
El Papa Francisco –a través de un videomensaje a la 109ª Conferencia Internacional del Trabajo– afirmó: “La propiedad privada es un derecho secundario, que depende del derecho primario, que es la destinación universal de los bienes”. Continuó: “existe el derecho previo y precedente de la subordinación de toda propiedad privada al destino universal de los bienes de la tierra y, por tanto, el derecho de todos a su uso”.
Esta reflexión –sin dudas bien intencionada– no tiene en cuenta que “si le sacamos la zanahoria al burro, el burro deja de caminar”. Es decir, el axioma de maximización de utilidad, fundamental para comprender el funcionamiento de la economía. En otras palabras, si las personas y empresas no pueden disfrutar del resultado de su esfuerzo difícilmente dediquen energías a crear riquezas. Y, en consecuencia, reducir el flagelo de la pobreza.
Diversos estudios empíricos confirman el fuerte vínculo que existe entre la protección de derechos de propiedad (es decir, el derecho a disfrutar de la riqueza creada) y la prosperidad económica. Entre ellos, el Indice de Libertad Humana, de Cato Institute, y el International Property Rights Index, realizado por Property Rights Alliance (IPRI). Ambos dejan en claro que aquellas sociedades que protegen el fruto del esfuerzo de las personas y organizaciones son más prosperas que las que no lo hacen.
En otras palabras, las sociedades aparentemente más “generosas” generan mayores niveles de pobreza que las menos generosas. Este oxímoron económico lo podemos comprobar con total claridad en América Latina, en los casos de Venezuela y Argentina. Venezuela, con una inflación descontrolada, con tantos dígitos que la hacen inasequible, y una pobreza que alcanza casi a la totalidad de la población (menos a la clase política). Y la Argentina, un país con una inflación cercana al 50% anual, donde casi la mitad de la población es pobre y 6 de cada 10 chicos son pobres.
La realidad parece contradecir las buenas intenciones del Papa: si fuera “pecado” crear riquezas, nunca eliminaríamos la pobreza.
La visión de Juan Pablo II
Pero la visión de Francisco no es la única que ha tenido –y tiene– la Iglesia Católica. Si leemos la Encíclica Centesimus Annus (1991), emitida durante el papado de Juan Pablo II, el cura polaco que jugó un rol clave en el fin del comunismo en Europa, dice absolutamente lo contrario. Y reconoce a los derechos de propiedad privada y la economía de mercado como una forma vencer a las restricciones materiales, reducir la pobreza a través de los beneficios de la economía de mercado y la actividad empresaria. Las siguientes dos citas dejan en claro la posición:
- “Da la impresión de que, tanto a nivel de naciones, como de relaciones internacionales, el libre mercado sea el instrumento más eficaz para colocar los recursos y responder eficazmente a las necesidades”.
- “La Iglesia reconoce la justa función de los beneficios, como índice de la buena marcha de la empresa. Cuando una empresa da beneficios significa que los factores productivos han sido utilizados adecuadamente y que las correspondientes necesidades han sido satisfechas debidamente” (Enc. Centesimus Annus, 1991).
Generar pobreza para atacar la pobreza no parece ser el camino para acrecentar la dignidad humana. Países como Venezuela y Argentina están haciendo lo correcto para combatir al capital. Las consecuencias, en términos de pobreza y sufrimiento humano son innegables.
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