
Hasta antes de la pandemia, Suecia era como el “hijo de mostrar” de la izquierda en América latina. Siempre comenté la ignorancia de esa visión, porque si se estudian las realidades del sistema económico y social de Suecia, la conclusión inequívoca es que ese país es la antítesis de lo que defiende la demagogia latinoamericana.
Suecia es uno de los países más libres del mundo. Según Johan Norberg, del Cato Institute, en 1991, durante el gobierno del Primer Ministro Carl Bildt, Suecia implementó una revolución económica libertaria y se alejó del socialismo redistribuidor. En las palabras de Norberg: “Redujeron el tamaño del gobierno en un tercio e implementaron una meta de superávit en las finanzas públicas. Redujeron los impuestos y abolieron el impuesto a la riqueza, a la propiedad, y a la herencia. Se privatizaron las empresas estatales y se liberalizaron los mercados de servicios financieros, electricidad, medios de comunicación, telecomunicaciones y otros. Suecia también se unió a la Unión Europea para obtener acceso sin aranceles a sus mercados más importantes… Suecia implementó la elección y la competencia en el sector público y creó un sistema de vales escolares. Y, ante la incredulidad de muchos, los socialdemócratas y los partidos de centroderecha acordaron acabar con el sistema de reparto en la seguridad social y reemplazarlo por cotizaciones definidas y cuentas privadas”. Mejor dicho, todo lo contrario de lo que proponen los populistas de la región.

Pero como si fuera poco, Suecia demostró durante esta pandemia que es un país que está en otro nivel de desarrollo. El 15 de julio de este año el New York Times escribió un artículo implicando que la estrategia de manejo de la pandemia en Suecia era “irresponsable”. El 21 de mayo el periódico The Guardian del Reino Unido hablaba sobre la catástrofe de Suecia. El presidente Fernández decía en mayo que sin confinamiento estricto “Argentina se iba a convertir en otra Suecia”. Hoy, octubre 23, tenemos números inequívocos para analizar que tal le fue a Suecia en su aventura libertaria en el manejo del Covid-19.
Suecia nunca cerró colegios, universidades, restaurantes, o comercios. En Suecia no se incrementó la incidencia de enfermedades mentales durante la pandemia, los niños no se deprimieron, y los negocios no quebraron. El epidemiólogo Anders Tegnell, en mi opinión uno de los hombres más inteligentes jamás nacidos en este mundo, se limitó a decirle esto a los ciudadanos de su país: “Mantengan distanciamiento social, lávense las manos constantemente, si están enfermos no salgan de su casa, y no se toquen la cara. Pero sigan viviendo, porque este virus llegó para quedarse”.
Los datos: decesos acumulados de Covid-19 por cada millón de personas a hoy: Perú, 1.005; Bélgica, 873; España, 714; EEUU, 657; Inglaterra, 639; Argentina, 608; Italia, 601; Suecia, 584. Pero eso no es lo realmente importante. La información más reciente demuestra que en Suecia no hay segunda ola. Mientras en Francia hubo 41.622 casos y 162 decesos el 22 de octubre, implicando un incremento del 530% en los casos comparado con el máximo visto en la primera ola en marzo 31, en Suecia hubo 1.522 casos ese día, menos que el máximo que se vio el 24 de junio, donde se diagnosticaron 1.698 casos. Pero eso no es lo relevante. El 22 de octubre murió solo una persona en toda Suecia de Covid-19. En un mundo decente, la prensa se excusaría. Pero en este nuevo mundo la ética no existe.
El autor es jefe de Estrategia Global de XP Investments
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