
Las minuciosas (y tediosas por su sobreabundancia) crónicas del velatorio de Diego Maradona dan cuenta, como metáfora, del descontrol que hay en la gestión actual a la hora de ejercer el poder presidencial. La botonera del poder no puede apretarse con contradicciones, internas feroces que paralizan, titubeos, desconocimiento y cálculo permanente de la popularidad de los actos. Eso pasó hace pocos días elevado a la enésima potencia.
Un ministro del Ejecutivo no se cansa de relatar la escena del presidente con un megáfono en sus manos llamando a la cordura en la Casa Rosada a la que habían ingresado sin saber quiénes eran ni qué hacían. Merece ser repetido: un presidente en la casa de gobierno voceando con un altavoz para que la horda se calme y se vaya. Las autoridades de seguridad hacían ideología de laboratorio entre la represión y el orden mientras cualquiera se llevaba puesto, por lo menos, un busto presidencial. La escena es interrumpida por los gases lacrimógenos que afectaron las vías respiratorias de Alberto Fernández. No hay recuerdo, consigna el mismo ministro, de algo parecido. Ni cuando se depuso a los presidentes constitucionales por las fuerzas armadas, ni cuando hubo renuncias de vice que estremecieron el poder. El actual presidente quedará en la historia como el que vio copada la sede de gobierno por desaforados que solo se fueron porque ellos lo decidieron por obra y gracia de la providencia.
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El equipo más íntimo (cada vez más pequeño, porteño y endogámico) de Alberto Fernández ya reconoce que hay un problema múltiple de gestión. El escenario sanitario hizo trepar las cifras de fallecidos y contagiados hasta el número nunca deseado. La concentración maradoniana fue la dinamita detonada contra toda orden de distanciamiento, o lo que fuera, tomada o por tomarse. Esto puede ser solo revertido con la llegada de una vacuna que es esperada con fervor casi religioso. Alberto Fernández persiste en dar fechas, cantidades de vacunas, pronósticos diversos a pesar de los yerros cometidos. De las 25 millones de dosis de vacunas rusas pasamos a la expectativa de unas cientos de miles para lo que resta del año. Y esas idas y venidas en boca de la primera persona presidencial.
La economía cruje con más estruendo, despejado el escenario noticioso de infectólogos y consejos sanitarios. Martín Guzmán siente que hizo pie en conflicto interno del peronismo gobernante pero advierte que una nueva crisis especulativa de los mercados puede sacudir la segunda mitad del mes de diciembre. Su paz forzada por el titular del Banco Central no es sólida. Sus miradas sobre el tema son muy distintas.
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Hay una capa de preocupación que no aflora con la fuerza que la realidad indica y es la inseguridad. El gobernador Axel Kicillof tiene ante sí informes de sus ministerios que cuentan de la tensión que allí existe. Los grandes centros urbanos vuelven a ser escenario de hechos violentos que parecen generar menos terror en los tiempos del drama COVID-19.
Sin embargo, el nudo de la crisis (entendamos que se trata no de un hecho de colapso pero sí de crisis) es la superestructura política que comanda todo. Alberto Fernández está solo, enfrentado con sus socios y aislado de cualquier puente con la oposición. El vínculo con su autora de bautismo presidencial es escaso y tenso. Los desplantes de la vice van desde los más obvios como el avance por atropellada para cambiar el régimen de elección y remoción del Procurador y fiscales a no responderle llamados que antes fluían. A eso, se suma la molestia de Máximo Kirchner que supo ser el más dialoguista de todos. Las viejas mesas de charlas con el hijo presidencial (con ruidos fuertes también con Sergio Massa) ya casi no existen.
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Por el otro lado, la disparatada denuncia penal contra Horacio Rodríguez Larreta y Diego Santilli por los desórdenes del día de Maradona, muestran la desorientación política. Si se pretendió perturbar al jefe de gobierno local, la orden de Casa militar trascendida en estas horas que muestra que de allí nació la orden de cortar la ceremonia fúnebre, fulmina el intento. En todo caso, Larreta se ve favorecido como el opositor elegido, potable para los sectores esencialmente antigobierno. Si hasta Mauricio Macri recela de esta estrategia diciendo en privado que “Alberto construye para Horacio”.
El presidente quedó desnudo con una crisis que provocó el extraordinario Diego Maradona y la impericia gubernamental. Hasta ahora, el hombre no acierta a encontrar ropaje de maniobra política para cubrirse. Y cubrir al país todo.
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