
El tango Cambalache que es uno de los más famosos del mundo, de Enrique Santos Discépolo, parece realmente pintado para un balance de fin de año de este 2020. Revolcados en un merengue político que comenzó en 2019 con la PASO, aquellas que permitieron un golpe certero sobre la candidatura de Mauricio Macri, y que hoy Alberto Fernández quiere frenéticamente bloquear. Aquel momento donde el dólar se escapó hasta 60 pesos no preveía de ninguna manera el desbarajuste cambiario de hoy.
Pero el 2020 nos regaló los más complejos ejemplos de supervivencia. Millones de argentinos sin poder trabajar, que constituyen el gran mercado informal de nuestro país tratando de sobrevivir en la cuarentena más larga del mundo. Esta vez la certeza de la sociedad se tornó total incertidumbre. Por algunos meses se vieron desiertas las calles y cerrados todos los negocios que no eran “esenciales”. Y los hogares se tornaron por un tiempo casas de otros siglos, donde todo transcurría en ese mismo lugar.
Finalmente años de decadencia de nuestro sistema político y económico encontraron su propio calvario. La evidencia de que una reforma política y social hace falta para no seguir aumentando la cifra de pobres y la desazón de entenderse ciudadano de una sociedad que no progresa sino que se va apagando en sus orgullos pasados y en sus realidades presentes.
Cuando la realidad de la pandemia parecía encaminada, y los argentinos comenzamos a recuperarnos del duro invierno en cuarentena, el gobierno decidió sacudir la agenda política con el proyecto de despenalización del aborto. Una dicotomía que se viene dando mucho en el manejo de la agenda política.
Es que hace mucho tiempo que los ganadores de las elecciones en nuestro país se explican con las divisiones. Y esto es porque la agenda de nuestro país no es una agenda nacional para los políticos, sino que es una agenda de poder. No hay que ser iluso, la política es manejo de poder, pero ese poder puede ser usado para consolidar un proceso político que cambie realmente las duras realidades de los argentinos, sean de la provincia que sean y tengan los ingresos que tengan. En los últimos años ese poder se usó para otra cosa.
Puede darse una circunstancia inesperada, ya que mundialmente los sistemas políticos están en crisis, y los políticos no encuentran respuestas ciertas a las exigencias del minuto a minuto de los ciudadanos demandantes. Que las sociedades se desintegren en un propio estado generando nuevas “naciones” que ya no van a tener las características de tradición idioma o espacio territorial, sino las ideas de vida. Esto ya se está dando en muchos espacios virtuales, que podrían en el futuro convertirse en proyectos en la realidad.
El Estado Nacional en todo el mundo, como lo conocemos hasta hoy, está empecinado en trasladar a la mayoría de los habitantes, las realidades, necesidades y gritos de las minorías. Contradiciendo años de tradición de existencia, es como si el mundo quisiera lanzarse por el abismo de la postmodernidad. Renovar la adolescencia de la organización política, social y territorial. El abismo tiene un solo final, un duro aterrizaje.
Es por ello que no es tarea inútil llamar la atención de la sociedad, en recuperar la senda de la amistad cívica basada en valores que llevaron a nuestras sociedades a generar el bienestar a través del trabajo, el estudio, la vocación por lo que uno es bueno haciendo y está llamado a hacer. Abandonando el estado de lucha permanente promovido desde hace mucho tiempo por una filosofía que solo trabaja rompiendo lazos.
Los valores básicos de la Argentina están en cuestionamiento en este momento y no es solo la visión cristiana y humanista de nuestra Constitución, sino también la historia política de nuestra representación en los órganos de gobierno, que agoniza por acción u omisión de la necesidad de mantener el poder, no importan los resultados de la gestión ni los objetivos de la misma.
Para proyectar nuestro país hacia el futuro es importante salir de la coyuntura política y generar realmente un proceso de reflexión sobre aquello que es urgente, lo más necesario y aplazar lo que no es relevante en el corto plazo. Un plan de gobierno con metas y propuestas de cambio, tiene que estar acompañado por la sociedad en su conjunto mayoritariamente.
Lamentablemente, hace años que solo se votan nombres en nuestro país que no sabemos bien qué es lo que significan finalmente en términos de valores y gestión. Las políticas públicas han dado paso a auténticas cajas de sorpresa, donde la agenda se amolda a las necesidades políticas que no tienen planificación sino ocasión y nos apartan de un camino sustentable y armónico al desarrollo de nuestro país.
Es cierto que el mundo de hoy se ha vuelto exigente y nuevos proyectos de tinte liberal avanzan en la discusión de un estado como origen de todos los males. Es falso que el estado sea el origen pero no es mentira que no está encontrando las soluciones correctas para los problemas que las personas tienen todos los días. Trabajo, ahorro, inversión, migración e integración, previsión social, salud, educación y seguridad, son los temas más importantes en los cuales hoy el estado no tiene certezas.
Es por esto que aparecen iniciativas completamente privadas y en algunos casos virtuales para reemplazar funciones del sector público, en muchos casos muy exitosas. En Argentina muchas personas han ido al Bitcoin ya que la moneda nacional, el peso, carece de la característica de reserva de valor, en algunos mercados, no sirve como medio de pago. En otros casos se usa para poder adquirir moneda extranjera sin restricciones de monto.
En los otros aspectos, el estado también tiene amplios déficit y con las políticas que no logran activar el crecimiento, la población que no accede a las prestaciones privadas es cada vez mayor.
El gasto y la inversión públicos van cada vez más a paliar los desajustes sistémicos que no permiten salir de este círculo vicioso de retracción de la actividad, de disminución del producto y el consumo y por lo tanto de aumento significativo de la pobreza. Endeudamiento y devaluación aumentan los efectos de este combinado que realmente es desesperanzador.
Esta realidad, está amplificada por la “polución social” que es el efecto secundario de la fricción entre la agenda de los que detentan el poder, y tienen en sus manos los mecanismos de toma de decisiones políticos, económicos y sociales, y la ciudadanía. Es el efecto sociológico de ciudadanos que ven cómo su vida se torna más compleja día a día y una clase dirigente que continúa enfocada en sus objetivos de corto generalmente sin relación alguna con el bienestar general.
Ante este escenario, existe una clara deslegitimación del sistema político como lo conocemos hasta hoy, donde los partidos políticos carecen de plataforma electoral, y sus dirigentes de tradición partidaria. Los partidos tradicionales desaparecerán y se generarán nuevas fuerzas con diferentes plataformas más concretas. Estamos hace varias décadas en ese proceso. Hoy lo que además se puso en juego es la administración pública, donde en otros momentos de nuestro país primaba lo técnico por sobre lo político.
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