Recibimos su lección, generosa, desde la aceptación de un futuro no elegido.
Repicó en su discurso lo esencial: para ser una Nación al menos tenemos que aceptar, sino desear, un proyecto de vida en común. Negarlo, lo hacemos hace años, es congelar el futuro e instalarnos en este presente en continuado que nos seca y que busca – obsesivamente – la justificación en “el pasado de los otros”: la paja en el ojo ajeno que nos impide registrar la viga en el propio.
Esteban, desde esa profundidad que otorga la plena consciencia del dolor implacable, llamó al “consenso”. A sentir en común. Por ahí se empieza. No lo estamos haciendo.
José Mujica, escandalizado, dijo “quiéranse un poco más”. Es tan obvio. Mientras todos aplaudían al senador Esteban Bullrich Cristina Fernández Kirchner permaneció sentada, sus seguidores, al pararse, rechazaron esa estúpida intransigencia, ese gesto de soberbia y pésimas maneras, que acusan una personalidad que -más allá de cuál fuera su voluntad- resulta tóxica para construir el sentimiento que habilita a la amistad política. Triste.
Inentendible para seguidores de Juan Perón o de Ricardo Balbín o de todos los líderes políticos que lograron -bajo la dictadura y la guerrilla de los “estúpidos imberbes” entre bombas y asesinatos- construir una amistad política, conservando las diferencias, pero conversándolas semana tras semana.
“El que gana gobierna y el que pierde acompaña”; “este viejo adversario despide a un amigo”. Esteban no lo vivió. Pero dio testimonio. Los senadores, de pie, “lo sintieron”.
El sufrimiento de uno abrió el sentimiento de todos. Un instante, en el Senado, en que vivimos el valor de la amistad política sin la cual la construcción de la Nación es imposible.
Estamos viendo las consecuencias de hacer la Nación imposible.
Más del 60% de los niños en la pobreza es la evidencia del enfermo desamor que hace que lo posible, la vida apetecible en un país con inmensos recursos, lo hayamos tornado, hasta ahora, en improbable.
Las palabras de Esteban Bullrich fueron un grito de alguien que, por el dolor, esta viendo más allá de nuestros ojos estrechados para no ver. Nos dice -con su decisión- que gestar el consenso, que él reclama, se hace con la materia prima de las renuncias.
Su renuncia es pedagogía. Pocas cosas contribuyen más al consenso que renunciar al bloqueo ideológico que descalifica la escucha.
Concertar es ceder
Para concertar, que es hacer cierto un camino, es necesario que los actores, los protagonistas, estén abiertos a ceder. Para ceder sumando, hay que observar el futuro y pensar el presente.
Tal vez sean propias, aquí y ahora, aquellas palabras de John F. Kennedy “no piensen en lo que el país puede hacer por ustedes sino que pueden hacer ustedes por el país”. O ¿qué es lo que vamos a ceder en la formación de un consenso sólido?.
Un ejemplo de la construcción del entendimiento son los regalos silenciosos que practicaban algunos pueblos, que llamamos “primitivos”, previos a construir la paz que necesitaban. Los tributos para la paz, algo bien distinto a las reparaciones a los que obligan los vencedores en las distintas guerras.
De eso hablaron las palabras y los gestos de Esteban. Pero tal vez por no haberlo reflexionado, y por esa razón sería perdonable, se haya manifestado tan violentamente esa incapacidad de compartir y el gesto adusto, de quien -en gélida soledad- presidía la sesión.
No es sana la incapacidad de conceder un gesto, aún ante la unanimidad de propios y ajenos. No es reparadora.
Una celebración y un marcar la contradicción inútil al mismo tiempo.
Todo esto ocurrió, en medio de una batahola mezquina en el seno de la coalición opositora. Mal.
Peor. El viernes el kirchnerismo, en el gobierno, celebró un aniversario de la “democracia del Estado”: no hay otra. Una contradicción.
No fueron protagonistas -Plaza de Mayo, recursos públicos- todos los que constituyen “el Estado de la democracia desde 1983″. Eso es lo que celebramos.
Los que gobiernan no aceptan acompañantes. No se invita a los ex presidentes. Exclusión es la negación del consenso. ¿Qué celebraron? Respuesta: un gobierno.
La democracia es la alternancia. No “un gobierno”.
Una fiesta no es de “la democracia” si se celebra la invisibilidad de “los otros”. Esa celebración fue la exaltación de la contradicción. Una pena enorme.
En 24 horas pasamos de una ovación del pleno del Senado, la imagen del federalismo, a la renuncia de Esteban, a la oración del consenso, a un festival -pago y caro- de la contradicción, mientras muchos argentinos que gambetean la miseria se preguntan ¿qué tenemos que festejar?
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