
En ciertos momentos de Argentina vimos cómo, con menos o más distancia, las diferentes “grietas” en nuestro país fueron haciéndose más o menos profundas. No es mi intención describirlas en el artículo sino ponernos a pensar sobre el futuro de nuestra nación sin dejar de lado que la política de acceso al poder, la política de elecciones, y las promesas electorales, tienen a la famosa “grieta”, al antagonismo sin fisuras, como un aliado que todos los partidos políticos utilizan.
El discurso político varió en las últimas décadas, donde la transparencia de los candidatos y su perfil diverso, fueron mutando en escuelas de marketing político que no tienen en cuenta más que aquellos factores apuntados como relevantes en los libros del marketing político y tomados como máximas de valor. Sin embargo, cuando los políticos acceden al poder, esas sillas que antes se ocupan por especialistas de la imagen, son entregadas parcialmente a aquellos que tienen que gestionar la cosa pública.
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Es impensado para un movimiento político que sus dirigentes tengan que obedecer a un especialista en imagen. Supeditar luego esas políticas públicas en las que el dirigente cree, a la próxima victoria electoral. Es cierto que uno no puede ejercer el poder si no lo mantiene o accede a él. Es una obviedad, pero cuando el sistema político se retroalimenta sólo de sondeos de opinión y deja en manos de la “necesidad de sondeo” las políticas públicas es cuando la política deja de ser una energía transformadora y se contrae a una simple y sencilla herramienta para adquirir y mantener el poder sobre los poderes del Estado.
En ese momento, es cuando ese poder que está actuando pierde su legitimidad mediante el ejercicio de su mandato social. Aquella potestad que el pueblo, que no delibera ni gobierna, según la Constitución, sino a través de sus representantes, ve incumplido su mandato.
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Las legitimidades son muy importantes para ejercer el poder, y por eso en política el adversario trata de “apalear” verbalmente aquellos lugares o personas que son las que le dan la reputación necesaria a un partido político o a una coalición de partidos. Esta reputación o legitimidad tiene un beneficio en la construcción de trincheras donde solo dos contrincantes son capaces de ser parte del fragor de la “batalla”.
En los últimos años se ha tratado de minar la tradición de los partidos políticos, achicandolos a su mínima expresión, el sello. Los dirigentes de esos partidos son probablemente desconocidos para toda la población y diferentes a los que finalmente se votan en las urnas.
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Algo parecido ha sucedido con el concepto de Justicia. Se ha destronado a la Justicia y en todo momento los habitantes que quieren habitar, comerciar, ejercer actividades lícitas, ven cierta indefensión es el ejercicio de sus derechos. No encuentran en los tribunales aquel espacio para la ecuanimidad y la defensa de sus derechos, sino que en general el Estado a través de los gobiernos van modificando las leyes sin problemas, cambiando cada cuatro años por ejemplo la ley de jubilaciones.
La historia también es una gran contienda inútil en nuestro país, ya que la mayoría de la población tiene poco interés en el pasado histórico, con lo cual es difícil que generaciones de argentinos compartan esta “Historia común”. El sentimiento nacional no llega a aglomerar lo que necesita una nación para trascender el simple hecho de compartir un territorio y las vicisitudes de vivir en Argentina.
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Habla de la necesidad de vivir en contradicción, el amigo-enemigo de la política se palpita en nuestra sociedad también como una necesidad. La paz de la amistad cívica tiene pocos adeptos.
Ahora bien, no es este un llamado a vivir en la constante aceptación de lo que ocurre sino a proponer una sociedad donde se respeten los derechos básicos de un ser humano -vida, salud, propiedad-, y también su contexto social. Las personas tienen derecho a vivir en un espacio común agradable, aunque eso aparte de ser un derecho también se transforma en la obligación de los ciudadanos de permanecer atentos y aportar a la construcción y mantenimiento de ese espacio colectivo en el cual los ciudadanos comparten y son compatriotas.
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Mientras la grieta sea social, no hay que esperar que los políticos abandonen ese espacio de política agonal, y tengamos que ver solo políticas electorales sin programas de políticas de Estado con sostenibilidad en el tiempo.
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