
Esta semana nuevamente salieron a las calles muchos jóvenes ambientalistas en varias ciudades de la Argentina. Bajo una interesante constelación de logos de ONGs y agrupaciones políticas de amplio espectro, una consigna se plantó transversal y lógica: la crítica al modelo extractivista. En poco tiempo Amazonia, Australia y, ahora, Argentina en llamas impactan una y otra vez en nuestras mentes y sirven para amplificar la advertencia de que no son desastres “naturales”. La pandemia ha logrado generar una explicación masiva sobre el vínculo entre el modelo económico y sus consecuencias en nuestras vidas con el tiempo, la atención y la continuidad como jamás tuvo antes el movimiento ecologista mundial en sus múltiples expresiones.
El fuego superó con creces un calendario saturado en días mundiales del agua, de los bosques, los humedales, la biodiversidad y de la lucha contra el cambio climático, entre otros que se suman a los múltiples eventos, seminarios y webinarios, libros, artículos, proyectos de ley y leyes sobre todos y cada uno de los temas que existen en la agenda ambiental.
La acción, y la acción a gran escala, se impone. Eso está claro. El tema es cómo. Ganar el debate público es apenas una primer batalla. Para un cambio estructural ambiental en serio hay que trabajar en equipo, con todas las industrias y el poder político. Debemos ser conscientes de que a pesar de tanta evidencia empírica la agenda ambiental no termina de sentarse en la mesa de los grandes de la política argentina porque nuestro establishment local por el momento no quiere, no puede o no sabe cómo. En el cómo está la clave. El establishment solía referirse a lo ambiental como algo joven y simpático, moderno y disruptivo, agenda de las próximas generaciones… Ese ninguneo estructural tan típico como fastidioso y, sobre todo, peligroso, se tiene que terminar.
Lo “verde” solía tener lugar en los mesa de los grandes siempre y cuando no incomodara. El mundo de las grandes industrias es visto todavía por muchos como el mundo de lo “importante”, el macho proveedor que trae las divisas, da trabajo y mueve la economía. Las mejoras ambientales en los procesos productivos convencionales del mundo industrial argentino entran como un agente externo que a veces es una molestia impuesta por norma, una necesidad de marketing o una nueva política de la casa matriz. Pero eso se terminó. Los argentinos con poder político y económico real deben dar una discusión ambiental a la altura de la crisis ecológica actual, lo cual implica que no puede ser solo una discusión, debe ser un plan de acción. El chip mental del crecimiento ilimitado, la creencia incluso religiosa de que somos mucho más que el pueblo elegido, somos “la” especie elegida para dominar la tierra y servirnos de ella, ya caducó hace rato y hay que pasar del antropocentrismo al ecocentrismo. Pero rápido.
En este contexto están pasando cosas que nos dan una idea de cómo hacerlo. La irrupción en el mundo de la producción de las empresas B como una suerte de activistas del mundo corporativo opuestos al modelo extractivista pero desde el Excel, el crecimiento de la agroecología, el salto a las grandes ligas de las energías limpias y renovables en serio (las represas del Río Santa Cruz claramente no), los fuertes cuestionamientos de los consumidores que han generado esquemas de certificación social y ambiental en varios rubros y el mercado de finanzas éticas a partir de la aparición de los bancos verdes marcan un camino claro que el poder económico y político debe hoy abrazar sin dudar.

Proponen una transición en serio, no achanchada sino veloz, dinámica y creativa, pero transición al fin. No es un salto al vacío sino un esquema de planificación seria para una nueva economía que ya no puede esperar. Es salir del laberinto por arriba sobre todo para un país como Argentina, tierra que por ahora sigue siendo rica en recursos humanos y naturales, y podría ser una potencia económica verde.
Nunca tan claras las palabras del filósofo y ecologista canadiense Stan Rowe (1918-2004): “Ni el liberalismo filosófico que defiende la libertad, ni el socialismo filosófico que defiende la igualdad, podrán salvarnos de nosotros mismos. La historia de la humanidad terminará en la ecología o en la nada”.
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