El hombre que perdió la fe

El origen de la mayoría de nuestras angustias radica en desear algo que no tendremos o que no está en nuestras manos que suceda

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Había nacido rodeado de los privilegios que le otorgaba ser el primogénito. Fuerte, valiente, independiente, autosuficiente, de enorme porte e incluso distinguido al vestir. Las armas de caza y el campo eran su territorio mientras que, a la vez, se destacaba al cocinar manjares únicos. Tenía las dotes para conquistarlo todo. En especial, el corazón de su padre, que lo amaba y prefería más que a nada. Lo identificaban por el color “rojo”, el del deseo, y por lo singular de su nombre: “Esav”, en hebreo: “el hombre hecho”, o “el hombre completo”.

Esav era un idealista. Buscaba que todo a su alrededor alcanzará su mismo nivel de totalidad. No sólo sentía que él era un ser completo, sino que esperaba que el mundo lo fuera, y que alcanzará su mismo estadio de elevación. Esa seguridad de tenerlo, saberlo o poderlo todo, generó en Esav la falsa ilusión de querer construir y vivir en un mundo perfecto, ideal, sin errores, sin faltas, sin desilusión ni ausencias. Esa aspiración se convirtió en exigencia. Y esa exigencia, en la angustia existencial que lo llevó a perderlo todo.

Esav redujo su búsqueda a todo o nada. Si una sola cosa no estaba bien, entonces nada lo estaba. Por más que el paisaje se viera hermoso, mientras un sólo capullo no hubiera florecido, entonces la vista ya no valía el tiempo. La noche podía ser maravillosa, pero con que algún detalle estuviera fuera de lugar era mejor no haberla vivido. Podía ser admirado y reconocido por infinidad de personas, pero con que una sola lo criticara era suficiente para el enojo. El amor podía ser real, verdadero, auténtico, soñado, esperado, ideal, pero ante la primera frase no esperada todo se derrumbaría para siempre.

El texto nos dice que una tarde Esav había salido al campo y que volvió agotado. A su regreso se encontró con su hermano menor, a quien le pidió ayuda y le rogó: “Dame de comer… porque cansado estoy, Yo” (Génesis 25:30). La frase encierra un misterio. Esconde la afirmación de sus dudas y su tristeza. No se nos dice qué fue a buscar Esav al campo. Podríamos pensar que fue simplemente a buscar una presa para cazar. O quizá, haya ido a buscar respuestas y sentido a todas esas dudas, a todo ese mundo que nunca terminaba de ser lo que esperaba.

El “Yo” de la frase que le dice a su hermano está en mayúscula, porque en el hebreo original figura como “Anoji”, el “Yo” absoluto, el que se relaciona siempre con el Nombre Divino. Podríamos leer entonces: “…porque cansado estoy, de Anoji”. En un mundo incompleto que lo llenaba de ansiedad, intranquilidad y dolor, Esav estaba cansado de buscar a Dios.

Esav es ese tipo de personas que busca y que no encuentra lo que quiere. El origen de la mayoría de nuestras angustias radica en desear algo que no tendremos o que no está en nuestras manos que suceda. Respuestas a los porqué del misterio de los días. Al porqué del dolor, de lo injusto y de lo inesperado. Al porqué de esas cosas de la vida, o de esas cosas de la muerte. Y la realidad es que carecemos de todas esas respuestas. Buscamos algo que no tendremos. Aferrados a querer y exigir aquello que no encontramos, caemos en la desilusión de creer que entonces nada existe.

“Entonces dijo Esav: Anoji holej lamut - ¨Yo- Anoji¨, voy a morir, ¿para qué quiero esto?” (Génesis 25:32). No es de él de quien habla, sino otra vez del Yo divino. Del cansancio de la búsqueda de Dios, ahora a la declaración final de su muerte. No fue Nietzsche el primero en declarar en boca de Zaratustra que Dios había muerto. Ya Esav en su depresión ante un mundo que no le daba respuestas, un mundo que veía quebrado e incompleto, después de tanto buscarlo en el campo de su espíritu roto, lloraba la pérdida. La pérdida de todo sentido.

Si Dios ha muerto, dice Esav, “¿para qué quiero esto?”. La esperanza es la distancia entre la realidad que vivimos y las respuestas que carecemos. Lo que divide a este mundo lleno de preguntas, y el sentido al que aspiramos. Esperar lo completo y lo total, ahora y en este plano, o exigir las respuestas que no tendremos carga con la intención vana de eliminar esa distancia, la de perder toda esperanza.

Como Esav, muchas veces queremos saber el por qué de lo injusto, el por qué la gente buena sufre, el por qué no podemos lograr que el mundo esté completo, tal como nosotros lo queremos. En palabras del Rabbi Sacks zl´, quizá Dios no quiera que lo sepamos, porque de saber esas respuestas, entenderíamos y entonces aceptaríamos. El reto espiritual que renueva la esperanza es no aceptar el mundo tal cual es. Sino seguir luchando y trabajando por reparar la parte que nos corresponde, sin aceptar que el sufrimiento tenga, acaso, ningún por qué.

Intentar alcanzar lo completo en cualquier dimensión - en el trabajo, en la casa, en la familia, en la amistad o en el amor - sólo resultará en frustración. Intentar encontrar todas las respuestas en cada misterio sólo nos traerá angustia. ¿Cómo seguir? ¿Cómo continuar o empezar otra vez? La esperanza en lo que tenemos por delante y la fe en nosotros mismos es lo que no muere, cuando descubrimos el por qué y el sentido más profundo de nuestra existencia.

Amigos queridos. Amigos todos.

Esav bajó los brazos. Era el hombre que lo tenía todo, y que decidió quedarse sin nada. Enterró su búsqueda, se olvidó de las preguntas últimas y perdió la fe. La peor de las pérdidas, la de la fe en sí mismo.

Todos somos Esav a veces. Pero el tiempo nos hace madurar, crecer y retornar a la esperanza. Es cuando descubrimos el verdadero “por qué” que debíamos alguna vez habernos preguntado. Si en verdad Esav logró reencarnar en Nietzsche, quizá todos esos milenios de distancia y espera lo hayan ayudado a afirmar esta vez también, a través de los labios del filósofo alemán, su famosa y potente reflexión final: “Aquél que tiene un porqué para vivir puede soportar prácticamente cualquier cómo”.

* El autor es Rabino de la Comunidad Amijai y Presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana del Movimiento Masorti

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