
Era una mañana de 1993 en el Bajo Belgrano cuando mis compañeros y yo nos quedamos mudos. Mudos de asombro, primero, y de fascinación, luego. Pero Carlos Escudé no nos quería mudos, nos quería hablando, respondiendo a sus provocaciones, a su sabiduría aguda, a su cultura infinita, a su amor por las relaciones internacionales. Y ahí estábamos, primer año de la carrera de Estudios Internacionales en la vieja sede de la Universidad Torcuato Di Tella con Escudé como profesor. Estábamos, sin ser conscientes aún, en la clase que nos enseñaría a pensar, en la clase que ninguno de nosotros nos querríamos volver a perder.
Nos quedamos mudos por el impacto que nos generó su larguísima barba y una vestimenta que remitía al pasado, a un hombre de los años ’30 o ’40. Nos alcanzaron 15 minutos para darnos cuenta de que era un profesor como ningún otro. Habíamos escuchado de él, sabíamos que había estudiado ciencias políticas en Yale, sabíamos que había asesorado al canciller Guido Di Tella, sabíamos que podía ser extravagante, pero no sabíamos que supiera tanto, que fuera tan apasionado para enseñarnos, que lo hiciera tan bien, y que su voz, que podía llegar a agudos extremos, en especial en su impecable pronunciación del inglés, nos iría llevando por un viaje fascinante.
Así, no tardamos demasiado en entender esa teoría del realismo periférico que abrazaba con pasión. Él estaba convencido de que la Argentina era un país con muchas posibilidades si entendía que debía moverse con inteligencia en el escenario de la política mundial. ¿Enfrentarse a Estados Unidos en vez de asociarse con Washington para obtener ventajas? La primera opción le provocaba arcadas. Puede sonar visceral, porque Escudé lo era, pero su visceralidad se sostenía sobre decenas de miles de horas de lectura y estudio. Eran vísceras con cerebro, porque todo lo que decía lo justificaba en detalle.
Lo hizo en “Realismo Periférico: Bases Teóricas para una Nueva Política Exterior Argentina”, publicado por Editorial Planeta en 1992, y lo hizo en la treintena de libros que escribió en sus 72 años de vida, hasta que el cononavirus le ganó la batalla un 1 de enero. Cuando la noticia llegó al grupo de whatsapp que mantiene en contacto a aquellos alumnos de 1993, los recuerdos afloraron con asombrosa facilidad. Pero era lógico, ¿quién de aquellos ditellianos no tenía una anécdota con Carlos Escudé?
“Fue un profesor que despertó en mi curiosidad, aprender a argumentar y justificar mis opiniones. Ganas de aprender y ganas de saber. Un profesor que 25 años después, me sigue generando una sonrisa”. La frase es de Patricia García, que hoy vive en Madrid y no pudo evitar recordar la anécdota del sable.
¿El sable? Un día, durante una clase, mientras se mesaba la barba y hacía vibrar las paredes con sus agudos imposibles, Escudé tomó su bastón y nos mostró que era un sable. Y el bastón sable se convirtió en puntero para marcar sus anotaciones en el pizarrón.
“Cuando nos recibimos. nos mandó una estampita que decía ‘San Carlos Escudé los bendice en nombre del Señor’, y él aparecía en una foto como si fuera un santo”, sumó Eduardo Amadeo (h) al grupo.
Matías Bergman recordó más: Escudé había anunciado que se cortaría la barba y distribuido invitaciones para la ceremonia que nunca se produjo. El mismo Bergman se lo encontró a principios de los 2.000 en el metro de Madrid. Escudé, fanático de las monedas antiguas, estaba entusiasmado porque iba camino a una subasta de monedas fenicias. Tan entusiasmado como volvió una vez de un viaje a la India, y por eso durante algunos días dio clases vistiendo una túnica típica del país.
Aunque la anécdota más increíble quizás es la que aporta Alejo Chouela, que hoy vive en Miami: Escudé no sabía manejar, vivía tomando taxis. Una vez lo secuestraron, y la reacción del profesor y académico fue ponerse a cantar ópera. Su voz, llevada al extremo, era enloquecedora. Lo dejaron ir.
“Yo sabía que tenía muchas chances de que me pasara algo así, por eso había diseñado una estrategia”, le contó Escudé a Chouela. Y se largó a reír.
En aquel 1993 no se había producido aún el ascenso de Brasil como indiscutida potencia regional y país de peso en el escenario internacional. Ni Fernando Henrique Cardoso ni Luiz Inacio “Lula” Da Silva habían llegado a la presidencia. Pero ya existía el Mercosur y ya se hablaba de si la Argentina debía competir mano a mano o aceptar la inferioridad respecto del vecino y asociarse a fondo para sacar ventajas. La segunda opción le daba un sarpullido a Escudé, que consideraba a Brasil un país mucho menos educado que la Argentina, un país con un nivel de pobreza y marginación incomparables, un país esencialmente violento. Una cosa era aceptar la inferioridad con Estados Unidos, una muy diferente hacerlo con Brasil.
Sería un placer volver a tener ese debate con él 28 años después, tras tantos cambios en los dos países y en el mundo. Pero ya no es posible, y es una pena. Hoy no veríamos la barba interminable, ni el sable espada, ni las túnicas. Tampoco nos asombrarían ya sus grititos agudos. Hoy solo querríamos volver a clase para que nos ayude a pensar.
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