
El domingo 11 de abril fue una jornada electoral por partida doble en la región. En Ecuador se realizó la segunda vuelta luego de la elección del 7 de febrero. En Perú se realizó la primera vuelta y la segunda tendrá lugar el 6 de junio.
A pesar de que cada país vota por particularidades de política interna, de ambos procesos electorales emerge un denominador común: el problema de la gobernabilidad futura que enfrentarán ambos países.
Este es un problema mayúsculo del Perú desde hace ya veinte años, donde desde el fin del fujimorismo no existe un sistema de partidos institucionalizado. Etiquetas partidarias efímeras se presentan a elecciones en torno a ciertas figuras, para desaparecer en la elección siguiente. No existe ninguna organización partidaria con legitimidad popular ni anclaje en la sociedad. El resultado es una enorme crisis de legitimidad entre la ciudadanía, mucho malestar, altos niveles de apatía y una enorme crisis de gobernabilidad: en Perú hubo cuatro presidentes en los últimos cinco años. Una peculiar regla que permite al Congreso remover al Presidente, en un contexto donde ninguno cuenta con mayorías sólidas en el parlamento y amplias protestas, ha ayudado a este resultado.
Las elecciones del domingo 11 de abril son un reflejo de esta situación: en la víspera, aparecían al menos cinco candidatos estadísticamente empatados y con posibilidades de entrar en la segunda vuelta.
La sorpresa la dio Pedro Castillo, un sindicalista con una plataforma de izquierda radical. Su agrupación, Perú libre, contiene elementos de marxismo-leninismo y antiimperialismo. Contra él competirá Keiko Fujimori, que reivindica el complejo legado de su padre. En Perú, el voto antifujimorista es muy fuerte, pero queda por ver si optará por un candidato tan antisistema y radical como Castillo. Cualquiera sea el resultado, el elegido tendrá que lidiar con un parlamento ultra-fragmentado y personalista (producto del voto preferencial que allí se usa), una crisis sanitaria profunda y serios desafíos en materia de estabilidad y gobernabilidad que, de continuar, terminarán jaqueando el importante nivel de crecimiento económico de los últimos años.
Ecuador, por su parte, también termina con un Presidente con minoría parlamentaria en un país dividido en torno a su figura política más relevante: el expresidente Rafael Correa. La elección del domingo se explica a partir de la figura de este último más que por la fractura clásica entre izquierda y derecha. Si bien es cierto que el ganador, Guillermo Lasso, es un banquero con buena llegada a Washington y un discurso tecnocrático de derecha, recibió el voto de sectores de izquierda, indigenistas y de movimientos sociales contrarios a la figura de Correa que le permitieron derrotar a Andrés Arauz, el candidato del correísmo.
Aunque los analistas gustamos de etiquetar los procesos políticos en torno a “olas” o “giros” hacia izquierda o derecha, lo cierto es que en esta oportunidad los resultados sugieren que el giro no será hacia una ideología en particular sino hacia las dificultades de gobernabilidad. Este escenario posiblemente se replique en un futuro no lejano en América Latina, una región jaqueada por crisis económicas, sanitarias y amplias protestas sociales.
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