
A lo largo de la última década, la innovación se produjo a un ritmo sin precedentes. Las disrupciones son ahora un fenómeno habitual en todos los segmentos comerciales e industrias, y muchas llegan simultáneamente. Zoom y Tinder son dos ejemplos de compañías que se convirtieron en habituales para millones y llegaron a los consumidores en los últimos 10 años.
“El que crea que el éxito consiste en predecir el próximo gran acontecimiento fracasa. El éxito viene con la experimentación y la disrupción. Se trata de comprender la diferencia entre predecir y crear el futuro”. Esa fue la invitación que nos hizo Ilya Strebulaev, profesor de Finanzas en la Stanford Graduate School of Business, durante una de las presentaciones de Aleph Executive Speaker Series, el programa en el que estamos participando ejecutivos de 47 países y que derivó en reflexiones que comparto en este texto.
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Una de las premisas que surgen de estos encuentros es que la velocidad del cambio es la constante. A fines del siglo XIX, la radio, una tecnología revolucionaria de la época, tardó 38 años en llegar a 50 millones de usuarios en todo el mundo. Algunas décadas más tarde, la televisión tardó 13 años en lograr el mismo número de espectadores y, al final del milenio, volvió a acelerarse. Internet solo necesitó 4 años para ganar 50 millones de usuarios. En 2016, Pokémon GO consiguió 50 millones de usuarios en un récord de 19 días.
Del mismo modo, el número de nuevas empresas de unicornios en Silicon Valley aumentó de 14 en 2011 a 546 en 2021, aportó Strebulaev. Si bien muchos de ellos pueden fracasar, los que tengan éxito se convertirán en disruptores clave en sus respectivas industrias, cambiando el comportamiento del consumidor y modificando la forma en que se administrarán las empresas.
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Las compañías que no innovan ni se adaptan corren un altísimo riesgo de quedar como parte de la historia. Algunas marcas globales como Yahoo, Kodak y BlackBerry desaparecieron hace mucho tiempo, simplemente porque subestimaron el poder de las fuerzas disruptivas dentro de sus industrias.
Hoy muchas grandes empresas están teniendo éxito gracias a la innovación incremental. Esta innovación paso a paso no cambia la oferta y la demanda, el modelo de negocio, la naturaleza de los consumidores o la naturaleza de los competidores: se enfoca en actualizaciones de productos, proyectos con un horizonte corto, metas claras y procedimientos bien diseñados. De esta forma, complementan directamente las líneas de negocio existentes.
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Aunque la innovación incremental produce un efecto inmediato y palpable, la innovación disruptiva es necesaria para sobrevivir y prosperar. Este proceso incluye horizontes más amplios, donde el cambio discontinuo resuelve problemas ambiguos, crea nuevas líneas de negocio y genera oportunidades. La innovación disruptiva también requiere una inversión a corto plazo y es difícil de medir con métricas convencionales.
Entre las conclusiones que aportó Strebulaev, quedó claro que la innovación disruptiva no es posible sin el apoyo de la cúpula de la compañía y de una cultura corporativa adecuada. Por un lado, los ejecutivos deben comprender las mejores prácticas del pasado y aprender de los errores de los demás. Por el otro, necesitan involucrar a todos en la empresa para compartir ideas y adquirir sugerencias que un CEO nunca pensaría solo.
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Mirar para adelante es fundamental. Pero es imposible saber qué va a pasar en un mundo dominado por la innovación disruptiva. El futuro pertenece a quienes tienen una visión, a quienes experimentan con ideas nuevas y se esfuerzan por desarrollar mejoras, por más pequeñas que sean, que ayuden a construir un mañana mejor.
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