
Cada 5 de diciembre se conmemora el Día Internacional del Voluntariado, una fecha que nos permite difundir y valorizar el aporte que realizan las personas que, desinteresadamente, brindan su tiempo, comparten conocimiento, y ofrecen ayuda concreta para solucionar problemas y aliviar distintas necesidades.
Ser voluntario implica comprometerse a llevar adelante una serie de actividades, con frecuencia y plazos determinados, dentro de una organización con la que se comparte una misión, y se siente gran identificación.
Pero ser voluntario es mucho más que eso. Es pasar a formar parte y contribuir a crear, al mismo tiempo, una red de contención, de asistencia, que genera vínculos y sentido de pertenencia. Por el impacto de sus acciones y su capacidad de transformación, se trata de un rol que conlleva compromiso y responsabilidad.
Las personas voluntarias son agentes de cambio. Ayudan a reparar el mundo, desde un sentido íntegro de la justicia social y la promoción de los derechos sociales.
Si bien su rol siempre estuvo asociado a esta capacidad de modificar realidades, el contexto de pandemia que vivimos desde marzo de 2020, dejó al descubierto de manera muy evidente, cómo una acción altruista organizada puede ser un sostén y generar un momento de conexión y cercanía con el otro, a pesar de la distancia.
Desde brindar ayuda concreta para que las necesidades primarias estén garantizadas, hasta acompañar de manera telefónica a los adultos mayores que estaban solos confinados en sus casas. Desde enseñar a usar los dispositivos tecnológicos, hasta tejer prendas para abrigar a las personas necesitadas. Desde asistir de manera remota a realizar trámites on line, hasta grabar cuentos infantiles para que se transformen en una agradable compañía a la hora de ir a dormir.
Las acciones voluntarias que se pueden emprender son innumerables. Ante la emergencia sanitaria desatada, estas respuestas llevaron alivio, contención y calma. Fueron –y lo siguen siendo– la cara de la solidaridad, la empatía y el altruismo.
En un contexto en el que todo cambió vertiginosamente, y se barajaron y se volvieron a repensar las prioridades, muchas personas sintieron la necesidad de hacer algo por los demás. Frases como “Yo puedo”, “Estoy disponible”, “Quiero ayudar”, “Me sumo” fueron los mensajes que a diario, por ejemplo, comenzamos a recibir en AMIA. Canalizamos ese interés y los proyectos que realizamos desde el área de Voluntariado se fortalecieron y se multiplicaron.
En este sentido, es necesario resaltar la importancia de contar con programas de ayuda diseñados desde un enfoque profesional, y la orientación y la capacitación permanente que las personas deben recibir por parte de la institución en la cual desarrollan sus acciones voluntarias.
Las infinitas posibilidades que se abren cuando se generan alianzas con otras organizaciones son también otro aspecto a tener en cuenta en el terreno del voluntariado. El trabajo en red siempre suma y construye puentes que nos permiten ser más eficientes y brindar mejores respuestas a las personas que nos están necesitando.
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