
La intuición nos dice que pequeños cambios graduales en las causas producirán pequeños cambios graduales en los efectos. Si aplicamos esta intuición al estudio de diferentes sociedades, podríamos concluir que, en general, es una aceptable descripción de cómo funcionan con cierta estabilidad estructural. Es decir, que existiría un conjunto de estructuras, procesos y costumbres en la vida diaria que son difíciles de cambiar. Un país sería como un colosal transatlántico con una inmensa estropada que dificultaría cambiar su curso a corto plazo. Sin embargo, dicha simplificación no permite explicar eventos como las caídas bursátiles de 1929 o 1987 en EEUU, el fenomenal desplome de los mercados argentinos en agosto de 2019, o la revolución rusa de 1917. O tampoco en qué momento un argentino decide irse al exilio.
En 1972 René Thom, un matemático francés, especializado en estudiar las propiedades y la topología de los objetos geométricos, presentó un libro que conmocionó a la comunidad científica: “Estabilidad estructural y morfogénesis” (Structural Stability and Morphogenesis an Outline of a General Theory of Models). El libro describe una teoría general sobre modelos matemáticos que intentan describir diferentes realidades, es decir modelos que pueden ser aplicables desde la astronomía hasta las ciencias humanas. En general, pequeños cambios en los inputs de un modelo generarían pequeños cambios en el PBI de un país. Sin embargo, en algunas ocasiones un pequeño cambio en los inputs, podría generar un salto discontinuo que llevaría a la economía a un plano enteramente diferente. A ese punto Thom lo llamó el punto catástrofe, sería la gota que rebalsó el vaso o la paja que quebró la espalda de la economía.
Podemos imaginar innumerables ejemplos de puntos catástrofes si partimos de la vida cotidiana de los seres humanos. En “Un día de furia”, Michael Douglas interpreta a un hombre común recientemente divorciado y con innumerables problemas que se sale de quicio por un simple embotellamiento de tráfico, y empieza una serie de calamidades, destrucción y asesinatos. Muchas veces se menciona el asesinato de el archiduque Francisco Fernando de Austria como el hecho que desató la Primera Guerra Mundial.
Diversos críticos del modelo de Thom creyeron que habían encontrado una forma de explicar dichas perturbaciones y publicaron entusiastas elogios en los mejores journals científicos, llegaron a comparar su libro con “Principia” de Newton, sostenían que los nuevos modelos matemáticos servirían para explicar los saltos disruptivos, desde el momento en que una persona adicional provoca el derrumbe de un balcón, hasta la desaparición de civilizaciones enteras como la de los Sumerios o los Mayas. Años más tarde, la euforia inicial dejó pasó a la decepción, los matemáticos fueron descubriendo que estos modelos eran completamente inútiles para predecir el futuro. Algo similar había ocurrido con el libro de otro matemático genial, Norbert Wiener y su libro Cibernética de 1948 (Cybernetics: Control and Communication in the Animal and the Machine), donde proclamaba que podía modelar no sólo las máquinas sino también los seres vivos desde organismos unicelulares hasta las economías de las naciones. La teoría había sufrido el mismo ciclo del amor y el desencanto. Lo mismo que ocurriría una década más tarde con la Teoría del Chaos, de Mandelbrot, Lorenz y otros, que por un tiempo pareció que sería útil para predecir una cantidad de acontecimientos incluidos los sociales, pero que hasta el día de hoy solo logra predecir el clima apenas con algunos días de antelación.
Estas teorías, sin embargo, no son completamente inútiles. Por el contrario, nos ayudan a pensar. Efectivamente los principios de Newton permiten predecir los movimientos de los astros y los eclipses. Otras teorías no sirven para predecir, pero son muy útiles para iluminarnos el entendimiento. Un buen ejemplo es la Teoría de la Evolución de Charles Darwin; sin dudas, no sirve para predecir cómo evolucionarán las especies, pero nos ha permitido imaginar el camino complejo que recorrieron los seres humanos hasta ser Sapiens.
La Teoría de la Catástrofe tal vez nos ayude a pensar escenarios para nuestra querida y estropeada Argentina: hoy podemos observar que nuestro país tiene más de 170 impuestos que están saqueando exageradamente al sector privado. En este contexto el nuevo impuesto a la riqueza se transformó en un punto-catástrofe para aquellas familias que fueron llevadas a tomar la dura determinación de irse al exilio. Para ellos, la vida ya no será la misma, han caído a un plano completamente distinto, sea en Uruguay, EEUU, España o Australia. Es probable que la justicia argentina termine fallando en contra del impuesto por ser inequitativo, abusivo, confiscatorio y, por lo tanto, inconstitucional; pero eso ocurrirá dentro de 10 años y para entonces la inflación habrá tornado abstracta la recuperación de los pagos. Para la Argentina, significará cierto alivio para las finanzas de un trimestre, pero también la pérdida definitiva de ciudadanos talentosos, creativos y emprendedores, y esto significa menos inversiones, menos empleo y menos salarios, es decir, más pobreza. Además, crea un nuevo incentivo para ocultar riqueza y generar ganancias en negro, con lo que en el mediano plazo significará una nueva caída en la recaudación. Una vez más, pan para hoy, hambre para mañana.
Pero puede estar gestándose algo más grave aún. Argentina es un país que sufre una larga decadencia con reiteradas crisis que, en cada ocasión, producen un nuevo salto en la pobreza que alcanza al 42% de la población. Hoy vivimos en una Argentina quebrada, cuya deuda recientemente restructurada ya rinde un 20% anual, es decir, un riesgo país por encima de 1.600 que indica que los agentes del mercado esperan un próximo default (tal vez para el 2024). El Banco Central también se encuentra en vías de quebrar, con una deuda remunerada (Pases y Leliqs) que suma 3,5 billones refinanciada permanentemente con una tasa efectiva del 66% anual. Todos sabemos que esa bola de nieve impagable terminará en un nuevo estallido devaluatorio e inflacionario. Pero la Teoría de la Catástrofe nos alerta y nos dice que una nueva crisis puede llevarnos a un plano enteramente diferente al actual.
Un escenario imaginable es que el gobierno siga avanzando contra las libertades y llegue a un punto de no retorno con el fraude electoral, como les ocurrió a los venezolanos, en ese momento, la vía democrática habría llegado a su fin.
Pero también podemos imaginar que el punto catástrofe despierte a los argentinos que comprendan que ya no existen soluciones parciales o graduales cuando 7 millones de personas que trabajan en el sector formal privado les resulta imposible seguir sosteniendo a 45 millones de habitantes. Ese convencimiento puede llevarlos a votar una solución distinta y drástica: hacer una transformación dura y profunda que nos coloque entre los 10 países más libres del mundo.
Está en nosotros la posibilidad de soñar un país enteramente diferente, libre y próspero.
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