El peluquero, Stefi, el Presidente y su dama

Mientras la preocupación por nuevas filtraciones se apoderó de la Casa Rosada, Cristina Kirchner tomó el control de situación

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Fabiola Yáñez - quinta de olivos - cumpleaños cuarentena  -  Alberto Fernández
Fiesta de cumpleaños de Fabiola Yañez en la quinta de Olivos

Nada que ver con House of Cards. Ni él es Frank Underwood ni ella parece disponer de la sagacidad de la inefable Claire.

Lejos de las sofisticadas maquinaciones que urdía la emblemática pareja presidencial de la serie de Netflix, los nuestros proponen una secuencia de situaciones más próxima a la improvisación desesperada que a una estrategia pensada para sobrellevar lo que reste en el poder con algún grado de dignidad.

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La cacería desplegada para dar con quienes filtraron las fotos y videos de la fiesta clandestina de Olivos suma complicaciones y potencia los efectos adversos de la revelación.

La sospecha que pesaba sobre el peluquero colorista de la Primera Dama se desplazó a la health coach Stefanía Domínguez. Una muchacha chubutense de treinta y pico, abogada y emprendedora que goza de la indemnidad que le da ser de los pocos presentes en la fiesta que no recibe sueldo del Estado.

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Cercada por los acontecimientos y viendo venir las represalias, la amiga de la vida se desmarcó del grupete y buscó cobertura en Mauricio D Alesandro.

El mediático abogado trabaja sobre una estrategia defensiva que amenaza hundir aún más la autoridad presidencial. Según el defensor de Stefi, su defendida no cometió delito alguno porque el Decreto que impedía circular a los argentinos y que firmó el mismísimo Fernández es inconstitucional. O sea: piensa plantear un recurso de inconstitucionalidad con todo lo que eso significa.

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Stefanía Domínguez, amiga de Fabiola Yáñez

Curiosa paradoja. Los incursos en la causa que investiga las violaciones en cuestión quedarían libres de culpa y cargo si cae el decreto.

La muchacha acorralada por la inteligencia gubernamental se pone a buen resguardo ante la amenaza de ser incriminada bajo no se sabe bien qué supuestos cargos.

Hasta donde uno sabe, compartir una imagen que se ha capturado bajo la mirada atenta, festiva y complaciente de los fotografiados no constituye delito alguno. Una venganza de vuelo bajo que lejos de beneficiar al oficialismo podría exacerbar las debilidades.

Stefanía Domínguez dejó trascender que son por lo menos veinte las fotos que tienen vida propia en diferentes smartphones y que en su mayoría ya han escapado al control de quienes estuvieron en el cuestionado encuentro.

D’Alessandro suma otro interesante argumento. No descarta que alguna de las féminas que por estar expuestas en el registro de ingresos a Olivos y, maliciosamente sospechadas de actividades no precisamente santas en los aposentos presidenciales, hoy busquen demostrar que solo fueron al chalet a compartir una cena e invitadas por la dueña de casa.

La difusión de las imágenes sería en tal caso una suerte de “exceso de legítima defensa” en defensa del buen nombre y honor de las involucradas, todas ellas íntimas amigas de la anfitriona. ¿Quién podría privarlas de ese derecho?

En el momento más caliente de la campaña hacia las PASO preocupa al oficialismo la posible aparición de más pruebas documentales de flagrancias, desórdenes y papelones. En los tiempos que corren, la verdad, ya se sabe, se esconde en los celulares, a tiro de cholulos, descuidos y traiciones.

La presentación en carácter de primicia del video de la fiestita en la TV pública, fue un episodio más en esta semana de la seguidilla de disparates.

Lejos de un pretendido “control de daños” la viralización de las imágenes sostuvo el trending topic y alimentó el rating de las señales de noticias. Una “soap opera” magnética y pochoclera pero absolutamente tóxica.

En cualquier caso, lejos de distraer de la cuestión central, los personajes secundarios y aspectos incidentales de la trama aportan evidencia acerca del contexto festivo y ramplón que rodea la casa presidencial. Un contexto que no deja bien parado al Jefe de Estado, quien por aquellos oscuros días del 2020 oficiaba de Comandante Pandemia.

Mientras, Alberto Fernández enfrenta el tsunami de bronca e indignación que el reality de Olivos genera en la gente exhausta por el curso de las restricciones, las repercusiones al interior de la coalición opositora no se hicieron esperar.

En el oficialismo se vivieron “días de furia”.

CFK tomó el control de la situación. Decidida a cargarse la campaña salió a “bancar” a su Presidente. Lejos de rescatarlo de las arenas movedizas que lo succionan minuto a minuto Cristina lo hunde con cada gesto sin piedad ni contemplación alguna.

“No te enojes, pon orden en lo que tengas que poner y dale para adelante”. Le ordena la Vicepresidente sobre un escenario, en vivo y en directo.

Cristina Kirchner y Alberto Fernández en Avellaneda
Cristina Kirchner y Alberto Fernández en Avellaneda

No queda del todo claro si lo que tiene el Presidente que poner en orden es a sus funcionarios de máxima confianza, a su esposa o a su propia vida, algo que por el momento parece irse de sus manos. Demoledor.

“Soy un hombre común y a veces no tengo en cuenta que soy el presidente y debo dar el ejemplo”. A confesión de parte, relevo de prueba. Suena extraño y grave que el primer mandatario olvide de a ratos su condición de tal.

El embrollo del brindis, que en realidad fue una cena y “no debió ocurrir’', aceleró los tiempos y tonos de la campaña electoral.

Mimetizado con su progenitora adhiere al discurso de la polarización. Destemplado y a los gritos Alberto Fernández abandona todo gesto de moderación y templanza para contentar a un núcleo duro que muchos temen pueda estar siendo perforado por el corrosivo impacto del Olivos-Gate.

Cuando las principales fuerzas políticas se disputan los 20 puntos que se suponen suman los “desencantados independientes” de la provincia de Buenos Aires, y trabajan por convocar a los que en la indecisión le serán más afines, el Frente de Todos intenta abroquelar a los suyos a como dé lugar.

Si Alberto Fernández le sirvió a CFK para imponerse en el 2019, por aquello de que “solo con ella no alcanza y sin ella es imposible”, ahora está claro que con este Alberto Fernández no hay cómo ni con quién seducir desde la moderación. Es una expectativa perdida.

Los sueños del Albertismo revitalizado tras el cierre de las listas, en las que logró salvar la piel del vapuleado Santiago Cafiero e imponer nombres que le son supuestamente propios en los primeros lugares se diluyó en menos tiempo de lo que dura un soplido en un canasto.

La polarización se radicaliza. Macri vuelve a escena. Él regresa y Cristina lo sube con urgencia al ring.

Las palomas de la oposición se realinean y buscan fortaleza y resguardo bajo el ala de los de los halcones. El ex Presidente se muestra con María Eugenia Vidal, el también trabaja para consolidar el núcleo duro. La grieta no es leyenda y la tragedia continua.

En la Ciudad de Buenos Aires Juntos por el Cambio necesita arrasar con al menos un 60% de los votos para retener los 10 legisladores que pone en juego. El número es imposible.

No está claro si la irrupción de Macri suma o resta en la Provincia. Allí se libra la madre de todas las batallas. El comando de campaña de la oposición atribuye no más de un 18% de voto firme para el macrismo a nivel provincial, un distrito en el que el Frente de Todos retiene todas las bancas que tiene en juego con solo alcanzar el 37% de la intención de voto.

El Gran Buenos Aires es el enclave del kirchnerismo. Lejos de dejarse acobardar por la adversidad del momento Cristina Fernández emerge empoderada.

Es momento de escucharla con atención. Ella describe a su modo eso que el eslogan de campaña ha dado en llamar “la vida que queremos”.

Sin logros de los cuales jactarse, arremete contra el legado macrista, ignora la gestión de Alberto Fernández y promete una salida de la pandemia en la que se comenzará, finalmente, a gobernar.

La desaforada verborragia de la campaña suma revelaciones y desdichados traspiés.

“En estos tiempos de pandemia, hice una canción, cuyo estribillo dice algo que me motiva mucho. Dice: si me pierdo, yo me encuentro. Si me caigo, me levanto. El secreto en esta vida es seguir cantando”, dijo el Presidente entre tantas otras cosas en su arremetida de esta semana.

Evaluar la situación económica de un país por su consumo de alimento para mascotas cuando el bueno de Dylan, que gozó de entrenamiento presencial en plena Fase 1, cuando cientos de miles de niños ingresaban en la pobreza, adquiere en este contexto categoría de afrenta.

“A los que nos dejaron este muerto, les pido un poco de humildad”, la frase con la que la lideresa K fustigó a la administración macrista no es tampoco una referencia afortunada cuando el país enfrenta el duelo colectivo más grande de su historia.

Tiempos para hacer dejar fluir, escuchar y decidir a quién pensamos entregar el país en función de “la vida que queremos”.

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