
Pasó un año del 10 de diciembre de 2019: el Gobierno cumple su primer aniversario en el poder. El 2020 que estamos despidiendo barrió con todos los pronósticos que desde la política y la economía se trazaron para los primeros meses de este kirchnerismo remozado, de los cuales diez estuvieron marcados por la pandemia de COVID-19.
Cualquier análisis de la Argentina -que tenga pretensiones mínimas de seriedad- debe estar necesariamente atravesado por la crisis sanitaria cuyas múltiples ramificaciones alteraron el orden mundial. Pero en estas líneas no quiero reducir mi opinión a ese ámbito sino incorporarlo a una visión más amplia de la actualidad y, por supuesto, de las perspectivas de futuro.
Este año bien podría ser una síntesis de los primeros doce del kirchnerismo en el gobierno. La vocación desatada por acumular poder, controlar a la Justicia, subyugar a las provincias y menospreciar a las instituciones no es una producción nueva sino más bien la remake de una película que conocemos todos. El populismo aggiorna métodos y estrategias, pero no modifica sus objetivos estructurales.
Hay un factor común determinante entre esta etapa y la que comenzó en 2003: un profundo desinterés por el futuro. Quizás como nunca antes en nuestra historia reciente, este año se dilapidaron muchísimas oportunidades de sentar las bases de otra Argentina. Va terminándose un 2020 difícil e imprevisible, pero por sobre todas las cosas desaprovechado.
Alberto Fernández gozó del apoyo político más fuerte y holgado de los últimos años. Cuando se decretó el comienzo del aislamiento social, preventivo y obligatorio en marzo, la oposición republicana se alineó en bloque detrás del presidente. Ante una amenaza desconocida que ponía de rodillas a Europa, la sociedad acató las restricciones prácticamente sin reparos.
Advertimos precozmente que era un error interpretar las circunstancias excepcionales que se presentaron como un paréntesis, en el que todo se pausaba hasta que el panorama mejorara. Al contrario. La fragilidad sistémica del país, ahora también acorralado por una pandemia sin precedentes, aceleró la marcha y colocó frente a nosotros debates transversales. El sistema de salud, la educación, el modelo productivo, el federalismo, absolutamente todo fue puesto en tela de juicio conforme avanzaba el virus y se deterioraban los índices económicos y sociales.
La continuidad de la historia es conocida. La agenda privada de Cristina Kirchner en la Justicia, los desencuentros internos del oficialismo y una pésima gestión de la pandemia se devoraron el capital político que la coyuntura le obsequió al presidente. Una sociedad exhausta y frustrada dijo basta.
Podría cerrar estas líneas acá, limitándome a caracterizar el debut fallido de un Gobierno que llegó prometiendo unidad y armonía entre los argentinos. Pero en mi vida política sigo una máxima que no negocio: las falencias de los otros incrementan las responsabilidades propias. Soy vicepresidenta de un partido nacional que se prepara cada día para ofrecerle a la ciudadanía, junto a sus socios políticos, una alternativa superadora y competitiva.
La Argentina resiliente que se levanta tras cada debacle tiene que darle paso a un país previsible y confiable. Hoy para el mundo somos una caja de sorpresas; el desafío es salir del estado permanente de emergencia y demostrarles a las potencias que no somos irrelevantes, que queremos (y tenemos con qué) ocupar un lugar estratégico en el concierto internacional.
Para lograrlo vamos a promover un nuevo federalismo que privilegie el bienestar integral de las provincias y de la Nación, en vez de intereses cortoplacistas y sectarios. Pondremos en debate un régimen impositivo moderno, que equilibre las posibilidades de los contribuyentes con las necesidades del país y le ponga punto final al festival de parches que ahuyentan inversiones y no generan estímulos para crear puestos de trabajo.
El Estado que hoy les cierra puertas a los jóvenes emprendedores, burocratizando proyectos y forzándolos a elegir entre una vida sin perspectivas o a emigrar, va a ser el principal aliado de todos los que apuesten por el desarrollo y la innovación. No se trata únicamente de otorgar beneficios fiscales, sino de acompañar integralmente el crecimiento de nuevas empresas que potencien nuestro capital humano y físico.
Este jueves en todo el mundo se celebra el Día Internacional de los Derechos Humanos, y en Argentina también el Día de la Restauración de la Democracia por aquel 10 de diciembre de 1983 en el que Raúl Alfonsín asumió la presidencia. En aquella ocasión frente a la Asamblea Legislativa dijo que “el diálogo no es nunca la sumatoria de diversos monólogos, sino que presupone una actitud creadora e imaginativa por parte de cada uno de sus interlocutores”.
Tenemos claro que la política no será una fuerza transformadora y continuará alejándose de los problemas de la gente mientras no haya un diálogo generoso y transparente. Desde allí nos paramos para construir una Argentina pujante y responsable de su propio destino.
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