
La idea siempre es recibida con buenos ojos. Los empresarios y ejecutivos aceptan la reunión y quieren hablar de transformación sustentable. Ahora, cuando llega el momento de hacer un plan de implementación, empiezan las dudas. Y aparecen los miedos.
La buena noticia del proceso es que cuando esos temores se ponen sobre la mesa, se pueden enfrentar. Y así la decisión de llevar adelante una transformación sustentable en las empresas -un camino inevitable según los mismos empresarios- empieza a convertirse en realidad.
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Estos son los principales miedos:
No tiene que ver con mi negocio. “Encarar una transformación sustentable es algo accesorio, que no tiene que ver con el core de la compañía”, sería la versión ampliada y una de las primeras nociones a desterrar. Por la positiva o la negativa, la sustentabilidad es fuente de oportunidades o de riesgos. Son muchas las empresas que todos los años deben afrontar multas y compensaciones por daños ambientales, y eso sin considerar el costo reputacional. A la inversa, una lógica sustentable tiende a renovar la propuesta de valor hacia los consumidores -Tesla podría ser el ejemplo paradigmático- o incluso levantar capital para el desarrollo del negocio.
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Por ejemplo, en 2020, Mercado Libre registró que 720 mil personas compraron productos que reducen la emisión de gases de efecto invernadero, promueven la eficiencia energética o están fabricados a partir de desechos industriales, un crecimiento del 86% contra años anteriores. En definitiva, todas las empresas tienen la oportunidad de generar un impacto positivo. Eso no significa crear un programa lateral de Responsabilidad Social, sino entender, dentro del negocio, cuáles son las prácticas y realidades que tienen una relación directa con el entorno, para maximizar su beneficio, generando valor compartido.
Tengo que dar vuelta toda la empresa. La sustentabilidad necesariamente implica gradualidad. No se puede transformar y convertir una organización de la noche a la mañana. Además de poner en crisis a la misma en términos culturales y productivos, también lo haríamos seguramente en términos económicos. El camino hacia la sustentabilidad debe ser coherente. Lo primero será evaluar y entender para luego actuar. Adoptar nuevas prácticas y buscar nuevos caminos es un ejercicio constante al que no se debe renunciar por una potencial dificultad. Grupo Mitre, una empresa de demoliciones argentina -un sector no relacionado directamente con la sustentabilidad-, encontró que en la “basura cero” había un norte y no tuvo que cambiar su foco de negocio, sino, todo lo contrario, este se potenció. Hoy es una empresa con certificación B, reconocida internacionalmente, y que hace de la economía circular uno de los puntos más fuertes de su propuesta de valor.
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Lleva demasiado esfuerzo. Todo cambio de paradigma lo requiere, y estamos viviendo un nuevo abordaje sobre la sustentabilidad a nivel global. El primer gran desafío es cambiar la perspectiva e incluso comenzar a entender como operaciones vigentes de la compañía, probablemente ya estén creando impacto positivo. En segunda instancia, resulta trascendente evaluar el panorama actual: las empresas necesitan entender cuál es el impacto que están teniendo en el eje ambiental social y en términos de gobernanza.
Ser coherentes y graduales en el desarrollo a plantear es crucial para administrar adecuadamente los esfuerzos.
No es el momento en la Argentina. Este es uno de los puntos más difíciles de encarar, porque es verdad que la Argentina pasa por un momento de crisis. Emparentado con los puntos anteriores, aquí se trata de entender que el camino hacia la sustentabilidad es escalable, que hay oportunidades para estructurarlo como parte del flujo del negocio y que la transformación ESG ofrece oportunidades de crecimiento que no pueden ser desechadas. La contracara de no innovar, además, implica un riesgo; riesgo de quedarse fuera del mercado frente a competidores que sí decidieron construir un camino de triple impacto; riesgo de nuevas regulaciones que impacten negativamente en el negocio. Por ejemplo, Plásticos Mendoza es una empresa chilena que tuvo una caída del 50% de su facturación por un cambio regulatorio ambiental. Como indica el caso, un golpe tan abrupto es mucho más costoso que un cambio interno.
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No veo beneficio económico. Ya sea por demanda de los consumidores finales, o impulso de la cadena de valor, la gestión sustentable de productos y servicios se comienza a tornar inexorable. Sino es por la posición actual, comenzar a abrazar la sustentabilidad garantizará el flujo del negocio futuro.
Además, con 460.000 millones de dólares en emisión de bonos verdes, sociales y sostenibles durante 2020, el mundo está en un momento excepcional para la financiación en clave sustentable. Además de que cambiar prácticas ya significa un potencial ahorro o un crecimiento de beneficios -menor generación de residuos, mejor uso de recursos, nuevos clientes capturados-, los créditos verdes se presentan como oportunidad en este momento.
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América Latina sólo concentra el 4% de las inversiones sustentables, según el Global Sustainable Investment Market, por lo que sólo se puede imaginar que la tendencia crecerá en la región durante los próximos años. Por poner un caso: Natura recaudó este año mil millones de dólares en bonos vinculados con la sustentabilidad.
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