
Ya antes de la pandemia la economía global estaba desacelerándose y la desigualdad iba en aumento por un rápido cambio tecnológico que, sin embargo, no impedía acercarse al pleno empleo. Ese cambio, llamado “cuarta revolución industrial” o “industria 4.0”, luce duradero e incluye muchas nuevas tecnologías como la robotización, la impresión 3D, la inteligencia artificial o el big data. Esta revolución podría contribuir a un aumento de la productividad global, hasta ahora esquivo, pero, al mismo tiempo, tener efectos adversos en la inclusión, tanto por menor empleo, que sería moderado si aparece una vacuna eficaz, como por mayor desigualdad debida a la concentración en las empresas tecnológicas líderes y diferencias entre los ingresos de los trabajadores más y menos calificados, acentuando tendencias ya observadas desde fines del siglo pasado.
Entretanto, y muy importante para la Argentina, los países emergentes asiáticos y, en menor medida, los africanos, seguirán siendo los de mayor crecimiento, manteniendo así firme la demanda de alimentos, aunque no tanto como con el viento de cola de 2003 a 2014. En contraste, América Latina es el continente que menos creció en este siglo y, en ese pobre marco, nuestro país sólo superó a Haití y a Venezuela. También nos estamos retrasando en cuestiones sociales, aun en la educación, en la que supimos tener el liderazgo latinoamericano. Las evaluaciones internacionales de aprendizajes en el nivel primario (ERCE de UNESCO) y en el secundario (PISA de OECD), nuestro país ha pasado de ser líder regional hace 20 o 25 años, a estar entre el quinto y el octavo lugar. Comparando nuestro país con otros 177 en materia de crecimiento, inversión y comercio exterior, aparecemos en el 10% peor. Junto a Martín Lagos, analizamos en El país de las desmesuras (2014 y 2016) esta tendencia declinante, ya crónica pese a lapsos, cada vez más espaciados, de recuperación. Hoy somos el país más bimonetario del planeta, con inflación y déficit fiscal crónicos desde hace 75 años, con el contrato fiscal implícito entre ciudadanos-contribuyentes, roto por la excesiva presión tributaria, la gran evasión, la pésima calidad de muchos impuestos que castigan a la producción y a las exportaciones y, en fin, con una bajísima productividad de un Estado que, además, no rinde cuentas de su accionar.
¿Por qué pensamos en la productividad inclusiva (PI)? Porque la vemos como el mejor camino para crecer con progreso social. La productividad sin inclusión no es aceptable política o socialmente. Y la inclusión sin mayor productividad, no es sostenible. En el marco de un empobrecimiento muy desigual del país, es frecuente que mayorías electorales y buena parte de la clase política tengan un sesgo a la inclusión, aun a costa de la productividad. Y nuestra insistencia en la doliente declinación de la Argentina está motivada en que dirigencias y gobernantes no muestran haber tomado nota de su intensidad.
La productividad inclusiva es posible y las claves para lograrlo se encuentran en este trípode: 1) invertir en capital humano y físico, (2) para crear empleos formales, (3) como eje central de la lucha contra la pobreza y la desigualdad.
Para ello es necesario que el país tenga un rumbo claro, que hoy brilla por su ausencia, y tanto mejor si es acordado por el gobierno y la oposición y, por cierto, dotado de previsibilidad y seguridad jurídica.
El trípode se funda también en que, en la Argentina, las políticas de desarrollo no han sido efectivas y ha caído la eficiencia del uso de los factores productivos. Al respecto, surge claramente de la nueva ola de estudios de productividad, especialmente los realizados por Nicholas Bloom y sus colaboradores, que la inversión en capital humano debe incluir, crucialmente, la mejora de la calidad del management de las empresas, dado su rol determinante en la productividad y en las exportaciones. No es sólo una cuestión del Estado, son también de las empresas y de sus trabajadores.
¿Qué relación tienen el rumbo y la productividad inclusiva con la discusión cotidiana de la Argentina de hoy, centrada en el corto plazo del dólar, las reservas, el déficit y la inflación? Todo esto pertenece a la “macroeconomía de corto plazo”, cuyo adecuado funcionamiento es condición necesaria, pero no suficiente, para un desarrollo inclusivo. Más aún, el arreglo de la macroeconomía de corto plazo y un rumbo claro del país –deseable de por sí– se potencian mutuamente. Sin ir más lejos, con un rumbo propio y claramente establecido podrían obtenerse mejores resultados en la negociación con el FMI, concretamente, mayores plazos para pagar la deuda con el organismo que, a su vez, fortalecería la gradual solución de los duros desafíos económicos de corto plazo.
El autor es Profesor del IAE Business School y de la Facultad de Ciencias Empresariales, Universidad Austral
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